Las baterías de estado sólido prometen vehículos eléctricos con mayor autonomía y cargas mucho más rápidas, pero su llegada masiva dependerá tanto de resolver desafíos industriales como de transformar la demanda de minerales estratégicos.

Durante años, comprar un automóvil eléctrico ha implicado aceptar dos preocupaciones recurrentes: cuánto puede recorrer antes de necesitar energía y cuánto tiempo deberá permanecer conectado. Las baterías de estado sólido pretenden cambiar esa ecuación. La sustitución del electrolito líquido utilizado en las baterías de ion-litio convencionales por un material sólido abre la posibilidad de almacenar más energía en un espacio menor y mejorar determinadas condiciones de seguridad y rendimiento.

La promesa tecnológica es considerable. Una revisión publicada en Nature Reviews Materials explica que los electrolitos sólidos despiertan interés por su potencial para ofrecer mayor seguridad, estabilidad y densidad energética. Sin embargo, la misma investigación deja claro que todavía existen retos relacionados con los materiales y con la manera de conseguir que funcionen de forma eficiente y duradera a escala industrial.

Ahí aparece la primera diferencia entre una promesa y una revolución comercial. No existe, por ahora, una base suficiente para afirmar que todas las baterías sólidas duplicarán la densidad energética o que cualquier automóvil podrá cargarse completamente en cuestión de minutos. Son objetivos perseguidos por la industria, pero el resultado dependerá de la química utilizada, el diseño de la celda, el sistema de carga y la capacidad de fabricar millones de unidades de manera consistente.

Toyota, uno de los fabricantes que más ha avanzado públicamente en esta tecnología, sostiene que trabaja para comercializar vehículos eléctricos con baterías completamente sólidas entre 2027 y 2028. La empresa plantea para una de sus generaciones una carga del 10 al 80 por ciento en alrededor de diez minutos y una mejora del 20 por ciento en la autonomía frente a otra batería de referencia. Son metas empresariales, no resultados que puedan considerarse ya disponibles para el consumidor.

El desafío industrial es enorme. En una batería convencional, el electrolito líquido facilita el movimiento de los iones entre los electrodos. En una batería sólida, las distintas capas deben mantener un contacto muy preciso para permitir ese desplazamiento. Toyota reconoce que uno de los obstáculos fundamentales es precisamente desarrollar procesos capaces de apilar esas capas con rapidez, precisión y sin dañar los materiales.

Y mientras los ingenieros intentan resolver ese problema, existe otra pregunta menos visible, pero decisiva: ¿qué ocurrirá con las materias primas? La Agencia Internacional de la Energía ha advertido que el crecimiento de los vehículos eléctricos está elevando con fuerza la demanda de minerales críticos. En 2023, las baterías representaron alrededor del 85 por ciento de la demanda mundial de litio y el 70 por ciento de la demanda de cobalto.

El cambio tecnológico podría modificar parcialmente ese mapa. Algunas químicas de baterías sólidas podrían reducir la dependencia de determinados materiales, pero no significa que el litio vaya a desaparecer. De hecho, la Agencia Internacional de la Energía señala que una adopción amplia de baterías de estado sólido podría incluso incrementar la demanda de litio. El impacto sobre el cobalto, en cambio, dependerá mucho más de la química concreta empleada en los electrodos.

La cuestión es especialmente importante porque la cadena de suministro ya está concentrada geográficamente. Según la Agencia Internacional de la Energía, China procesa más de la mitad de las materias primas utilizadas para litio y cobalto y concentra cerca del 85 por ciento de la capacidad mundial de fabricación de celdas. Por ello, la carrera por la batería del futuro no será únicamente una competencia entre fabricantes de automóviles: también será una disputa industrial por materiales, refinación, tecnología y capacidad de producción.

Hay, además, una oportunidad ambiental que suele quedar fuera de las grandes promesas comerciales. La Agencia Internacional de la Energía estima que el reciclaje podría reducir de manera significativa la necesidad futura de extraer minerales nuevos. En un escenario compatible con los objetivos climáticos nacionales, calcula que el reciclaje podría disminuir en 2050 la demanda de litio y níquel en un 25 por ciento y la de cobalto en un 40 por ciento.

Por eso, democratizar el automóvil eléctrico no dependerá solamente de fabricar una batería capaz de recorrer más kilómetros. Será necesario producirla a un precio razonable, disponer de redes de carga adecuadas, garantizar materias primas y construir una economía de reciclaje capaz de recuperar materiales al final de la vida útil.

La batería de estado sólido puede convertirse en un salto tecnológico importante, pero todavía no es el punto final del camino. La verdadera revolución llegará cuando una innovación que hoy se desarrolla en laboratorios y plantas piloto pueda fabricarse a gran escala, con costos competitivos y cadenas de suministro resistentes. Solo entonces dejará de ser una promesa para convertirse en algo mucho más cotidiano: un automóvil eléctrico que cualquiera pueda comprar, cargar y utilizar sin pensar demasiado en la batería.