El teletrabajo eliminó desplazamientos y horarios rígidos para millones de personas, pero también borró algunas fronteras entre oficina y dormitorio; recuperar rutinas, controlar la luz nocturna y mantener horarios estables puede ayudar a proteger el reloj biológico.
La escena es cada vez más común: termina la jornada laboral, pero la computadora permanece abierta. Después llega el teléfono, una serie, un mensaje pendiente y quizá otra revisión rápida del correo. Cuando finalmente se apaga la última pantalla, el cuerpo ya debería estar preparándose para dormir, pero el cerebro todavía parece estar en horario de oficina.
El problema no es únicamente psicológico. El organismo posee un sistema circadiano que coordina el sueño y la vigilia aproximadamente en ciclos de 24 horas. La luz es una de sus señales ambientales más importantes. El Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre de Estados Unidos señala que la exposición a luz artificial intensa durante la noche puede dificultar la conciliación del sueño y alterar las señales que regulan el reloj biológico.
Las pantallas merecen atención porque emiten luz de longitud de onda corta, incluida una proporción importante de luz azul. Esa exposición nocturna puede contribuir a mantener el estado de alerta y a retrasar las señales biológicas asociadas con el descanso. Sin embargo, reducir el problema exclusivamente a «la luz azul» sería simplificarlo demasiado. El brillo, el horario, la duración de la exposición y, sobre todo, el contenido que estamos consumiendo también importan.
Una computadora utilizada hasta la medianoche para resolver un problema laboral no genera exactamente la misma experiencia que leer tranquilamente durante unos minutos. En el primer caso intervienen además la activación mental, el estrés y la dificultad para establecer una frontera entre trabajo y descanso. En el teletrabajo, esa frontera puede desaparecer porque el escritorio está a pocos metros de la cama.
Ahí aparece otro concepto relevante: el jet lag social. No requiere tomar un avión. El término describe el desfase entre el horario biológico y los horarios impuestos por obligaciones sociales, especialmente cuando una persona duerme y se levanta a horas muy diferentes entre los días laborales y los fines de semana. El Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre lo reconoce como una forma de desajuste del horario de sueño, aunque no como un trastorno por sí mismo.
La investigación publicada en Sleep Medicine Clinics en 2024 relaciona los horarios laborales prolongados, los cambios entre jornadas y los fines de semana con mayor desfase circadiano y déficit de sueño. El trabajo remoto puede ofrecer flexibilidad, pero esa ventaja se vuelve contraproducente cuando la flexibilidad termina convirtiéndose en jornadas que comienzan y terminan cada día a una hora distinta.
La buena noticia es que algunas medidas son sorprendentemente sencillas. El Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre recomienda mantener horarios regulares para acostarse y levantarse, procurando que la diferencia entre días laborales y fines de semana sea pequeña. También aconseja reservar la última hora antes de dormir para actividades tranquilas y reducir la exposición a luz artificial intensa.
Para quien trabaja desde casa, una primera intervención puede ser crear un cierre visible de la jornada. Apagar la computadora, recoger el espacio de trabajo y evitar responder mensajes laborales fuera del horario establecido funciona como una señal conductual: el trabajo terminó. Si es posible, conviene que el dormitorio no se convierta en una segunda oficina.
También ayuda recibir luz natural durante el día. La luz diurna es una señal potente para sincronizar el reloj biológico, mientras que por la noche conviene disminuir progresivamente la iluminación ambiental. El NHLBI recomienda, además, mantener el dormitorio oscuro, tranquilo y fresco y realizar actividad física durante el día.
Los filtros nocturnos de pantalla pueden ser útiles para reducir la intensidad de la luz, pero no deberían convertirse en una licencia para permanecer conectado hasta la madrugada. La medida más eficaz puede ser mucho más sencilla: dejar de trabajar y reducir gradualmente la exposición a pantallas antes de acostarse. La tecnología puede atenuar una señal luminosa; no puede sustituir una rutina.
Tampoco conviene automedicarse con melatonina para corregir cualquier dificultad de sueño. Los tratamientos con melatonina y terapia de luz pueden formar parte del manejo de determinados trastornos circadianos, pero el momento de administración y la indicación dependen del problema específico. Cuando el insomnio persiste, existe somnolencia intensa durante el día o los horarios de sueño se desplazan progresivamente, lo adecuado es consultar a un profesional sanitario.
El trabajo remoto no tiene por qué convertirse en enemigo del descanso. De hecho, puede ofrecer una oportunidad para dormir más si el tiempo que antes se destinaba al traslado se utiliza realmente para descansar. La clave está en no confundir flexibilidad con disponibilidad permanente.
El reloj biológico no entiende de correos pendientes ni de reuniones virtuales. Necesita señales relativamente constantes: luz durante el día, oscuridad por la noche, horarios previsibles y suficiente tiempo para dormir. En una época en la que la oficina cabe dentro de una computadora portátil, proteger esas señales puede ser una de las formas más sencillas de cuidar la salud.


