Lejos de ser únicamente una conversación maliciosa sobre terceros, el chisme puede funcionar como una herramienta informal para compartir reputaciones, advertir sobre conductas, reforzar normas y mantener conectados a los grupos humanos.

Hay conversaciones que comienzan con una frase aparentemente inocente: «¿Ya te enteraste de lo que pasó?». En pocos segundos aparece el nombre de alguien que no está presente, una conducta discutible, una decisión inesperada o una historia cuya veracidad todavía está por comprobarse. El chisme suele tener mala fama, y con razón cuando se utiliza para difamar. Pero la antropología y la psicología social han encontrado que hablar sobre los demás cumple funciones mucho más complejas.

El investigador Robin Dunbar planteó hace más de dos décadas una de las explicaciones evolutivas más conocidas. En su trabajo publicado en Review of General Psychology, propuso que el chisme puede entenderse como una extensión del acicalamiento social observado entre primates. Mientras otros primates utilizan el contacto físico para mantener vínculos, los seres humanos pueden establecer y reforzar relaciones mediante conversaciones sobre personas, acontecimientos y comportamientos.

La hipótesis resulta especialmente interesante porque nuestros grupos sociales son demasiado grandes y complejos como para depender exclusivamente del contacto directo. Una conversación puede transmitir en pocos minutos información que de otro modo exigiría múltiples encuentros. Quién es confiable, quién ayudó a alguien, quién incumplió una promesa o quién suele aprovecharse de los demás son datos socialmente útiles.

La reputación ocupa el centro de este mecanismo. Una revisión publicada en Social and Personality Psychology Compass explica que la cooperación humana puede apoyarse en sistemas de reputación: las personas tienden a considerar la conducta pasada de otros al decidir con quién colaborar. El intercambio informal de información ayuda a que esa reputación circule incluso entre individuos que no han interactuado directamente.

Imaginemos una comunidad pequeña. Una persona llega buscando trabajo y alguien pregunta por ella. Quien la conoce puede contar que siempre cumple sus compromisos o, por el contrario, advertir que suele abandonar sus responsabilidades. La información puede ser incompleta, exagerada o incluso falsa, pero en principio cumple una función: reducir la incertidumbre sobre una persona que los demás todavía no conocen.

Los experimentos también han encontrado que el chisme puede modificar la cooperación. En una investigación publicada en Psychological Science, Matthew Feinberg, Robb Willer y Michael Schultz observaron que los participantes compartían información sobre la reputación de otros y utilizaban esos datos para favorecer la interacción con individuos cooperativos y excluir a quienes habían actuado de manera egoísta. En determinadas condiciones, esa circulación de información redujo las posibilidades de aprovecharse de la cooperación ajena.

La evolución del chisme, sin embargo, no puede explicarse como si hubiera sido diseñado únicamente para hacer funcionar comunidades armoniosas. Una investigación publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences propuso en 2024 que su persistencia puede relacionarse con dos funciones combinadas: difundir reputaciones y disuadir comportamientos egoístas. Cuando las personas saben que sus acciones pueden llegar a conocimiento de otros, tienen un incentivo adicional para cuidar su reputación.

Pero aquí aparece el lado oscuro. La información social informal no siempre es verdadera. Una revisión publicada en Philosophical Transactions of the Royal Society B advierte que las redes de reputación pueden facilitar tanto la cooperación como la formación de prejuicios, conflictos entre grupos y circulación de información sesgada. El mismo mecanismo que ayuda a una comunidad a detectar a una persona poco confiable puede utilizarse para excluir injustamente a alguien.

Por eso, chisme y rumor no son exactamente sinónimos. El chisme se refiere, en términos generales, al intercambio de información sobre terceros ausentes; el rumor implica información cuya veracidad no está establecida y que circula como tal. Pueden coincidir, pero no todo chisme es necesariamente falso ni todo rumor cumple una función de cohesión.

La vida moderna tampoco ha eliminado este comportamiento. Lo trasladó a otros espacios. La conversación en la cocina, el comentario entre compañeros de trabajo y la charla en una plaza tienen ahora equivalentes digitales: grupos privados, mensajes y redes sociales. La velocidad aumentó enormemente, pero la lógica básica permanece. Seguimos preguntándonos quién es digno de confianza, quién rompió una norma y qué conducta merece aprobación o rechazo.

La diferencia es que hoy una información puede abandonar un pequeño círculo y alcanzar a miles de personas en cuestión de minutos. Lo que antes funcionaba como mecanismo de regulación dentro de una comunidad puede transformarse rápidamente en linchamiento digital. La reputación, una vez dañada, puede resultar difícil de recuperar incluso cuando la información original era incorrecta.

Por eso el chisme merece una mirada menos moralista y más precisa. No es una virtud ni un defecto exclusivo de la humanidad. Es una forma de comunicación social con beneficios potenciales y riesgos evidentes. Puede fortalecer vínculos, advertir sobre comportamientos dañinos y facilitar la cooperación, pero también difamar, excluir y enfrentar grupos.

Quizá esa sea la paradoja. Aquella conversación que parece una simple curiosidad sobre la vida ajena puede contener una de las funciones más antiguas de nuestra convivencia: averiguar en quién confiar y cómo comportarnos con los demás. El problema no es que los seres humanos hablen de terceros. El verdadero desafío consiste en distinguir entre información útil y daño disfrazado de conversación.