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Gandhi frente a la violencia de las redes sociales

By: Equipo Editorial
On: 2 octubre, 2026
In: Efemérides
Tagged: alfabetización mediática, ciberviolencia, ciudadanía digital, convivencia, derechos humanos, Día Internacional de la No Violencia, diálogo, discurso de odio, Gandhi, Mahatma Gandhi, no violencia, paz, polarización digital, redes sociales, resistencia pacífica

El legado de Mahatma Gandhi conserva una pregunta incómoda para la era digital: ¿es posible defender las propias convicciones sin convertir al adversario en enemigo?

Cada 2 de octubre, el mundo conmemora el Día Internacional de la No Violencia, establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2007 para coincidir con el aniversario del nacimiento de Mahatma Gandhi. Nacido en 1869, el dirigente indio convirtió la resistencia no violenta en una estrategia de lucha política contra la dominación colonial y dejó una concepción de la acción colectiva que posteriormente inspiraría a distintos movimientos por los derechos civiles y el cambio social.

La fecha adquiere una dimensión particular en 2026. Las sociedades contemporáneas no solo enfrentan guerras y conflictos políticos convencionales. Una parte importante de las disputas se desarrolla diariamente detrás de una pantalla: discusiones que comienzan con una diferencia de opinión y terminan en insultos, campañas de hostigamiento, deshumanización del adversario o difusión deliberada de mensajes destinados a provocar indignación.

La paradoja es evidente. Las redes sociales fueron concebidas como herramientas para conectar personas, pero también pueden convertirse en espacios donde la confrontación adquiere una velocidad y un alcance desconocidos para generaciones anteriores. La UNESCO advierte que las plataformas digitales se han convertido en escenarios de polarización, desinformación, incitación al odio y violencia, aunque también reconoce su potencial para promover los derechos humanos, el diálogo y la construcción de sociedades más cohesionadas.

En este contexto, la propuesta de Gandhi puede resultar más compleja de lo que suele sugerir una frase sobre la paz. La no violencia no significaba permanecer indiferente ante la injusticia. Por el contrario, Gandhi defendió formas de resistencia activa como la desobediencia civil, la protesta y la no cooperación. Las Naciones Unidas explican que la resistencia no violenta no pretende evitar el conflicto, sino modificar las condiciones de una disputa sin recurrir a la violencia física.

Trasladada al ámbito digital, esa distinción resulta fundamental. No violencia no significa callar ante una mentira, tolerar una agresión o renunciar a la defensa de una causa. Significa, entre otras cosas, evitar que la respuesta reproduzca aquello que se pretende combatir. Es posible cuestionar una idea sin humillar a quien la sostiene; denunciar una conducta sin convertir la conversación en una campaña de odio; y defender una posición firme sin deshumanizar al contrario.

La dificultad aumenta porque el entorno digital premia, con frecuencia, la reacción inmediata. Un comentario provocador puede generar respuestas antes de que alguien compruebe la información. Una publicación indignante puede compartirse miles de veces antes de que se determine si es verdadera. Y una discusión aparentemente menor puede transformarse en una confrontación colectiva cuando intervienen cientos o miles de usuarios.

La UNESCO ha señalado precisamente que el discurso de odio puede difundirse con mayor rapidez y alcance mediante las redes sociales. Sus investigaciones también subrayan la necesidad de equilibrar la protección frente a contenidos dañinos con la libertad de expresión y el derecho de acceso a la información. El problema, por tanto, no consiste simplemente en eliminar aquello que resulta desagradable, sino en construir espacios digitales donde la libertad no sea utilizada como argumento para normalizar la deshumanización.

Ahí aparece una de las dimensiones más pragmáticas del legado gandhiano. La no violencia exige disciplina. Antes de responder, obliga a preguntarse qué efecto tendrá la respuesta. Antes de compartir, exige verificar. Antes de insultar, recuerda que detrás de una cuenta existe una persona. Y antes de convertir una diferencia en una guerra, plantea la posibilidad de que el desacuerdo pueda mantenerse sin destruir la relación con quien piensa distinto.

Esto no significa idealizar las redes sociales ni suponer que el diálogo resolverá todos los conflictos. Tampoco significa ignorar que existen discursos deliberadamente violentos, campañas organizadas de hostigamiento y formas de manipulación que requieren respuestas institucionales. La propia UNESCO plantea que gobiernos, plataformas, medios de comunicación, organizaciones civiles, comunidades educativas y usuarios comparten responsabilidades en la construcción de un entorno digital más seguro y respetuoso de los derechos humanos.

Quizá la lección más actual de Gandhi no sea simplemente “ser pacíficos”. Sea aprender a ejercer el conflicto de otra manera. En una época en la que una pantalla permite responder en segundos y una publicación puede alcanzar a millones de personas, la capacidad de detenerse antes de atacar también constituye una forma de poder.

El Día Internacional de la No Violencia no propone olvidar las diferencias. Propone enfrentarlas sin convertirlas necesariamente en enemistades irreconciliables. En las calles, en las instituciones y ahora también en las redes, la pregunta continúa siendo esencial: ¿cómo podemos luchar contra aquello que consideramos injusto sin terminar reproduciendo la misma violencia que rechazamos?

La respuesta no está en convertir a Gandhi en una figura intocable ni en trasladar literalmente sus métodos a un mundo que él nunca conoció. Está en recuperar el principio práctico que atravesó buena parte de su pensamiento: los medios utilizados para alcanzar un objetivo también forman parte del resultado que finalmente construimos.

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