Una exposición en la Biblioteca Vasconcelos abre las celebraciones por dos siglos de relaciones diplomáticas entre México y Francia con un recorrido que recupera encuentros, influencias, conflictos y sorprendentes intercambios culturales.

La relación entre México y Francia difícilmente puede explicarse como una historia lineal de amistad. Mucho antes de que ambos países establecieran formalmente relaciones diplomáticas, ya existían encuentros, intercambios, apropiaciones y también episodios de confrontación que dejaron huella en ambos lados del Atlántico.

Ese pasado, con sus momentos luminosos y sus capítulos incómodos, es el punto de partida de la exposición Francia-México, 200 años de relación y amistad. Resonancias, disonancias y contrapuntos, inaugurada el 1 de septiembre en la Biblioteca Vasconcelos de la Ciudad de México.

La muestra, curada por Philippe Ollé-Laprune y Conrado Tostado, reúne más de un centenar de reproducciones fotográficas, documentos y obras de arte distribuidos en 52 paneles. Su propósito no es presentar una versión solemne de la historia diplomática, sino mostrar cómo las dos sociedades se han mirado, influido y cuestionado durante siglos.

La Secretaría de Cultura federal confirmó que la exposición inaugura la Gran Fiesta Franco-Mexicana, una celebración que se extenderá hasta finales de noviembre con cerca de 200 actividades artísticas, académicas y científicas en 21 ciudades del país. La programación incluye cine, literatura, música, danza, patrimonio, gastronomía y artes visuales.

El alcance del programa también muestra que la conmemoración busca mirar hacia adelante. De acuerdo con el Instituto Francés de América Latina, más de 250 artistas, creadores, escritores, cineastas, diseñadores y músicos franceses participarán en las actividades, con proyectos destinados no sólo a celebrar el aniversario, sino a generar nuevas colaboraciones entre las comunidades culturales de ambos países.

Pero antes de llegar a ese presente, la exposición obliga a retroceder varios siglos.

Uno de sus puntos de partida se sitúa en 1523, cuando el corsario francés Jean Fleury capturó dos carabelas enviadas por Hernán Cortés hacia España. Las embarcaciones transportaban objetos procedentes de los territorios conquistados y algunos de aquellos bienes fueron mostrados en Francia en 1527.

Es un episodio remoto, incluso extraño visto desde el presente, pero permite entender una idea central de la muestra: el intercambio franco-mexicano comenzó mucho antes de las embajadas y los tratados. Primero llegaron los contactos accidentales, la curiosidad y la circulación de objetos; siglos después aparecerían las relaciones diplomáticas formales.

Los vínculos comerciales entre México y Francia se establecieron en el siglo XIX y antecedieron al reconocimiento diplomático. El Gobierno de México sitúa en 1826 el establecimiento de las relaciones diplomáticas, mientras que otros registros históricos señalan que ambos países ya habían desarrollado contactos comerciales y consulares durante los años previos.

La historia, sin embargo, pronto adquirió tonos mucho más ásperos. La llamada Guerra de los Pasteles, iniciada en 1838, enfrentó a México con Francia en un conflicto originado por reclamaciones de ciudadanos franceses, entre ellas las de un pastelero cuya historia terminó dando nombre popular a la guerra.

Décadas después llegaría uno de los capítulos más difíciles de la relación bilateral: la intervención francesa en México y el establecimiento del Segundo Imperio Mexicano bajo Maximiliano de Habsburgo, proyecto impulsado por Napoleón III.

La exposición recupera también una paradoja particularmente reveladora de aquellos años. El escritor francés Víctor Hugo defendió la resistencia mexicana y escribió a Benito Juárez en apoyo de la causa republicana, al mismo tiempo que pidió clemencia para Maximiliano. La carta llegó demasiado tarde: el emperador ya había sido fusilado en Querétaro el 19 de junio de 1867.

Para Ollé-Laprune, ese episodio muestra que tampoco resulta adecuado hablar de una sola posición francesa frente a México. Había un gobierno imperial con intereses políticos, pero también intelectuales y ciudadanos franceses que observaban con simpatía la resistencia republicana.

La diferencia entre ambas miradas es precisamente una de las razones por las que los curadores eligieron palabras como “resonancias” y “disonancias”. Hay coincidencias, influencias mutuas y admiración, pero también malentendidos, apropiaciones y enfrentamientos. La relación tiene varias capas.

Y esas capas no pertenecen únicamente a la política.

La influencia francesa en México se hizo especialmente visible en ámbitos como la literatura, la arquitectura, las artes, la educación, la gastronomía y la vida urbana. Al mismo tiempo, México despertó una fascinación profunda entre artistas e intelectuales franceses, que encontraron en su arqueología, sus tradiciones y su cultura popular fuentes de inspiración.

Ese intercambio continúa en la actualidad. Según explicó Philippe Ollé-Laprune durante la apertura de la exposición y reportó Excélsior, en la década de 1980 apenas alrededor de diez escritores mexicanos eran publicados en francés; actualmente, el número supera los 60. El dato muestra cómo la circulación de la literatura mexicana hacia Francia ha crecido con el tiempo.

También existe un intercambio patrimonial particularmente significativo durante este bicentenario. El Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura informó que el Museo Nacional de Antropología exhibirá el Códice Azcatitlán, mientras que la Biblioteca Nacional de Francia presentará de manera paralela el Códice Boturini, como parte de las actividades dedicadas al patrimonio compartido.

El arte contemporáneo tendrá igualmente un papel destacado. La programación contempla, entre otras propuestas, una exposición de obras emblemáticas del Centre Pompidou relacionada con el arte cinético, el Op Art y las vanguardias, además de presentaciones teatrales, espectáculos de danza, conciertos y ciclos cinematográficos.

Francia será además país invitado de honor en el Festival Internacional Cervantino de 2026. La participación amplía la celebración más allá de la Ciudad de México y convierte el bicentenario en una presencia cultural distribuida por distintas regiones del país.

La Gran Fiesta Franco-Mexicana se desarrollará del 1 de septiembre al 29 de noviembre, según el programa difundido por las instituciones organizadoras. La agenda reúne alrededor de 200 actividades y busca que la conmemoración no termine convertida simplemente en una revisión nostálgica del pasado.

La apuesta es otra: utilizar dos siglos de historia como punto de partida para una relación cultural que todavía está en construcción.

En ese sentido, la exposición de la Biblioteca Vasconcelos resulta oportuna. Las relaciones entre países suelen contarse mediante fechas, tratados y visitas oficiales. Pero una relación verdaderamente profunda también se reconoce en los libros que se traducen, las obras que viajan, los sabores que se adoptan, los artistas que se influyen y hasta en los desacuerdos que dejan una marca duradera.

México y Francia llegan así a su bicentenario diplomático con una historia que no cabe en una fotografía ceremonial. Hay admiración, conflicto, curiosidad, apropiación, cooperación y aprendizaje. Hay, en otras palabras, resonancias y disonancias.

Y quizá esa mezcla sea precisamente lo que hace que la relación siga siendo interesante después de 200 años.