La combinación de alcohol y bebidas energizantes puede crear una falsa sensación de control mientras somete al organismo a estímulos contrapuestos, una mezcla especialmente preocupante entre jóvenes y estudiantes universitarios.
Una noche de fiesta puede comenzar con una bebida y terminar con varias horas de cansancio, alcohol y bebidas energizantes para intentar mantener el ritmo. Parece una solución práctica: mientras el alcohol relaja, la cafeína promete mantener despierto. Pero el organismo no funciona como una simple suma de sensaciones. Esa combinación puede ocultar algunas señales subjetivas de embriaguez sin reducir realmente los efectos del alcohol y, al mismo tiempo, aumentar determinadas exigencias sobre el sistema cardiovascular.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos advierten que la cafeína no neutraliza los efectos del alcohol. Puede hacer que una persona se sienta más alerta o perciba que el alcohol le afecta menos, pero la concentración de alcohol en el organismo no desaparece por ello. La consecuencia puede ser engañosa: sentirse capaz de continuar bebiendo cuando las capacidades físicas y cognitivas siguen deteriorándose.
La evidencia, sin embargo, exige una precisión. No todos los estudios encuentran un verdadero «enmascaramiento» de la intoxicación. Investigaciones clínicas publicadas en PubMed no han observado una reducción clara de la percepción subjetiva de embriaguez al mezclar ambas bebidas. El problema parece estar menos en una supuesta neutralización de la borrachera y más en el aumento de determinadas conductas de riesgo y en la falsa impresión de energía que proporciona la cafeína.
En estudiantes universitarios, esa diferencia puede tener consecuencias importantes. Un estudio longitudinal realizado con 508 universitarios y publicado en el Journal of Adolescent Health encontró que, en los días en que los participantes consumían alcohol junto con bebidas energizantes, tendían a beber más, pasar más tiempo bebiendo y alcanzar concentraciones estimadas de alcohol en sangre más elevadas. También se registraron más consecuencias negativas relacionadas con el consumo.
El corazón constituye otra parte de la ecuación. Las bebidas energizantes suelen contener cantidades importantes de cafeína y otros ingredientes estimulantes, entre ellos taurina. De acuerdo con los CDC, estos productos pueden elevar la presión arterial, la frecuencia cardiaca y la actividad de determinados sistemas relacionados con la alerta. No significa que cada consumidor vaya a desarrollar una arritmia, pero sí que existen respuestas cardiovasculares que merecen especial atención, sobre todo ante consumos elevados.
Un ensayo clínico realizado en adultos jóvenes y publicado en The American Journal of Clinical Nutrition observó que una ingesta elevada de una bebida energizante produjo aumentos transitorios de la presión arterial sistólica y modificaciones del intervalo QT corregido en el electrocardiograma. Los investigadores subrayaron que los efectos no podían atribuirse de manera sencilla a un solo ingrediente. Es una observación importante: hablar únicamente de la cafeína o de la taurina puede simplificar demasiado un producto cuya composición combina varias sustancias.
También existen señales más graves, aunque son poco frecuentes y no permiten concluir que la bebida energética sea por sí sola la causa en todos los casos. Una revisión reciente de casos clínicos sobre el consumo simultáneo de bebidas energizantes y alcohol encontró eventos cardiovasculares adversos que afectaron principalmente al ritmo cardiaco, la función del corazón y las arterias coronarias. Los autores señalaron además la presencia de factores predisponentes en una proporción considerable de los casos revisados.
El sistema nervioso tampoco queda al margen. La cafeína estimula la vigilia y puede provocar nerviosismo, inquietud o dificultades para dormir, mientras que el alcohol ejerce efectos depresores sobre el sistema nervioso central. Esa combinación de sensaciones puede resultar desconcertante: el cuerpo puede estar sometido a los efectos del alcohol mientras la persona se siente despierta y con energía.
Hay además una dimensión cotidiana que suele pasar inadvertida. Una persona que se siente demasiado cansada después de beber quizá decida detenerse; otra que percibe un impulso de energía puede continuar. Los CDC señalan que quienes mezclan alcohol con bebidas energizantes presentan con mayor frecuencia episodios de consumo excesivo, lesiones y otras conductas de riesgo. No se trata únicamente de lo que ocurre dentro del organismo, sino de las decisiones que pueden tomarse bajo una percepción alterada del propio estado.
Por ello, la verdadera paradoja de estas bebidas no está en que conviertan el alcohol en algo más potente de manera automática, sino en que pueden hacer compatible una sensación de alerta con un organismo que continúa intoxicándose. La energía percibida no equivale a sobriedad. Y esa diferencia, aparentemente pequeña, puede ser decisiva.


