México se perfila como uno de los principales beneficiarios del repliegue comercial de China en Estados Unidos

Un estudio de la Comisión de Comercio Internacional de Estados Unidos anticipa que México podría captar una parte relevante de las compras que Estados Unidos deje de realizar a China, aunque el reacomodo también tendría costos para consumidores y productores estadounidenses.

La disputa comercial entre Estados Unidos y China podría acelerar un movimiento que durante los últimos años ya había comenzado a transformar las cadenas de suministro internacionales. México, Taiwán y Vietnam aparecen entre los países con mayores posibilidades de ganar participación en el mercado estadounidense si Washington decide retirar a China el trato de relaciones comerciales normales permanentes.

La proyección procede de la Comisión de Comercio Internacional de Estados Unidos, conocida como USITC, que realizó una investigación a petición del Comité de Apropiaciones de la Cámara de Representantes para estimar los efectos económicos de una eventual revocación de ese estatus comercial.

El estudio plantea un escenario a seis años y toma como referencia los patrones comerciales de 2023. Bajo esa hipótesis, México sería el principal beneficiario extranjero en términos absolutos, con un incremento estimado de 18 mil 300 millones de dólares en sus ventas al mercado estadounidense, equivalente a un crecimiento de 3.6 por ciento frente al escenario base.

Taiwán y Vietnam tendrían incrementos porcentuales mayores. La USITC calcula que las importaciones estadounidenses procedentes de Taiwán aumentarían 12.6 por ciento, unos 12 mil 500 millones de dólares, mientras que las provenientes de Vietnam crecerían 10.4 por ciento, alrededor de 12 mil 400 millones de dólares.

La diferencia entre México y sus competidores asiáticos resulta importante. México no necesariamente tendría el mayor crecimiento porcentual, pero sí podría obtener el mayor incremento en valor entre los proveedores extranjeros considerados en el escenario. Su cercanía geográfica, su integración industrial con Estados Unidos y el marco del T-MEC son factores que pueden favorecer ese desplazamiento.

El fenómeno tiene relación directa con el llamado nearshoring, es decir, la decisión de las empresas de acercar parte de sus procesos productivos a los mercados donde venden sus mercancías. En el caso mexicano, esta tendencia ha impulsado inversiones en sectores como automóviles, autopartes, electrónicos, maquinaria y equipo industrial.

La propia USITC advierte, sin embargo, que el reacomodo no sería gratuito. Si Estados Unidos encarece de manera significativa las importaciones provenientes de China, las empresas tendrían que buscar nuevos proveedores o recurrir a productores nacionales. Esa sustitución modificaría las cadenas de abastecimiento y elevaría el costo de numerosos insumos intermedios.

El escenario más severo del estudio contempla una caída persistente de las importaciones estadounidenses desde China. Al sexto año, su valor sería 30.8 por ciento menor que en el escenario base, una reducción estimada en 140 mil 900 millones de dólares. A largo plazo, la disminución llegaría a 73.8 por ciento, equivalente a unos 337 mil 900 millones de dólares.

Una parte de ese vacío sería cubierta por otros proveedores. Además de México, Taiwán y Vietnam, la investigación identifica oportunidades para Canadá, Japón y Corea del Sur. El resultado sería una diversificación de las fuentes de abastecimiento estadounidenses, aunque no necesariamente una sustitución uno a uno de la capacidad industrial china.

Y es que China mantiene una posición de enorme peso en el comercio estadounidense. De acuerdo con datos históricos de la propia USITC, las importaciones de mercancías chinas alcanzaron 331 mil 900 millones de dólares en 2025, frente a 103 mil 200 millones en 2000. Los productos manufacturados representaron más de 88 por ciento de esas importaciones durante el periodo señalado.

El estudio también pone sobre la mesa una paradoja. La reducción de la competencia china permitiría que productores estadounidenses aumentaran su participación en el mercado interno. La USITC calcula que los envíos destinados al consumo dentro de Estados Unidos crecerían 0.6 por ciento al sexto año, unos 205 mil 900 millones de dólares, y 1.8 por ciento a largo plazo.

Pero ese impulso tendría efectos secundarios. Los consumidores y productores estadounidenses enfrentarían precios más altos y las empresas tendrían que asumir costos adicionales por los insumos importados. En el escenario de largo plazo, la comisión estima aumentos de precios de 0.7 por ciento para los consumidores y de 0.5 por ciento para los productores.

La producción real estadounidense también resentiría el cambio. Según la investigación, el encarecimiento de los bienes intermedios provocaría una reducción de 0.2 por ciento en la producción real a largo plazo, mientras que la mayoría de las industrias registraría disminuciones inferiores a 1 por ciento.

La USITC subraya que se trata de un ejercicio de modelación y no de una predicción sobre una decisión política inevitable. La comisión fue creada para analizar asuntos relacionados con comercio, competitividad y medidas arancelarias, y sus investigaciones de este tipo presentan resultados analíticos sin formular recomendaciones de política pública.

El dato resulta particularmente relevante para México porque llega en un momento en que la relación comercial con Estados Unidos atraviesa una etapa de revisión. El T-MEC mantiene al país como un socio estratégico para el mercado estadounidense, pero al mismo tiempo Washington busca reducir su dependencia de China y fortalecer cadenas de suministro consideradas estratégicas.

La oportunidad, por tanto, existe, pero no está garantizada. Para que México capture una mayor parte de las operaciones que eventualmente salgan de China necesita infraestructura suficiente, energía confiable, seguridad, disponibilidad de agua, talento especializado y reglas que den certidumbre a las inversiones. Sin esas condiciones, parte del capital puede terminar en otros países.

La investigación de la USITC confirma así una tendencia que se ha vuelto cada vez más visible: las tensiones entre las dos mayores economías del mundo ya no se limitan a una disputa bilateral. Están modificando las rutas por las que circulan mercancías, capitales y componentes industriales.

Para México, la oportunidad puede ser considerable. Pero convertir una ventaja geográfica en una ventaja industrial permanente exige algo más que estar cerca del principal mercado de consumo del mundo. La verdadera prueba será saber aprovechar el espacio que deje China sin limitarse a ocuparlo, sino desarrollando cadenas productivas con mayor contenido nacional y capacidad para competir por mucho tiempo.