El 5 de septiembre de 1972, la toma de rehenes de la delegación israelí en los Juegos Olímpicos de Múnich terminó con la muerte de once integrantes del equipo israelí y un policía alemán, pero también dejó una lección que transformaría la seguridad de grandes acontecimientos y la manera de contar el terrorismo ante una audiencia mundial.

Los Juegos Olímpicos pretendían mostrar una Alemania distinta. Munich buscaba proyectar una imagen de apertura y modernidad, muy alejada de la solemnidad militar de los Juegos de Berlín de 1936. La seguridad, precisamente por esa intención, debía ser discreta. El resultado fue una vulnerabilidad que el grupo palestino Septiembre Negro aprovechó durante la madrugada del 5 de septiembre.

Ocho integrantes del comando irrumpieron en los alojamientos de la delegación israelí. Dos miembros del equipo fueron asesinados durante el ataque inicial y otros nueve quedaron como rehenes. Lo que siguió mantuvo en vilo a una audiencia internacional durante horas. Los Juegos, convertidos hasta entonces en una celebración deportiva, se transformaron de pronto en el escenario de una crisis terrorista transmitida alrededor del planeta.

Según la reconstrucción histórica publicada por History, las autoridades alemanas carecían entonces de una unidad especializada preparada para enfrentar una situación de ese nivel. Las negociaciones se prolongaron mientras el comando exigía la liberación de prisioneros. Finalmente, los secuestradores fueron trasladados junto con los rehenes a la base aérea de Fürstenfeldbruck, donde una operación de rescate terminó en tragedia. Murieron los nueve rehenes restantes, un agente de policía alemán y cinco de los terroristas.

El episodio dejó al descubierto deficiencias que hoy parecen difíciles de imaginar en una operación de esta naturaleza. Un análisis publicado por el FBI décadas después señaló problemas de inteligencia, falta de capacidad especializada de asalto, dificultades de comunicación y una preparación insuficiente de los francotiradores. La conclusión fue contundente: una crisis de rehenes requiere inteligencia, negociación, capacidad táctica y coordinación especializada, no improvisación.

La respuesta alemana comenzó prácticamente de inmediato. La Policía de Baviera señala que, como reacción a las nuevas amenazas terroristas y al impacto del ataque de Múnich, el gobierno federal decidió todavía en 1972 crear la GSG 9, una unidad especializada para enfrentar situaciones de terrorismo y toma de rehenes. La seguridad de los grandes acontecimientos deportivos empezó así a concebirse como una cuestión de inteligencia y prevención, no solamente como presencia policial visible.

Pero hubo otra transformación menos evidente y, con el paso del tiempo, igualmente profunda: la relación entre terrorismo y medios de comunicación.

Las cámaras ya estaban allí. Los Juegos eran uno de los grandes acontecimientos televisivos internacionales de la época y la crisis se convirtió en una transmisión seguida por cientos de millones de personas. Un estudio académico de Gabriel Weimann sobre terrorismo y medios estima que más de 900 millones de espectadores siguieron la cobertura. Múnich demostró que un acto terrorista podía convertirse, prácticamente en tiempo real, en un acontecimiento mediático mundial.

La investigación histórica publicada por el proyecto alemán dedicado a esclarecer el ataque sostiene que Múnich representó un salto decisivo en la mediatización audiovisual del terrorismo. Las imágenes del comando en el balcón, las negociaciones y la incertidumbre sobre el destino de los atletas construyeron una experiencia colectiva inédita. El atentado ya no ocurría solamente en un lugar físico: también ocurría ante millones de espectadores.

Eso obligó al periodismo a enfrentarse con preguntas que siguen vigentes. ¿Hasta dónde informar sin favorecer a los responsables de un ataque? ¿Qué imágenes deben transmitirse? ¿Cuándo una cobertura necesaria puede convertirse involuntariamente en parte del espectáculo buscado por los terroristas? Un estudio de la Universidad de Ariel sobre la prensa israelí mostró, además, que la cobertura de Múnich estuvo marcada por fuertes marcos políticos y por una representación del conflicto en términos de confrontación entre Israel y el terrorismo árabe.

La tragedia también modificó la percepción de los Juegos Olímpicos. El Comité Olímpico Internacional la ha definido como uno de los momentos más oscuros de su historia. La competición fue interrumpida para celebrar un acto conmemorativo y, aunque los Juegos continuaron, la idea de que un acontecimiento deportivo internacional podía convertirse en objetivo terrorista quedó instalada.

Cincuenta y cuatro años después, Múnich sigue siendo una advertencia. La seguridad contemporánea de estadios, aeropuertos, villas olímpicas y otros espacios multitudinarios descansa en buena medida sobre aquella dolorosa experiencia: anticipar amenazas, compartir inteligencia, disponer de unidades especializadas y coordinar respuestas antes de que una crisis se vuelva irreversible.

Y queda la otra lección, quizá más incómoda. Las cámaras pueden informar al mundo en segundos, pero también pueden amplificar el impacto de quienes buscan precisamente esa atención. Desde Múnich, el terrorismo y los medios mantienen una relación difícil, en la que cada transmisión exige decidir entre el derecho del público a conocer y la responsabilidad de no convertir la violencia en espectáculo.