Edgar Rice Burroughs nació el 1 de septiembre de 1875 y, décadas después, convirtió a un niño criado entre simios en uno de los personajes más reconocibles de la cultura popular, una figura que todavía refleja la antigua tensión entre el mundo salvaje y una civilización cada vez más industrializada.

Antes de que Tarzán gritara entre los árboles en el cine, antes de los cómics, los juguetes y las innumerables versiones televisivas, existió una historia publicada en una revista popular. Edgar Rice Burroughs tenía 36 años cuando presentó por primera vez a su personaje en una narración seriada de All-Story Magazine en 1912. Dos años después, aquella aventura apareció como novela bajo el título Tarzan of the Apes.

La idea tenía una fuerza narrativa difícil de ignorar. Un niño europeo queda huérfano en África, es criado por simios y aprende a sobrevivir en la selva antes de entrar nuevamente en contacto con los seres humanos. Burroughs había creado así un personaje situado literalmente entre dos mundos: posee la herencia de un aristócrata inglés, pero su educación y sus habilidades proceden de la naturaleza.

La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos considera Tarzan of the Apes una de las obras que contribuyeron a moldear la cultura literaria estadounidense del siglo XX. La institución destaca, además, que la serie mantuvo durante décadas su popularidad y dio origen a numerosas adaptaciones para el cine y la televisión. La permanencia del personaje no fue casual: Tarzán reunía aventura, peligro, romance y una pregunta mucho más profunda sobre qué significa ser civilizado.

Y es que la selva de Burroughs funcionaba también como contrapunto de la sociedad industrial de su tiempo. Frente a las ciudades, las máquinas, las reglas sociales y las jerarquías, aparecía un hombre capaz de desplazarse por los árboles, enfrentarse físicamente a sus enemigos y orientarse mediante conocimientos adquiridos fuera de las instituciones. La naturaleza se convertía, en ese sentido, en un territorio de libertad, pero también de riesgo.

El contraste resulta especialmente visible cuando Tarzán abandona temporalmente ese universo. El personaje puede dominar los códigos de la sociedad europea, pero nunca deja de pertenecer emocionalmente a la selva. En la imaginación de Burroughs, esa dualidad alimentó buena parte de su atractivo: Tarzán podía ser un lord por nacimiento y, al mismo tiempo, un hombre de la selva por experiencia.

La historia, sin embargo, también pertenece a una época marcada por concepciones coloniales y estereotipos sobre África que hoy requieren una lectura crítica. El propio archivo de la Biblioteca del Congreso ha documentado cómo Tarzán quedó asociado durante generaciones con determinadas representaciones occidentales del continente africano. La selva literaria de Burroughs era, por tanto, un escenario de aventura, pero también una construcción imaginada desde Estados Unidos y Europa.

Su éxito pronto dejó de ser exclusivamente literario. Tarzán llegó al cine durante la década de 1910 y posteriormente saltó a los periódicos, las historietas y otros formatos. La Biblioteca del Congreso señala que el personaje tuvo una trayectoria singular: apareció primero en la literatura, llegó al cine antes de convertirse en tira de prensa y terminó instalado en prácticamente todos los grandes medios de la cultura popular.

El fenómeno también demostró que un personaje podía convertirse en algo mucho más grande que su creador. Burroughs fundó en 1923 una empresa para gestionar sus obras y personajes, una decisión que ayudó a consolidar una temprana estrategia empresarial alrededor de la propiedad intelectual. Con el tiempo, Tarzán se transformó en una marca cultural reconocible mucho más allá de las páginas que le dieron origen.

La dimensión comercial explica parte de su extraordinaria longevidad. La historia podía contarse una y otra vez y adaptarse a distintos públicos. Cada generación podía encontrarse con un Tarzán diferente: el héroe de las novelas, el protagonista cinematográfico, el personaje de cómic, el dibujo animado o la figura reinventada para nuevas audiencias. La Biblioteca del Congreso confirma que la serie llegó a traducirse a más de 56 idiomas y continuó inspirando obras derivadas mucho después de la muerte de Burroughs.

Al recordar hoy el nacimiento de Edgar Rice Burroughs, la importancia de Tarzán no está solamente en sus aventuras. Está en haber anticipado una fórmula que la industria del entretenimiento explotaría durante todo el siglo XX: crear un personaje reconocible, trasladarlo de un medio a otro y convertirlo en un mito capaz de sobrevivir a su propio tiempo.

La verdad es que Tarzán sigue resultando familiar porque encarna una fantasía muy humana: escapar por un momento de las obligaciones de la vida cotidiana y regresar a un mundo donde la fuerza, el instinto y la supervivencia parecen suficientes. Pero también deja una pregunta incómoda. ¿La civilización nos hizo más libres o simplemente cambió las reglas de la selva? Esa tensión, presente desde las primeras páginas de Burroughs, es probablemente una de las razones por las que el hombre mono nunca terminó de desaparecer.