Las dificultades económicas no se quedan en la cuenta bancaria: cuando la preocupación por las deudas se vuelve persistente, puede activar respuestas de estrés que afectan el sueño, la presión arterial, el metabolismo y, con el tiempo, la salud cardiovascular.
Una deuda puede comenzar con una cifra en una pantalla, pero sus consecuencias no necesariamente terminan allí. El saldo de una tarjeta, una hipoteca difícil de pagar o la incertidumbre sobre los ingresos pueden convertirse en una preocupación constante. ¿Alcanza para el alquiler? ¿Qué factura tendrá que esperar? ¿Qué ocurrirá si llega un gasto inesperado? Cuando esas preguntas se repiten durante meses, el organismo también puede responder.
La explicación pasa por el sistema de respuesta al estrés. Ante una amenaza, el organismo activa, entre otros mecanismos, el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, que participa en la liberación de cortisol. Esta hormona es necesaria y cumple funciones esenciales, pero la activación prolongada de los sistemas de estrés puede contribuir a una llamada carga alostática, es decir, el desgaste producido cuando el organismo permanece sometido durante demasiado tiempo a demandas fisiológicas.
Una revisión publicada en PubMed sobre cortisol y enfermedad cardiometabólica explica que las alteraciones en los patrones de cortisol se han relacionado con adiposidad, alteraciones de lípidos, diabetes y enfermedades cardiovasculares, incluida la hipertensión. Eso no significa que cada episodio de preocupación económica produzca un aumento patológico de cortisol ni que el cortisol sea el único responsable. La relación es mucho más compleja.
De hecho, la evidencia específica sobre dinero y cortisol exige cierta cautela. Un estudio del proyecto CARDIA, publicado en Psychosomatic Medicine, encontró una relación indirecta entre la presión financiera, el estado emocional cotidiano y el cortisol diario. Sin embargo, los investigadores no encontraron un efecto directo de la tensión económica sobre el cortisol. El hallazgo es importante precisamente porque evita una explicación demasiado sencilla: el estrés financiero puede afectar la biología mediante diferentes vías y no todas son exclusivamente hormonales.
La presión arterial ofrece una evidencia más concreta. Un estudio longitudinal publicado por investigadores de University College London siguió a 160 adultos durante tres años y encontró que los cambios en la tensión financiera se asociaban con cambios en la presión arterial sistólica. Quienes experimentaron una mejoría de su situación financiera presentaron, en promedio, una presión sistólica menor en el seguimiento que quienes mantuvieron o empeoraron su situación.
También existen datos procedentes de México. Una investigación publicada en Psychosomatic Medicine analizó a 1.759 mujeres de la Cohorte de Maestras Mexicanas. Las participantes que reportaron dificultades financieras graves presentaron un mayor grosor de la íntima-media carotídea y mayores probabilidades de aterosclerosis carotídea subclínica. El efecto fue más pronunciado cuando las dificultades habían durado más tiempo o habían provocado una mayor carga emocional. En ese estudio, sin embargo, los niveles de cortisol capilar no fueron diferentes entre los grupos.
Este último resultado merece atención. La relación entre estrés financiero y corazón no puede reducirse a la frase «más deuda, más cortisol». Intervienen el sueño, la alimentación, la actividad física, el consumo de alcohol o tabaco, la ansiedad, la depresión y la posibilidad de acceder oportunamente a servicios médicos. Una persona bajo presión económica puede dormir peor, posponer una consulta, dejar de comprar determinados medicamentos o reducir actividades saludables. La propia deuda modifica así las condiciones en las que se toman decisiones sobre salud.
Una revisión sistemática publicada en 2024 examinó 199 estudios estadounidenses sobre tensión financiera y salud. Sus autores encontraron asociaciones entre dificultades económicas y peores resultados de salud mental, física, biológica y funcional, además de comportamientos de salud menos favorables. La revisión también mostró que la investigación utiliza definiciones diferentes de «estrés financiero», una limitación que obliga a interpretar los resultados con prudencia.
El problema puede convertirse en un círculo difícil de romper. La preocupación financiera genera ansiedad y altera el descanso; el cansancio reduce la capacidad para afrontar decisiones; una crisis de salud puede generar nuevos gastos y pérdida de ingresos; y esos gastos incrementan nuevamente la preocupación. En algunas personas, la enfermedad y la dificultad económica terminan reforzándose mutuamente.
Por eso, hablar de salud cardiovascular también implica hablar de las condiciones económicas en las que vive una persona. No se trata de convertir una deuda en un diagnóstico médico, sino de reconocer que el estrés sostenido forma parte del entorno que puede influir en la salud.
La prevención, además, no consiste solamente en decirle a alguien que «se relaje». Controlar periódicamente la presión arterial, mantener horarios de sueño razonables, realizar actividad física y buscar atención médica ante síntomas persistentes siguen siendo medidas importantes. Cuando la ansiedad financiera se vuelve abrumadora, pedir ayuda psicológica o asesoría financiera también puede ser una intervención de salud, aunque no sustituya el tratamiento médico.
El dinero puede no aparecer en una radiografía del corazón, pero la incertidumbre que provoca sí puede formar parte de la historia que explica cómo llegamos hasta allí. Comprender esa conexión no significa culpar al paciente por sus circunstancias económicas. Significa reconocer que la salud cardiovascular se construye también fuera del consultorio, en el trabajo, en el hogar y, muchas veces, frente a una factura que parece imposible de pagar.


