Fundado en Madrid el 2 de octubre de 1928, el Opus Dei se convirtió en una de las instituciones católicas más singulares del siglo XX y hoy enfrenta el reto de explicar su identidad y su lugar dentro de una Iglesia que también está revisando sus propias estructuras.
El 2 de octubre de 1928, durante unos ejercicios espirituales en Madrid, el sacerdote español Josemaría Escrivá de Balaguer fundó el Opus Dei. Su propuesta religiosa partía de una idea que entonces resultaba particularmente significativa: la santidad no debía reservarse a sacerdotes o religiosos, sino que podía buscarse en la vida cotidiana, en la familia y, especialmente, en el trabajo profesional.
La propia institución define su misión alrededor de la llamada universal a la santidad y de la santificación del trabajo. Con el paso de las décadas, esa concepción permitió que el Opus Dei desarrollara una presencia internacional entre profesionales, empresarios, académicos, funcionarios y personas vinculadas con distintos ámbitos de la vida social. Actualmente está presente en decenas de países y cuenta con una estructura formada por sacerdotes y laicos.
Sin embargo, su expansión también alimentó preguntas sobre la naturaleza de su organización. Durante buena parte del siglo XX, la percepción pública del Opus Dei estuvo marcada por una combinación peculiar: una institución de carácter religioso con una fuerte presencia entre sectores profesionales y dirigentes, pero cuya vida interna y mecanismos de pertenencia resultaban poco conocidos para el público general.
De ahí surgió una de las discusiones más persistentes alrededor de la organización: su posible influencia económica, política y cultural. Investigaciones académicas publicadas desde hace décadas han estudiado la presencia de miembros del Opus Dei en universidades, empresas, instituciones financieras y administraciones públicas, particularmente en España durante el franquismo. Estos estudios forman parte de un debate histórico sobre la relación entre religión, élites sociales y poder, pero no permiten atribuir automáticamente las decisiones individuales de sus miembros a la organización.
La cuestión económica merece una precisión similar. El Opus Dei administra recursos destinados a sus actividades pastorales y educativas, pero sus miembros laicos mantienen su patrimonio y sus actividades profesionales bajo las mismas leyes civiles que cualquier otro ciudadano. La existencia de personas vinculadas con la organización en posiciones económicas relevantes no equivale, por sí misma, a la existencia de un patrimonio económico único controlado por la prelatura.
La estructura jurídica también ayuda a comprender por qué el Opus Dei ha generado tanta curiosidad. En 1982, Juan Pablo II lo erigió como prelatura personal mediante la constitución apostólica Ut sit. Se convirtió así en la primera institución de la Iglesia católica constituida bajo esa figura. La prelatura tiene un prelado y un presbiterio propio, mientras que sus miembros laicos continúan perteneciendo a sus respectivas diócesis y están sujetos a las autoridades civiles como cualquier otro ciudadano.
Precisamente esa estructura comenzó a experimentar modificaciones importantes durante el pontificado de Francisco. En 2022, mediante el motu proprio Ad charisma tuendum, el Vaticano trasladó la competencia sobre las prelaturas personales al Dicasterio para el Clero y estableció que el prelado del Opus Dei ya no recibiría el orden episcopal. Además, se solicitó la adaptación de sus estatutos.
En 2023, Francisco modificó nuevamente las normas del Código de Derecho Canónico relacionadas con las prelaturas personales. El Opus Dei inició entonces un proceso interno de revisión de sus estatutos, con participación de especialistas y autoridades de la Santa Sede. Durante 2025 continuó ese proceso de adecuación jurídica, de acuerdo con la información publicada por la propia prelatura.
El cambio resulta significativo porque obliga a distinguir entre el carisma religioso del Opus Dei y la forma jurídica mediante la cual se organiza. Una institución puede conservar una determinada espiritualidad mientras modifica su estructura administrativa. En este caso, la Santa Sede ha mantenido la existencia de la prelatura, pero ha redefinido algunos aspectos de su relación con la estructura central de la Iglesia.
Con León XIV al frente del Vaticano desde 2025, la discusión entra en una nueva etapa. Hasta ahora, los documentos oficiales disponibles muestran la continuidad de las reformas institucionales iniciadas durante el pontificado anterior, aunque no existe base suficiente para afirmar que el nuevo pontificado haya emprendido una transformación específica del Opus Dei comparable a la de 2022 y 2023.
A 98 años de su fundación, el interés que despierta el Opus Dei difícilmente puede explicarse únicamente por su dimensión religiosa. Su historia permite observar cómo una determinada concepción de la fe puede proyectarse sobre la educación, las profesiones, la familia y la vida pública. Al mismo tiempo, sus transformaciones recientes muestran que incluso las instituciones con una identidad profundamente consolidada deben responder a nuevas exigencias jurídicas, culturales y sociales.
Entre la devoción de sus integrantes, las críticas de sus detractores y el interés de investigadores y observadores externos, el Opus Dei continúa ocupando un espacio singular dentro del catolicismo contemporáneo. Comprenderlo exige superar tanto la imagen de una organización omnipotente como la de una institución completamente ajena a las estructuras de poder. Su verdadera dimensión histórica se encuentra, precisamente, en la tensión entre esas dos percepciones.

