Teherán asegura que resistirá la nueva ofensiva económica anunciada por Washington, mientras la inflación, la pérdida de empleos, el bloqueo de Ormuz y el aislamiento comercial agravan una crisis que empieza a golpear con mayor fuerza la vida cotidiana de los iraníes.

Irán enfrenta una nueva etapa de presión económica sin mostrar intención de ceder ante Estados Unidos. El Gobierno de Donald Trump prepara nuevas sanciones contra Teherán y sus socios comerciales, mientras las autoridades iraníes aseguran que la campaña no modificará su posición en la guerra ni su control sobre el estrecho de Ormuz.

El presidente estadounidense ha descrito la nueva ofensiva como un «Día D económico» y ha prometido una campaña de presión de una magnitud sin precedentes. Según Reuters, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, prepara para los próximos días nuevas medidas dirigidas no solo contra Irán, sino también contra entidades y países que mantengan vínculos comerciales con la República Islámica.

La amenaza llega después de casi seis meses de conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel y en medio del fracaso de los esfuerzos recientes para alcanzar un acuerdo que permita reducir las hostilidades y normalizar la navegación por Ormuz. Reuters informó que, por ahora, no existen negociaciones de paz en marcha y que el tráfico petrolero por el estrecho se mantiene muy por debajo de los niveles anteriores a la guerra.

Teherán ha respondido con el mismo tono desafiante que ha caracterizado las últimas semanas. El ministro de Exteriores, Abás Araqchí, sostuvo que Irán ya conoce las campañas de sanciones estadounidenses y que la nueva amenaza no representa algo completamente distinto. El portavoz de la cancillería, Ismail Bagaei, también afirmó que las medidas no modificarán la posición iraní.

La resistencia política, sin embargo, convive con una realidad económica mucho más complicada. La presión acumulada durante años de sanciones se ha combinado ahora con las consecuencias de la guerra, las restricciones sobre el comercio marítimo y la interrupción de buena parte de las exportaciones petroleras.

El impacto comienza en los mercados y termina en las mesas de los hogares. El reportaje de la Agencia EFE recoge una inflación interanual de 87,9 % en julio y un aumento todavía mayor en alimentos y bebidas, que habría alcanzado el 128 %. Son cifras que ayudan a explicar por qué la crisis económica se ha convertido también en un problema social.

El mercado laboral tampoco ofrece alivio. Según los datos oficiales citados por EFE, la tasa de desempleo pasó del 7,3 % al 9,1 % durante el último año, con alrededor de 450.000 empleos perdidos. El mismo reporte advierte que esa cifra oficial no incluye estimaciones de pérdidas laborales adicionales provocadas directamente por la guerra.

Detrás de los porcentajes existe una realidad mucho más difícil de medir: familias que modifican su alimentación, reducen el consumo de carne y prescinden de productos que antes formaban parte de su vida cotidiana. AP ha descrito una economía iraní sometida a una presión extraordinaria, aunque también ha destacado que el país lleva décadas desarrollando mecanismos para sobrevivir bajo sanciones.

Ese aprendizaje explica parte de la estrategia de Teherán. El Wall Street Journal ha descrito el modelo actual como una «economía de supervivencia», basada en restricciones, subsidios, controles sobre las divisas, reducción del gasto y redes comerciales diseñadas para sortear las sanciones. La estrategia no elimina el sufrimiento económico, pero puede permitir al Gobierno resistir durante más tiempo del que esperan sus adversarios.

Y ahí aparece una de las grandes dudas de la nueva campaña estadounidense. Washington apuesta a que un deterioro económico suficientemente profundo obligará a los dirigentes iraníes a modificar su posición. Pero los antecedentes muestran que las sanciones pueden debilitar considerablemente a un país sin conseguir, por sí solas, un cambio político inmediato.

El Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel ha planteado una conclusión similar. El investigador Danny Citrinowicz considera poco probable que una campaña de presión económica consiga por sí sola provocar el colapso del régimen iraní o forzar concesiones estratégicas. La dificultad, precisamente, está en transformar el sufrimiento económico en una decisión política de las autoridades.

Esta vez, además, Washington pretende ampliar el alcance de las sanciones. Bessent ha advertido que los países y empresas que proporcionen ayuda económica a Irán podrían enfrentar consecuencias. El objetivo es cerrar las rutas que Teherán ha utilizado durante años para mantener sus ingresos y acceder a bienes y servicios internacionales.

China ocupa un lugar central en esa estrategia. El país asiático ha sido uno de los principales compradores del petróleo iraní y constituye una pieza esencial para que Teherán mantenga algún flujo de ingresos pese a las restricciones estadounidenses. Por ello, cualquier medida secundaria contra empresas chinas o instituciones financieras vinculadas con el comercio iraní podría tener consecuencias mucho mayores.

Pero Irán acaba de perder además uno de sus principales canales comerciales regionales. Emiratos Árabes Unidos anunció esta semana la suspensión de todas las relaciones comerciales, intercambios mercantiles y transacciones financieras con Irán. AP confirmó que la decisión supone un golpe importante para una economía que durante años utilizó a los Emiratos como uno de sus principales puntos de conexión con los mercados internacionales.

La ruptura tiene especial importancia porque Emiratos había funcionado como una vía comercial fundamental para empresas iraníes. Euronews señaló que la suspensión afecta directamente las relaciones comerciales y financieras, aunque todavía no está claro hasta qué punto alcanzará a operaciones realizadas mediante terceros países.

La situación de Ormuz añade otro elemento de presión. El estrecho es una de las principales rutas energéticas del mundo y su bloqueo ha reducido drásticamente el movimiento de petróleo. Reuters calculó que el tráfico de crudo por la zona cayó de más de 20 millones de barriles diarios antes de la guerra a unos 8 millones.

Para Irán, mantener el control del estrecho es una herramienta estratégica. Para Estados Unidos, conseguir su reapertura es uno de los objetivos centrales de la presión económica y militar. Esa diferencia explica por qué las sanciones no pueden analizarse de manera aislada: forman parte de una disputa mucho más amplia sobre seguridad, petróleo, comercio y poder regional.

El escenario deja a Teherán ante una disyuntiva difícil. Ceder podría aliviar algunas de las restricciones económicas, pero implicaría hacer concesiones estratégicas que sus dirigentes han rechazado públicamente. Mantener la resistencia, en cambio, significa aceptar un deterioro económico que ya está afectando de manera visible a la población.

La verdad es que el costo de esta confrontación no se distribuye de manera uniforme. Las autoridades pueden sostener un discurso de resistencia y soberanía, pero son los hogares los que enfrentan el aumento de los alimentos, la pérdida de empleos y la dificultad para acceder a productos básicos. Esa brecha entre la posición oficial y la experiencia cotidiana puede convertirse en uno de los factores más importantes de la evolución de la crisis.

Por ahora, ninguna de las dos partes parece dispuesta a retroceder. Washington apuesta por una presión económica cada vez más amplia y Teherán confía en que su experiencia con las sanciones, sus vínculos con China y otros mecanismos de supervivencia le permitan resistir.

El resultado dependerá de cuánto tiempo pueda soportar cada lado el costo de la confrontación. Mientras tanto, el llamado «Día D económico» todavía no se ha traducido en una nueva realidad para Irán, pero la presión ya está creciendo y, esta vez, encuentra a la economía iraní en una posición especialmente vulnerable.

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