Hace 135 años, Juan Vucetich convirtió los dibujos de los dedos en una herramienta científica de identificación y abrió el camino para una nueva forma de investigar los delitos.
Una huella sobre una superficie puede parecer apenas una mancha. Sin embargo, detrás de esas pequeñas líneas que recorren las yemas de los dedos existe una característica biológica extraordinariamente útil: su permanencia y diversidad. Hoy basta con apoyar un dedo sobre un dispositivo para identificarse, pero hubo un tiempo en que la policía carecía de un método sencillo y confiable para distinguir a una persona de otra. La dactiloscopía cambió esa historia.
Cada 1 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Dactiloscopía en recuerdo de un acontecimiento ocurrido en 1891. Ese día, Juan Vucetich, funcionario de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, puso en práctica su sistema de identificación mediante impresiones digitales y elaboró las primeras fichas dactilares asociadas a 23 procesados. Así lo señala el Gobierno de Argentina al explicar el origen de esta conmemoración.
La importancia de Vucetich, sin embargo, no consiste en haber descubierto que las personas tenían huellas en los dedos. Ese conocimiento era anterior. Su verdadero mérito fue convertirlas en un procedimiento ordenado para identificar personas, clasificarlas y conservar sus impresiones de manera sistemática.
El desafío era considerable. A finales del siglo XIX, uno de los métodos policiales más conocidos era el sistema antropométrico desarrollado por el francés Alphonse Bertillon. Mediante mediciones de diferentes partes del cuerpo, fotografías y otros datos, buscaba establecer una identidad individual. El problema era que aquel procedimiento resultaba laborioso y dependía de numerosas mediciones.
Vucetich encontró una alternativa en los relieves papilares. Sus investigaciones recibieron la influencia de los trabajos del británico Francis Galton, quien había estudiado las características de las impresiones digitales. A partir de esas investigaciones, el funcionario argentino desarrolló y perfeccionó su propia clasificación.
En un primer momento, el sistema contemplaba una clasificación mucho más compleja. Con el tiempo, Vucetich la simplificó hasta establecer cuatro grandes tipos: arcos, presillas internas, presillas externas y verticilos. Esa reducción fue decisiva. La ciencia necesitaba un método que pudiera aplicarse en la práctica, no solamente una descripción minuciosa difícil de utilizar cuando había miles de registros.
El salto de la teoría a la investigación criminal llegó muy pronto. En 1892, las huellas fueron utilizadas para resolver el caso de Francisca Rojas, ocurrido en Necochea. Una impresión digital ensangrentada encontrada en la escena permitió relacionar a la mujer con el asesinato de sus hijos, después de que ella hubiera intentado atribuir la responsabilidad a otra persona. La Universidad de Guadalajara y distintas instituciones argentinas reconocen este episodio como uno de los primeros casos en que una investigación criminal fue resuelta mediante huellas digitales.
La experiencia demostró que aquellas líneas aparentemente insignificantes podían convertirse en evidencia. En 1894, después de someter el método a comprobaciones con cientos de presos, la Policía de la Provincia de Buenos Aires adoptó oficialmente el sistema. Su utilización comenzó después a extenderse a otras instituciones y países.
Un documento histórico de la propia Interpol muestra hasta qué punto la dactiloscopía había ganado terreno en las primeras décadas del siglo XX. Para entonces, distintos países empleaban sistemas basados en las huellas digitales, entre ellos el método desarrollado por Vucetich o adaptaciones de este. La antigua identificación antropométrica comenzaba a perder protagonismo frente a una herramienta más práctica.
La historia tiene además una enseñanza que trasciende los laboratorios y las comisarías. Vucetich no inventó una tecnología espectacular; observó una característica cotidiana del cuerpo humano y encontró la manera de convertirla en información útil. Esa transformación, aparentemente sencilla, modificó la investigación criminal.
Más de un siglo después, las técnicas de registro y comparación son mucho más sofisticadas, pero aquella intuición permanece. Cada vez que un lector biométrico reconoce un dedo o un investigador compara una impresión encontrada en una escena, existe detrás una larga historia científica que comenzó a tomar forma en Argentina. Y es que, en ocasiones, una revolución no necesita máquinas extraordinarias: basta con saber mirar aquello que siempre estuvo frente a nuestros ojos.


