En San Sebastián, Naomi Watts presentó The Housewife, una película inspirada en la historia de una criminal nazi que reconstruyó su vida en Estados Unidos, y aprovechó el encuentro para advertir sobre el crecimiento del odio y la necesidad de mantener viva la memoria del Holocausto.

Naomi Watts llegó este sábado al Festival de San Sebastián con una película incómoda y una preocupación que, según explicó, trasciende la pantalla. Durante la presentación de The Housewife, la actriz expresó su temor ante lo que considera una escalada del odio en distintos ámbitos y pidió mantener la vigilancia frente a fenómenos que pueden parecer lejanos, pero que la historia demuestra que pueden adquirir consecuencias devastadoras.

«Me da miedo lo que está sucediendo, tenemos que estar vigilantes», afirmó Watts durante la rueda de prensa, según informó la Agencia EFE. La actriz evitó profundizar en cuestiones políticas concretas, aunque sí se refirió al Holocausto y a la situación de los inmigrantes en Estados Unidos. Su mensaje estuvo vinculado directamente con la película que presentó en el certamen donostiarra.

The Housewife, dirigida por el canadiense Ben Shirinian, reconstruye una historia ambientada en Nueva York en 1964. De acuerdo con la sinopsis oficial del Festival de San Sebastián, un joven periodista descubre que un presunto oficial nazi vive oculto en Queens y, al acercarse a la esposa del principal sospechoso, encuentra una realidad mucho más perturbadora de lo que esperaba.

Watts interpreta a Hermine Braunsteiner, una austríaca que había trabajado como guardia de las SS en los campos de concentración de Ravensbrück y Majdanek. Después de la Segunda Guerra Mundial, Braunsteiner llegó a Estados Unidos y construyó allí una nueva vida. Su pasado terminó siendo descubierto y, en 1973, fue extraditada a Alemania Occidental para responder por los crímenes cometidos durante el régimen nazi.

El Festival de San Sebastián presenta la película como basada en hechos reales y destaca precisamente esa transformación de una historia aparentemente doméstica en una investigación sobre la identidad, la memoria y la responsabilidad. Watts explicó que el guion la sorprendió profundamente cuando lo leyó años atrás y que le provocó numerosas preguntas. Ahora espera que esas mismas preguntas lleguen al público.

Hay algo especialmente inquietante en el personaje que interpreta. Braunsteiner no aparece representada como una figura monstruosa en el sentido convencional. La película explora la distancia entre la imagen cotidiana de una mujer aparentemente amable y su pasado como integrante del aparato represivo nazi. Watts señaló que esa contradicción fue uno de los elementos que más le interesaron del proyecto.

La película plantea así una cuestión que sigue siendo incómoda: el mal no siempre se presenta con una apariencia reconocible. La normalidad cotidiana puede coexistir con decisiones y actos de extrema violencia. La memoria histórica adquiere entonces una función que va más allá del recuerdo: obliga a examinar cómo determinadas ideas pueden normalizarse cuando el miedo, la discriminación o el odio encuentran espacios para crecer.

La elección de este papel coincidió con uno de los reconocimientos más importantes de la carrera de Watts. El Festival de San Sebastián le concedió el Premio Donostia 2026, un galardón que distingue la trayectoria de grandes figuras del cine. El festival recordó que la actriz ha recibido dos nominaciones al Óscar, por 21 gramos y Lo imposible, y que su reconocimiento internacional se consolidó con Mulholland Drive, dirigida por David Lynch.

Watts habló también de Lynch con especial emoción. Recordó que aquella película representó uno de los momentos decisivos de su carrera y que el director permanece como una figura fundamental en su memoria profesional. «Está en mi corazón para siempre», señaló, según EFE.

El reconocimiento llega, además, en una etapa en la que la actriz ha insistido en la necesidad de ampliar la representación de mujeres mayores en el cine. Watts, que cumple 57 años en unos días, sostuvo que durante mucho tiempo las oportunidades para las actrices parecían reducirse después de los 40 y celebró que las narrativas estén comenzando a cambiar.

Su presencia en San Sebastián reúne, de esta manera, dos conversaciones distintas pero relacionadas. Por un lado, una industria que busca ofrecer más espacio a mujeres con trayectorias prolongadas. Por otro, un cine que utiliza una historia del pasado para formular preguntas sobre el presente.

La película no pretende ofrecer respuestas sencillas. Su apuesta parece estar en algo más básico y, quizá por eso, más importante: recordar. En tiempos de discursos cada vez más agresivos, Watts considera que mirar hacia atrás permite comprender cómo determinadas sociedades llegaron a tolerar lo intolerable. El cine, en ese sentido, no cambia por sí solo la realidad, pero puede abrir una conversación que de otro modo quizá no ocurriría.