El pensamiento de Paulo Freire, nacido hace 105 años, mantiene una pregunta incómoda y vigente: para qué y para quién educamos en un mundo donde aprender también significa comprender la realidad que nos rodea.

Paulo Reglus Neves Freire nació en Recife, Brasil, el 19 de septiembre de 1921. Más que una fecha biográfica, su nacimiento permite volver la mirada hacia una obra que modificó la manera de pensar la enseñanza, especialmente en contextos de desigualdad. La UNESCO ha incorporado el archivo documental de Freire a su programa Memoria del Mundo y reconoce la influencia internacional de sus ideas en la pedagogía crítica y la educación popular.

Su nombre quedó estrechamente ligado a Pedagogía del oprimido, una obra que comenzó a circular en español a finales de la década de 1960 y cuya edición en inglés apareció en 1970. En sus páginas, Freire cuestionó la educación que reduce al estudiante a un receptor pasivo de información. A esa lógica la llamó «educación bancaria»: el maestro deposita conocimientos y el alumno, como si fuera una cuenta vacía, los recibe y los almacena.

La propuesta de Freire partía de otra idea. Aprender debía implicar diálogo, reflexión y participación. El estudiante no llegaba al aula sin conocimientos; llevaba consigo una historia, un lenguaje, una familia, un territorio y una manera de interpretar lo que sucedía a su alrededor. La enseñanza, por tanto, podía comenzar precisamente allí.

De acuerdo con información del Instituto Paulo Freire, el educador desarrolló desde sus primeras experiencias con adultos una concepción de la alfabetización vinculada con la comprensión de la realidad. No se trataba únicamente de aprender letras y palabras. La alfabetización también podía convertirse en una herramienta para interpretar críticamente el entorno y participar en él.

Ahí aparece uno de los conceptos más conocidos de su pensamiento: la idea de leer el mundo antes y junto con la palabra. En términos cotidianos, significa que comprender un texto sobre pobreza, migración, trabajo, violencia o desigualdad puede ser mucho más significativo cuando el estudiante consigue relacionarlo con aquello que observa en su propia comunidad.

La vigencia de esta perspectiva resulta particularmente visible cuando se compara con algunas metodologías educativas contemporáneas. La UNESCO ha defendido enfoques que colocan la colaboración, el diálogo, la investigación y la participación de los estudiantes en el centro del aprendizaje. Su propuesta para renovar el contrato social de la educación también destaca la necesidad de reconocer a los docentes como profesionales capaces de producir conocimiento, investigar y desarrollar nuevas prácticas pedagógicas.

La coincidencia no significa que toda metodología activa sea automáticamente freireana. La diferencia es importante. El aprendizaje basado en proyectos, el trabajo colaborativo o la resolución de problemas pueden favorecer una mayor participación, pero el pensamiento de Freire añadía una dimensión crítica: preguntarse qué realidad se está estudiando, quiénes tienen voz, qué relaciones sociales intervienen y qué posibilidades existen para transformarla.

En ese escenario, el papel del docente tampoco desaparece. Al contrario, adquiere una responsabilidad distinta. El profesor deja de ser la única autoridad que posee las respuestas, pero continúa teniendo la tarea de orientar, cuestionar, aportar conocimientos y ayudar a construir condiciones para un diálogo serio. Enseñar no equivale simplemente a dejar que cada alumno diga lo que piensa. También implica aprender a argumentar, contrastar información y reconocer aquello que todavía no se comprende.

La verdad es que esa tarea se vuelve especialmente compleja en una época saturada de información. Un estudiante puede encontrar miles de respuestas en segundos, pero eso no garantiza que sepa distinguir una evidencia de una opinión, un dato comprobado de una afirmación viral. En este punto, la alfabetización crítica adquiere una nueva dimensión: ya no basta con saber leer y escribir; también resulta necesario interpretar, preguntar, verificar y comprender el contexto.

La propia UNESCO ha señalado que la alfabetización contribuye al pensamiento crítico, la ciudadanía y la participación social. Y es que una persona capaz de leer un texto, pero también de interrogar su significado y contrastarlo con otras fuentes, cuenta con herramientas distintas para desenvolverse en la vida pública y cotidiana.

A 105 años de su nacimiento, Freire no ofrece una receta educativa lista para aplicarse en cualquier aula. Su legado funciona más bien como una pregunta persistente. ¿La escuela permite únicamente acumular respuestas o ayuda a formular mejores preguntas? En América Latina, donde las desigualdades educativas continúan formando parte de la realidad social, esa interrogante conserva una fuerza particular.

Celebrar a Paulo Freire, por ello, no consiste solamente en recordar a un educador brasileño del siglo XX. Significa volver a discutir qué lugar ocupan la experiencia, el diálogo, el pensamiento crítico y la dignidad de quien aprende. En tiempos de cambios tecnológicos acelerados, quizá una de sus lecciones más duraderas sea también una de las más sencillas: educar no es llenar cabezas, sino abrir posibilidades para comprender el mundo y participar en él.