La evidencia científica ha reforzado la relación entre depresión e inflamación, aunque todavía no existe un biomarcador capaz de diagnosticar por sí solo el trastorno ni evidencia suficiente para convertir los antiinflamatorios en un tratamiento estándar.

Durante décadas, la depresión fue explicada principalmente a partir de alteraciones en neurotransmisores y circuitos cerebrales. En los últimos años, la investigación psiquiátrica ha incorporado otra pieza al problema: la interacción entre el sistema nervioso y el sistema inmunitario. Esta línea de investigación ha encontrado señales de inflamación tanto en sangre como, en determinados estudios, directamente en el sistema nervioso central.

El concepto de “depresión endógena”, utilizado históricamente para describir cuadros depresivos considerados predominantemente biológicos, ha perdido utilidad como categoría diagnóstica contemporánea. Actualmente, el trastorno depresivo mayor se entiende como una condición compleja en la que pueden intervenir factores genéticos, biológicos, psicológicos y ambientales.

Dentro de esa complejidad, la neuroinflamación se ha convertido en una de las áreas de investigación más activas. Las citoquinas son proteínas utilizadas por las células del sistema inmunitario para comunicarse y coordinar respuestas inflamatorias. Algunas de ellas, como la interleucina 6 (IL-6) y el factor de necrosis tumoral alfa (TNF-alfa), han sido estudiadas repetidamente en personas con depresión.

Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en la revista Brain, Behavior, and Immunity examinó específicamente marcadores de inflamación central mediante estudios del líquido cefalorraquídeo, imágenes PET y análisis de tejido cerebral. Los investigadores encontraron niveles de IL-6 y TNF-alfa en el líquido cefalorraquídeo superiores en personas con trastorno depresivo mayor respecto de los controles en el conjunto de estudios analizados.

Los resultados no significan que una concentración elevada de estas moléculas sea suficiente para diagnosticar depresión. De hecho, los investigadores encontraron diferencias entre los marcadores de inflamación central y los obtenidos en sangre. Esto indica que la relación entre inflamación periférica y procesos inmunitarios dentro del cerebro es más compleja de lo que podría sugerir una simple prueba sanguínea.

Otra revisión sistemática, publicada en JAMA Psychiatry, analizó 167 estudios sobre biomarcadores presentes en el líquido cefalorraquídeo de personas con depresión unipolar. De los 165 biomarcadores identificados, solo una parte pudo ser comparada estadísticamente entre estudios. La IL-6 apareció elevada en las personas con depresión, mientras que otros marcadores no mostraron diferencias estadísticamente significativas.

El interés científico no se limita a las citoquinas. Las investigaciones también estudian la actividad de la microglía, un conjunto de células inmunitarias residentes del sistema nervioso central. Mediante técnicas de imagen molecular, algunos estudios han encontrado señales compatibles con una mayor actividad inflamatoria en determinadas regiones cerebrales de personas con trastorno depresivo mayor.

El Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos también investiga esta posibilidad. Sus programas de investigación utilizan técnicas de imagen PET y marcadores moleculares relacionados con la microglía y la neuroinflamación, entre ellos la proteína translocadora o TSPO. El objetivo es determinar si estas señales pueden ayudar a comprender diferencias biológicas entre pacientes y, eventualmente, contribuir al desarrollo de tratamientos más personalizados.

La posibilidad terapéutica es uno de los aspectos que más interés ha generado. Si una parte de los pacientes presenta un componente inflamatorio relevante, una pregunta lógica es si la reducción de esa inflamación podría disminuir también los síntomas depresivos.

Los ensayos clínicos realizados hasta ahora ofrecen señales interesantes, pero todavía no permiten considerar a los fármacos antiinflamatorios como tratamiento general para la depresión. Un metaanálisis de ensayos clínicos aleatorizados publicado en 2019 encontró que distintos agentes antiinflamatorios podían mejorar algunos síntomas depresivos, tanto utilizados solos como añadidos a tratamientos antidepresivos. Sin embargo, los autores señalaron una elevada heterogeneidad entre estudios y un riesgo importante de sesgo.

La evidencia más reciente apunta hacia una posible selección de pacientes. Un metaanálisis publicado en 2026 reunió ensayos realizados en personas con depresión que presentaban un fenotipo inflamatorio, definido en los estudios mediante niveles elevados de proteína C reactiva. Los tratamientos antiinflamatorios redujeron la intensidad de los síntomas y la anhedonia, pero no demostraron diferencias concluyentes en las tasas generales de respuesta o remisión.

Este matiz es fundamental. La investigación no está demostrando que la depresión sea simplemente una enfermedad inflamatoria ni que los antiinflamatorios deban sustituir a los tratamientos establecidos. Lo que está emergiendo es una hipótesis de subgrupos: determinados pacientes podrían presentar características inmunológicas que influyan en la evolución de sus síntomas o en la respuesta a determinadas intervenciones.

La medicina de precisión busca precisamente identificar esas diferencias. Actualmente, el Instituto Nacional de Salud Mental estadounidense reconoce que todavía no existe una prueba biológica validada capaz de indicar qué tratamiento funcionará mejor para una persona con depresión. Por ello, el desarrollo de biomarcadores continúa siendo una prioridad científica.

La investigación también obliga a abandonar una falsa oposición entre lo psicológico y lo biológico. El estrés crónico, el sueño, las enfermedades físicas, la alimentación, la actividad inmunitaria y múltiples factores ambientales pueden interactuar con los sistemas neuroendocrino e inmunitario. La depresión, por tanto, difícilmente puede reducirse a una sola causa.

El líquido cefalorraquídeo ofrece una oportunidad particularmente interesante porque permite estudiar de manera más directa el entorno bioquímico del sistema nervioso central. Sin embargo, obtenerlo requiere una punción lumbar, por lo que no constituye actualmente una herramienta de detección rutinaria para la depresión. La investigación busca, entre otras cosas, determinar si algunos marcadores centrales pueden identificarse mediante métodos menos invasivos.

La posibilidad de utilizar medicamentos antiinflamatorios también exige cautela. Estos fármacos pueden producir efectos adversos y no todos actúan sobre los mismos mecanismos. Además, una inflamación elevada puede ser consecuencia de otras enfermedades o condiciones médicas. Por ello, la utilización de un antiinflamatorio con la intención de tratar síntomas depresivos debe permanecer dentro de criterios clínicos y, cuando corresponda, de protocolos de investigación.

La principal aportación de esta línea científica quizá no sea haber encontrado una explicación definitiva, sino haber ampliado el mapa de la depresión. El cerebro no funciona aislado del resto del organismo y las células inmunitarias participan en procesos que pueden afectar la comunicación neuronal, la plasticidad cerebral y la respuesta al estrés.

La investigación contemporánea avanza, por tanto, hacia una comprensión más integrada del trastorno depresivo. Las citoquinas, la microglía y otros marcadores inflamatorios podrían convertirse en piezas de futuras estrategias de medicina personalizada, pero todavía queda por determinar cuáles son realmente predictivos, en qué pacientes son relevantes y qué intervenciones pueden modificar esos mecanismos de manera segura y eficaz.

Por ahora, la evidencia permite hablar de una relación entre inflamación y depresión, no de una equivalencia entre ambas. Esa diferencia es esencial: la neuroinflamación constituye una vía prometedora de investigación, mientras que el diagnóstico y tratamiento de la depresión continúan requiriendo una evaluación clínica integral.