Detrás de la riqueza que convirtió al henequén en el motor económico de Yucatán existió un sistema laboral marcado por el endeudamiento, la dependencia y la pérdida de libertad, primero sobre trabajadores mayas y, ya en el siglo XX, también sobre inmigrantes coreanos.
Durante las últimas décadas del siglo XIX, Yucatán vivió una transformación económica extraordinaria. El henequén convirtió extensas superficies de tierra en haciendas productoras de fibra para el mercado internacional y permitió que un reducido grupo de propietarios acumulara enormes fortunas. Pero mientras la fibra salía de los puertos y la riqueza se concentraba en Mérida, dentro de las haciendas se construía otra historia, mucho más áspera: la de los trabajadores sujetos a deudas, salarios insuficientes y mecanismos que dificultaban abandonar el lugar donde trabajaban.
La historiografía ha documentado ampliamente este contraste. Un estudio publicado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia explica que el auge henequenero generó un mercado de tierras y trabajadores estrechamente relacionado con la pérdida de autonomía de comunidades indígenas. La expansión de las haciendas avanzó sobre tierras de los pueblos y convirtió a numerosos campesinos mayas en una fuerza laboral dependiente.
El mecanismo central fue la deuda. La historiadora Piedad Peniche, en un trabajo publicado por la revista Historias del INAH, documentó el uso de la llamada nohoch cuenta, un registro de adelantos entregados al trabajador que terminaban convirtiéndose en una obligación difícil de saldar. La deuda podía comenzar con necesidades familiares, gastos relacionados con el matrimonio o adelantos sobre el salario, pero terminaba funcionando como una forma de arraigo a la hacienda.
El sistema tenía además una dimensión institucional. Según Peniche, las autoridades podían intervenir para devolver a la hacienda a trabajadores que escapaban. Así, la dependencia no descansaba únicamente en la relación económica entre hacendado y peón: también podía apoyarse en las estructuras políticas y legales de la época.
La expresión “esclavitud” aparece con frecuencia en las fuentes históricas para describir estas condiciones, aunque los especialistas también utilizan conceptos como peonaje por deudas, servidumbre o cuasi esclavitud. Un estudio publicado en The Journal of Economic History sostiene que el endeudamiento fue un mecanismo coercitivo importante y extendido en el Yucatán henequenero, aunque advierte que la relación entre deuda, contratos y coerción fue más compleja que una simple equivalencia entre peonaje y esclavitud legal.
La riqueza producida era enorme. De acuerdo con documentación citada por el INAH, la producción de henequén pasó de poco más de 41 mil pacas en 1876 a más de 680 mil en 1911. La expansión convirtió al cultivo en el centro de la economía regional y fortaleció a una élite de propietarios. Estudios históricos han utilizado el término “casta divina” para referirse al reducido núcleo oligárquico que concentraba buena parte de la tierra, los negocios y la influencia política.
Pero la historia de los trabajadores no terminó con el cambio de siglo. Aquí es necesario hacer una precisión importante: los trabajadores coreanos no pertenecen propiamente al escenario de finales del siglo XIX. Su llegada ocurrió en 1905, ya en los primeros años del siglo XX, cuando el sistema henequenero se encontraba todavía en plena expansión.
Ese año llegó a Yucatán un contingente de poco más de mil coreanos contratados para trabajar como jornaleros en 32 haciendas. Una investigación de Claudia Dávila Valdés, de la Universidad Autónoma de Yucatán, documenta ese proceso migratorio y su posterior evolución. Otra investigación publicada en Historia Comparada señala que estos trabajadores fueron contratados mediante intermediarios y terminaron enfrentando condiciones laborales que incluso provocaron reclamaciones del Gobierno coreano.
En agosto de 1905, según esa investigación, autoridades coreanas solicitaron información al Gobierno mexicano después de recibir reportes de que sus ciudadanos estaban siendo obligados a trabajar en condiciones denunciadas como esclavistas y con alimentación deficiente. Las autoridades yucatecas rechazaron esas acusaciones y ofrecieron una versión diferente sobre las condiciones de los inmigrantes.
El episodio revela algo fundamental. El sistema laboral henequenero no dependió exclusivamente del origen étnico de sus trabajadores. La lógica económica necesitaba una fuerza de trabajo abundante y estable, y los hacendados recurrieron a distintos mecanismos para conseguirla y retenerla. Mayas, migrantes mexicanos y extranjeros podían quedar atrapados en relaciones laborales profundamente desiguales, aunque sus circunstancias concretas no fueran idénticas.
La imagen de una Yucatán próspera gracias al “oro verde” queda así incompleta si se observa únicamente desde las grandes fortunas, las haciendas y las exportaciones. Detrás de cada carga de fibra había jornadas de trabajo, deudas y familias cuya vida estaba condicionada por las reglas de la finca. La historia del henequén es también la historia de quienes sostuvieron aquella riqueza sin participar, en la misma proporción, de sus beneficios.
Por eso, al mirar hoy las antiguas haciendas convertidas en patrimonio histórico, conviene recordar que sus muros cuentan dos historias. Una habla de prosperidad, comercio y modernización. La otra, mucho más silenciosa, habla de trabajadores que encontraron en la deuda una cadena y en el henequén una fuente de riqueza que rara vez les perteneció. Ambas forman parte de la memoria de Yucatán.

