Las redes sismológicas y geodésicas instaladas en tierra y bajo el Pacífico permiten observar cómo se deforman las placas frente a Guerrero, pero sus mediciones sirven para evaluar el peligro sísmico y no para predecir cuándo ocurrirá un terremoto.

Frente a las costas de Guerrero existe una zona donde la placa de Cocos se introduce por debajo de la placa Norteamericana. Ese proceso de subducción genera una intensa actividad tectónica a lo largo del Pacífico mexicano y explica buena parte de los grandes terremotos que han afectado históricamente a la región.

Dentro de esta zona se encuentra la llamada Brecha Sísmica de Guerrero, un segmento de la costa comprendido aproximadamente entre Acapulco y la región de Papanoa, cuya actividad y comportamiento han sido objeto de investigación durante décadas. La ausencia de un gran terremoto en el segmento durante un periodo prolongado ha llevado a los especialistas a estudiar cuánto movimiento tectónico se está acumulando y cómo se distribuye.

La palabra “brecha” puede resultar engañosa. No significa que la zona esté completamente inmóvil. Los investigadores han registrado sismos, deformaciones lentas y otros procesos tectónicos. Lo que caracteriza al segmento es la ausencia, durante un largo periodo, de un gran terremoto que rompa una parte importante de la interfaz entre las placas.

Para estudiar ese comportamiento se utilizan redes que combinan instrumentos instalados en tierra y en el fondo oceánico. Un proyecto desarrollado por investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México y colaboradores japoneses llegó a desplegar una red sismo-geodésica anfibia integrada por estaciones GNSS, sismómetros terrestres y de fondo marino, sensores de presión y sitios de GPS acústico.

El principio fundamental consiste en medir deformaciones extremadamente pequeñas. Las estaciones GNSS permiten determinar con gran precisión cómo cambia la posición de puntos situados sobre la superficie terrestre. Si la placa de Cocos continúa desplazándose mientras permanece parcialmente trabada contra la placa Norteamericana, la corteza puede deformarse progresivamente. Esas variaciones pueden medirse mediante series de posiciones obtenidas durante meses y años.

El concepto clave es el acoplamiento tectónico. Cuando las dos placas están parcialmente bloqueadas por la fricción, una parte del movimiento relativo no se libera inmediatamente mediante deslizamiento. La deformación se acumula en la corteza hasta que puede liberarse mediante un terremoto o mediante procesos de deslizamiento lento.

Los datos geodésicos obtenidos en Guerrero han mostrado precisamente que el comportamiento de la interfaz no es uniforme. Estudios basados en mediciones GPS encontraron zonas parcialmente bloqueadas a poca profundidad y otras regiones donde el movimiento puede liberarse mediante deslizamientos asísmicos. Esa diferencia es fundamental para comprender por qué la acumulación de deformación no puede traducirse directamente en una fecha o magnitud determinada para un futuro terremoto.

El fondo marino proporciona información que las estaciones terrestres no pueden obtener por sí solas. La red desarrollada en Guerrero incluyó sensores de presión hidrostática capaces de detectar cambios muy pequeños en la posición vertical del fondo oceánico. También se utilizaron sistemas de GPS acústico para medir desplazamientos horizontales.

La tecnología GPS convencional no funciona directamente bajo varios kilómetros de agua porque las señales de los satélites no atraviesan el océano. Por eso, los sistemas GPS acústicos combinan posicionamiento por satélite en la superficie con señales acústicas entre un vehículo y transpondedores instalados en el fondo marino. De esta manera es posible estimar cómo cambia la posición de puntos que se encuentran a gran profundidad.

La instrumentación submarina también incluye sismómetros de fondo oceánico. Estos dispositivos registran las ondas producidas por los terremotos y permiten complementar la información proporcionada por las estaciones terrestres. Una red de este tipo mejora la capacidad para localizar eventos y estudiar la actividad sísmica en una región donde una parte importante de la interfaz tectónica se encuentra bajo el océano.

Existe, sin embargo, una distinción importante entre esta red científica y el sistema de alerta sísmica. Los instrumentos destinados a estudiar la deformación tectónica buscan observar procesos que pueden desarrollarse durante periodos prolongados. El Sistema de Alerta Sísmica Mexicano, en cambio, tiene una función operativa completamente diferente: detectar un terremoto que ya comenzó y enviar una advertencia antes de que las ondas sísmicas más destructivas alcancen determinadas poblaciones.

El principio del SASMEX depende de la diferencia entre la velocidad de las ondas sísmicas y la velocidad de las comunicaciones. Cuando los sensores detectan un terremoto, el sistema procesa rápidamente sus características y determina qué zonas pueden recibir una alerta. La señal de comunicación viaja mucho más rápido que las ondas sísmicas, lo que permite disponer de algunos segundos para reaccionar.

La anticipación no es fija. De acuerdo con información de la UNAM sobre el sistema, el intervalo puede encontrarse aproximadamente entre 20 y 120 segundos, dependiendo de la ubicación del terremoto y de la distancia que exista entre el epicentro y la población que recibe la alerta. Por ello, una ciudad alejada de la zona de ruptura puede recibir la advertencia con mayor anticipación que otra ubicada cerca del epicentro.

El margen de respuesta tiene un límite físico. La alerta no predice el terremoto ni puede avisar con anticipación si un evento todavía no ha ocurrido. Si el epicentro se encuentra muy cerca de una población, las ondas sísmicas pueden llegar antes de que exista tiempo suficiente para generar y distribuir una alerta efectiva. En movimientos pequeños o en determinados eventos cercanos, además, puede no cumplirse el conjunto de criterios necesario para activar el sistema.

Esta diferencia explica por qué la investigación sobre la Brecha de Guerrero y la alerta sísmica deben entenderse como herramientas complementarias, pero no equivalentes. Una red geodésica intenta conocer cómo se deforma la Tierra y cómo se comporta la interfaz de las placas; una red de alerta intenta ganar segundos una vez que el terremoto ya se ha iniciado.

La ciencia tampoco puede convertir el nivel de acoplamiento en un reloj sísmico. Investigaciones realizadas mediante GPS han identificado acumulación de deformación y también episodios de deslizamiento lento en Guerrero. Estos últimos pueden liberar parte de la energía acumulada sin producir un terremoto destructivo, aunque su interacción con las zonas bloqueadas sigue siendo objeto de investigación.

Por esa razón, hablar de una “energía acumulada” capaz de anunciar inevitablemente un gran terremoto puede resultar simplificador. Los científicos pueden estimar escenarios, modelar posibles rupturas y determinar zonas donde existe mayor acoplamiento, pero no pueden establecer a partir de esos datos el día, la hora o la magnitud exacta de un futuro sismo.

El valor de la instrumentación está precisamente en reducir la incertidumbre. Cada nueva medición permite comparar modelos, identificar deformaciones, estudiar terremotos lentos y mejorar el conocimiento sobre la estructura de la zona de subducción. Con el tiempo, esa información puede utilizarse para elaborar mejores escenarios de peligro y fortalecer las estrategias de protección civil.

La Brecha de Guerrero es, en ese sentido, un laboratorio natural para estudiar uno de los procesos tectónicos más complejos de México. Bajo el océano, las placas continúan moviéndose; sobre la superficie, las estaciones GNSS registran desplazamientos diminutos; en el fondo marino, los sensores detectan cambios que serían imposibles de observar directamente; y los sismómetros permanecen atentos a los movimientos que ya están ocurriendo.

El objetivo final no es adivinar el próximo gran terremoto, sino conocer mejor el territorio y reducir sus consecuencias. En una región donde los grandes sismos forman parte de la historia natural, medir la deformación, vigilar la actividad sísmica y mantener sistemas de alerta y protección civil constituye una estrategia científica basada en información, no en predicciones.