El aniversario que Google conmemora cada 27 de septiembre permite revisar una transformación que va mucho más allá de los buscadores: en menos de tres décadas, encontrar información pasó de requerir memoria y conocimiento previo a convertirse en una operación cotidiana delegada cada vez más a algoritmos y, ahora, a sistemas de inteligencia artificial.

Hay preguntas que hace unas décadas obligaban a consultar una enciclopedia, visitar una biblioteca o llamar por teléfono a alguien que pudiera conocer la respuesta. Hoy basta con escribir unas cuantas palabras en una pantalla.

Esa aparente sencillez esconde una de las mayores transformaciones culturales de la era digital.

Google comenzó a desarrollarse a mediados de la década de 1990, cuando Larry Page y Sergey Brin trabajaban en la Universidad de Stanford. La empresa Google Inc. fue constituida en septiembre de 1998 y el buscador comenzó a ganar notoriedad por una forma diferente de organizar la información disponible en la creciente World Wide Web.

El 27 de septiembre se convirtió posteriormente en la fecha con la que Google acostumbra celebrar su aniversario. No obstante, la propia compañía ha reconocido que la elección de esta fecha no corresponde exactamente a un único acontecimiento fundacional. Lo importante, históricamente, es que a finales de los años noventa comenzaba una nueva etapa en la forma de localizar información en Internet.

La idea que cambió la búsqueda

En sus primeros años, Google no fue simplemente otro directorio de páginas web. Uno de los elementos que contribuyó a diferenciarlo fue PageRank, el sistema desarrollado por Page y Brin para ordenar páginas considerando, entre otros elementos, los vínculos que recibían desde otras páginas.

La intuición era poderosa: un enlace podía funcionar como una señal de relevancia. En lugar de limitarse a encontrar coincidencias entre palabras, el sistema trataba de determinar qué páginas tenían mayor importancia dentro de la estructura de la Web.

El trabajo académico de Page y Brin, publicado en 1998 bajo el título The Anatomy of a Large-Scale Hypertextual Web Search Engine, describía un buscador diseñado para organizar la enorme cantidad de información disponible en Internet mediante estructuras de enlaces y mecanismos de clasificación.

A partir de entonces, la búsqueda en Internet comenzó a convertirse en una infraestructura cotidiana. La Web crecía y Google se transformó progresivamente en una de las principales puertas de acceso a ese universo de información.

Cuando recordar dejó de ser indispensable

El cambio tecnológico tuvo una consecuencia menos evidente. Si una persona sabe que puede recuperar una información rápidamente, puede dejar de considerar necesario memorizarla.

Esta conducta fue estudiada experimentalmente por investigadores de la Universidad de Columbia, la Universidad de Wisconsin y Harvard. En 2011, Betsy Sparrow, Jenny Liu y Daniel Wegner publicaron en la revista Science un estudio que encontró que las personas tendían a recordar mejor dónde encontrar información que la información misma cuando esperaban poder acceder posteriormente a ella.

El fenómeno fue denominado popularmente Google effect o “efecto Google”.

La interpretación requiere cierta cautela. El estudio no demostró que Google estuviera destruyendo la memoria humana ni que las personas se hubieran vuelto incapaces de recordar. Lo que mostró fue una modificación en determinadas estrategias de memoria: cuando sabemos que una información estará disponible externamente, podemos dedicar menos recursos a conservar el dato y más a recordar cómo recuperarlo.

En términos cognitivos, la tecnología se convierte así en una especie de memoria externa.

De la memoria individual a la memoria colectiva

La transformación es todavía más profunda cuando se observa desde una perspectiva social.

Durante siglos, las sociedades conservaron buena parte de su memoria mediante relatos orales, libros, archivos, monumentos, fotografías y otras formas de registro. Internet añadió una nueva capa: una cantidad extraordinaria de información comenzó a estar disponible bajo demanda.

Google no creó esa memoria colectiva, pero sí modificó una parte fundamental de su acceso.

La cuestión dejó de ser exclusivamente “¿qué recuerdo?” para incorporar una nueva pregunta: “¿dónde puedo encontrarlo?”.

Esto tiene consecuencias para la educación, el periodismo, la investigación y la vida cotidiana. Una persona puede no recordar una fecha histórica, pero saber cómo localizarla. Puede desconocer una definición jurídica, pero encontrar rápidamente una norma. Puede olvidar una ruta, una dirección o una fórmula y recuperarla en segundos.

El conocimiento, en consecuencia, no desaparece necesariamente. Cambia la relación que mantenemos con él.

El buscador también decide qué encontramos

Existe, sin embargo, otra dimensión que merece atención: buscar información no significa acceder automáticamente a toda la información disponible.

Los motores de búsqueda utilizan sistemas de clasificación para decidir qué resultados aparecen primero. A lo largo de los años, Google ha incorporado cientos de señales y sistemas de aprendizaje automático para mejorar la relevancia de sus resultados.

Eso significa que los algoritmos participan indirectamente en la construcción de nuestra experiencia informativa.

Dos personas pueden realizar búsquedas similares y encontrarse con resultados diferentes dependiendo del contexto, idioma, ubicación, historial y otros factores. Además, la posición que ocupa una página en los resultados puede influir considerablemente en la probabilidad de que sea consultada.

La búsqueda, por tanto, dejó de ser una ventana completamente neutral hacia Internet. Se convirtió en una forma de mediación.

De buscar enlaces a conversar con una máquina

La aparición de la inteligencia artificial generativa introduce ahora un cambio todavía mayor.

Durante décadas, el buscador tradicional funcionó principalmente como intermediario entre el usuario y las páginas existentes. El usuario formulaba una consulta, el sistema mostraba resultados y la persona debía seleccionar, leer, comparar y construir una respuesta.

Los sistemas generativos pueden hacer algo diferente: sintetizar información y producir directamente una respuesta en lenguaje natural.

Google ha incorporado esta tecnología progresivamente a sus productos de búsqueda mediante sistemas como AI Overviews y otras funciones basadas en modelos generativos. Esto transforma nuevamente la relación entre usuario e información.

Ya no siempre buscamos una página para leerla. En determinadas consultas, podemos pedir una explicación y recibir una síntesis generada por inteligencia artificial.

La ventaja es evidente: menor tiempo para localizar y organizar información. El riesgo también lo es: una respuesta generada puede contener errores, omisiones o interpretaciones incorrectas y presentarse con una apariencia de seguridad que no necesariamente corresponde con su precisión.

La alfabetización digital adquiere entonces una nueva dimensión. Ya no basta con saber utilizar un buscador. Es necesario aprender a evaluar fuentes, contrastar información, reconocer incertidumbres y distinguir entre una respuesta plausible y una respuesta comprobada.

¿Estamos dejando de memorizar?

La pregunta resulta tentadora, pero quizá está mal planteada.

Los seres humanos siempre han utilizado herramientas externas para recordar. Los calendarios, mapas, agendas, bibliotecas, archivos y libros cumplen desde hace siglos funciones que complementan la memoria individual.

Lo que Internet modificó fue la velocidad y la escala.

Actualmente podemos acceder en segundos a cantidades de información que antes requerían años de acumulación documental. El desafío, por tanto, no consiste necesariamente en memorizarlo todo, sino en conservar los conocimientos fundamentales que permiten interpretar aquello que encontramos.

Una persona puede consultar una fecha en Internet. Pero necesita conocimientos previos para comprender qué significa esa fecha. Puede pedir a una inteligencia artificial que explique un concepto científico. Pero necesita suficiente criterio para identificar una explicación deficiente.

La tecnología puede externalizar parte de la memoria, pero no puede eliminar la necesidad de comprender.

Veintiocho años después

La historia de Google puede leerse como una historia sobre tecnología, pero también como una historia sobre nuestras propias capacidades cognitivas.

PageRank ayudó a organizar una Web que crecía a una velocidad extraordinaria. Los buscadores posteriores hicieron de la recuperación instantánea de información una práctica cotidiana. La inteligencia artificial generativa está llevando ese proceso hacia una nueva etapa, en la que incluso la selección, síntesis y explicación del contenido pueden ser realizadas parcialmente por máquinas.

La pregunta que queda abierta es más profunda que saber qué buscador utilizaremos dentro de algunos años.

¿Qué conocimientos seguiremos considerando indispensables cuando una máquina pueda recuperar, resumir y explicar casi cualquier información en cuestión de segundos?

La respuesta probablemente no estará en memorizar más datos, sino en desarrollar mejores capacidades para comprender, contextualizar, cuestionar y verificar aquello que las máquinas nos ofrecen.

Google comenzó ayudándonos a encontrar información. La inteligencia artificial pretende ayudarnos a interpretarla.

Entre una cosa y otra hay una diferencia fundamental: encontrar una respuesta no es lo mismo que comprenderla.