El 31 de agosto, el Día Internacional de los Afrodescendientes coloca nuevamente en el centro una historia que durante siglos permaneció parcialmente oculta: la de millones de personas de ascendencia africana cuya presencia, resistencia y aportaciones ayudaron a construir las sociedades latinoamericanas, pero que todavía enfrentan desigualdades y formas persistentes de discriminación.

La fecha fue proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas mediante la resolución 75/170 y adquiere en 2026 un significado especial. La conmemoración se desarrolla dentro del Segundo Decenio Internacional de los Afrodescendientes, que comprende de 2025 a 2034 y tiene como eje «Reconocimiento, justicia y desarrollo». Este año, además, la ONU llama a «Ampliar los derechos humanos de los afrodescendientes».

No se trata únicamente de una celebración cultural. Es también un ejercicio de memoria.

La presencia africana en América Latina comenzó a crecer de manera dramática con la trata transatlántica de personas esclavizadas y se prolongó durante siglos bajo sistemas económicos y jurídicos que negaban su libertad y dignidad. Sin embargo, reducir esa historia al sufrimiento sería incompleto. Las comunidades afrodescendientes participaron en la construcción económica, cultural y social de los países americanos y dejaron una huella profunda en la música, la gastronomía, las lenguas, las tradiciones religiosas, las artes y las formas de organización comunitaria.

La UNESCO sostiene que una parte de ese legado todavía permanece insuficientemente reconocida en los sistemas educativos, los medios de comunicación y las culturas nacionales. El problema no es menor. Cuando una sociedad conoce solo una parte de su historia, también construye una identidad incompleta.

En América Latina, esa deuda histórica convive con una realidad contemporánea difícil. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe estima que alrededor de 134 millones de personas afrodescendientes viven en la región, aproximadamente el 21 % de su población. Sus investigaciones muestran que las desigualdades raciales se entrelazan con las económicas, territoriales, de género y de edad, generando desventajas que pueden reproducirse durante todo el ciclo de vida.

La discriminación tampoco siempre aparece de manera evidente. Puede estar presente en el acceso desigual a la educación, el empleo, la vivienda, los servicios de salud o los espacios de decisión. Puede expresarse mediante prejuicios cotidianos o a través de instituciones que durante años no consideraron las necesidades específicas de estas poblaciones.

La falta de reconocimiento estadístico fue durante mucho tiempo otro obstáculo. Si una población no aparece adecuadamente en los censos y registros, resulta mucho más difícil identificar sus condiciones de vida y diseñar políticas públicas eficaces. Contar no resuelve la desigualdad, pero permite verla con mayor claridad.

México ofrece un ejemplo revelador. De acuerdo con información difundida por la UNESCO y el UNFPA en 2025, más de 3.1 millones de personas se reconocían como afromexicanas o afrodescendientes. La misma publicación recordó que expresiones culturales como el son jarocho, determinados platillos y algunas palabras incorporadas al español mexicano tienen raíces afrodescendientes.

La identidad, por tanto, no está encerrada en un museo. Está en la comida que llega a una mesa, en una canción que atraviesa generaciones, en una celebración comunitaria y hasta en palabras cuyo origen muchas veces desconocemos. La UNESCO ha reconocido, además, expresiones afrodescendientes de América Latina y el Caribe dentro de sus mecanismos de protección del patrimonio cultural inmaterial, entre ellas la cultura garífuna y la capoeira brasileña.

Pero reconocer una herencia cultural no basta si persisten las barreras que afectan a quienes mantienen viva esa herencia. El secretario general de la ONU, António Guterres, señaló en su mensaje de 2026 que las personas afrodescendientes continúan enfrentando obstáculos para ejercer plenamente sus derechos y que el racismo sistémico sigue relacionado con desigualdad social, discurso de odio y brecha digital.

De ahí que la discusión actual haya pasado de la simple visibilidad hacia conceptos como justicia y reparación. La ONU sostiene que conocer las consecuencias duraderas de la esclavitud y el colonialismo resulta indispensable para comprender algunas desigualdades actuales. No significa trasladar culpas individuales de una generación a otra, sino reconocer procesos históricos que dejaron estructuras capaces de sobrevivir a la desaparición de las leyes que originalmente las sostuvieron.

También significa escuchar a las propias comunidades. Organizaciones afrodescendientes de distintos países han impulsado proyectos educativos, culturales y políticos para recuperar memoria, combatir prejuicios y exigir que las decisiones públicas incorporen sus experiencias. En ese sentido, la identidad no es solamente algo que se hereda: también es algo que se reivindica.

El Día Internacional de los Afrodescendientes plantea finalmente una pregunta incómoda para América Latina: ¿cuánto de su propia historia está dispuesto a reconocer? La respuesta no debería limitarse a una jornada de homenajes. Debería reflejarse en escuelas que enseñen una historia más completa, instituciones que combatan la discriminación, estadísticas que hagan visibles las desigualdades y políticas que conviertan la igualdad jurídica en igualdad real.

Porque reconocer las raíces africanas de nuestras sociedades no significa mirar únicamente hacia el pasado. Significa entender mejor el presente y decidir qué clase de sociedad queremos construir mañana.