La repetición de terremotos devastadores en septiembre ha creado en México una asociación emocional difícil de ignorar, pero la evidencia científica indica que el fenómeno pertenece más a la memoria y a la percepción del riesgo que a una supuesta temporada sísmica.
Septiembre llega y algo cambia en el ambiente. Se habla de temblores, circulan advertencias en redes sociales y cualquier movimiento bajo los pies puede despertar una pregunta inmediata: «¿Otra vez en septiembre?». La reacción no es inexplicable. México conserva una memoria particularmente dolorosa de los terremotos del 19 de septiembre de 1985 y 2017. El problema aparece cuando esa memoria se convierte en una expectativa científica que los datos no respaldan.
El Servicio Sismológico Nacional y especialistas del Instituto de Geofísica de la UNAM han sido reiterativos: no existe evidencia de que septiembre sea una temporada de mayor actividad sísmica. Un análisis del catálogo histórico del SSN citado por la UNAM muestra que los movimientos se distribuyen durante todo el año. De hecho, investigadores universitarios han señalado que, al analizar periodos amplios, diciembre registra una frecuencia mayor de sismos que septiembre. Eso tampoco significa que diciembre sea una «temporada»; solamente demuestra lo engañosa que puede ser una impresión basada en unos cuantos acontecimientos memorables.
Entonces, ¿por qué la percepción resulta tan convincente? La psicología ofrece una primera explicación. El cerebro no registra todos los acontecimientos con el mismo peso. Los sucesos intensos, inesperados o emocionalmente cargados tienen más posibilidades de permanecer en la memoria. Dos terremotos ocurridos el mismo día del calendario, separados por 32 años y con consecuencias devastadoras, forman una asociación extraordinariamente poderosa.
La neurobiología ayuda a entender una parte de ese proceso. Las investigaciones sobre anticipación de amenazas muestran que la incertidumbre puede activar circuitos cerebrales relacionados con la vigilancia y la respuesta emocional, incluidos sistemas que involucran la amígdala extendida y regiones frontocorticales. No significa que una persona esté «inventando» su miedo. Significa que, ante un peligro incierto, el organismo tiende a prestar más atención a señales que podrían indicar que algo está por ocurrir.
En septiembre esa vigilancia encuentra un terreno fértil. Un rumor sobre un supuesto terremoto puede parecer más creíble porque coincide con una historia que todos conocemos. Después de haber vivido un sismo o de conocer sus consecuencias, revisar noticias, aplicaciones y redes sociales puede ofrecer una sensación momentánea de control. Sin embargo, la búsqueda constante de información puede terminar aumentando la angustia. Una investigación sobre exposición mediática a acontecimientos traumáticos encontró precisamente ese círculo: el miedo impulsa a buscar información y una exposición intensa a contenidos relacionados con el desastre puede incrementar posteriormente el malestar.
Las redes sociales agregan otra capa. Un mensaje que dice «se viene un gran temblor» no necesita demostrar nada para captar atención. Basta con que active una duda. La incertidumbre genera vigilancia y la vigilancia busca confirmaciones. Un ruido, una vibración leve o incluso una sensación corporal normal puede interpretarse entonces bajo el marco de la amenaza. Así, el rumor puede adquirir una apariencia de evidencia simplemente porque muchas personas están hablando de él.
Eso se parece a lo que popularmente se llama «síndrome de septiembre», aunque conviene aclarar que no es un diagnóstico médico reconocido. Es una expresión útil para describir una combinación de memoria colectiva, anticipación, ansiedad y atención selectiva alrededor de los terremotos de este mes. No debe confundirse con un trastorno psicológico ni utilizarse para etiquetar a quienes sienten temor.
La propia experiencia mexicana demuestra que el impacto emocional de los terremotos puede ser real y profundo. Un estudio publicado en Archives of Medical Research evaluó a población de estados afectados por el terremoto del 19 de septiembre de 2017 y encontró síntomas compatibles con estrés postraumático y depresión en una proporción de las personas examinadas. El dato recuerda algo importante: detrás de los memes sobre «septiemble» puede haber individuos para quienes un sonido de alerta, una evacuación o una vibración inesperada reactiven recuerdos dolorosos.
Pero la memoria también puede tener una función protectora. La preparación, los simulacros y el conocimiento de las rutas de evacuación transforman parte de la incertidumbre en acciones concretas. El objetivo no consiste en convencer a la población de que «no pasará nada». En un país sísmicamente activo, nadie puede garantizarlo. La prevención consiste precisamente en aceptar que puede ocurrir un terremoto cualquier día y prepararse sin esperar una señal del calendario.
La ciencia tampoco puede decir cuándo ocurrirá el próximo gran sismo. La UNAM ha señalado repetidamente que no existe actualmente una herramienta capaz de predecir de manera confiable el día, lugar y magnitud de un terremoto. Esa limitación no es un fracaso de la geofísica; refleja la complejidad de procesos que ocurren a grandes profundidades.
Septiembre, entonces, no es el mes que hace temblar a México. Es el mes que nos recuerda cuánto nos han marcado algunos terremotos. La diferencia parece pequeña, pero es fundamental. Una cosa pertenece a la tectónica de la Tierra; la otra, a la memoria humana. Comprender esa frontera permite reemplazar el miedo anticipatorio por algo mucho más útil: información confiable, preparación y una vigilancia que no dependa del calendario.


