El ruido blanco puede facilitar el sueño y ayudar a ocultar sonidos ambientales, pero su uso durante toda la noche y a volúmenes elevados plantea riesgos auditivos, especialmente en bebés, mientras la evidencia científica todavía no permite afirmar que una exposición moderada produzca por sí sola un daño permanente.
Para muchos padres se ha convertido en un pequeño ritual nocturno. Se enciende una máquina, comienza un sonido continuo parecido al de una radio sin sintonizar y, poco después, la habitación queda envuelta en una especie de niebla sonora. El bebé duerme. Los adultos respiran aliviados. El problema aparece cuando ese sonido permanece encendido durante horas y a una intensidad mucho mayor de la necesaria.
El ruido blanco no es perjudicial por definición. De hecho, algunos estudios han encontrado que puede ayudar a determinadas personas a conciliar el sueño y, en bebés, existen investigaciones que señalan beneficios para reducir el llanto o facilitar el inicio del descanso. La cuestión importante es otra: cuánto sonido, a qué distancia y durante cuánto tiempo.
La Academia Estadounidense de Pediatría ha advertido específicamente sobre las máquinas de sonido para bebés. En su informe técnico de 2023 señala que algunas pueden producir niveles suficientemente elevados como para representar un riesgo de pérdida auditiva inducida por ruido cuando se utilizan de manera inadecuada. La recomendación de los pediatras es sencilla: colocar el aparato lejos de la cabeza del bebé, mantener el volumen lo más bajo posible y limitar el tiempo de funcionamiento.
La preocupación no surgió de una especulación. Un estudio publicado en Pediatrics analizó 14 máquinas para dormir y descubrió que, a una distancia de 30 centímetros, todas superaban los 50 decibelios ponderados A en su volumen máximo. Tres superaban los 85 decibelios. Si esos niveles se mantenían durante más de ocho horas, los investigadores consideraron que podían alcanzar exposiciones capaces de representar un riesgo para la audición.
Una investigación posterior, publicada en International Journal of Pediatric Otorhinolaryngology, examinó ocho máquinas y seis aplicaciones para teléfonos móviles. En el nivel máximo, nueve de los 14 dispositivos evaluados superaron los 85 decibelios cuando el aparato estaba a solo diez centímetros del punto de medición. Al aumentar la distancia hasta 30 o 100 centímetros, ninguno superó ese umbral en las condiciones estudiadas.
La distancia, por tanto, importa muchísimo. No es lo mismo colocar una máquina sobre la baranda de la cuna que situarla al otro lado de la habitación. La intensidad sonora disminuye con la distancia, y esa diferencia puede transformar una exposición innecesariamente elevada en otra mucho más prudente.
También importa recordar que el daño auditivo depende de una combinación de intensidad y duración. La Organización Mundial de la Salud y los organismos especializados en salud auditiva coinciden en que cuanto más intenso es un sonido, menos tiempo se necesita para que pueda resultar perjudicial. El oído no dispone de un interruptor que simplemente se apaga al superar determinado volumen; el riesgo se acumula con la exposición.
En los adultos, el panorama es algo diferente. Existe abundante evidencia sobre los daños producidos por la exposición prolongada a sonidos intensos, pero hay mucha menos investigación específica sobre el uso doméstico del ruido blanco durante el sueño. No sería correcto afirmar que dormir cada noche con un sonido suave provoca pérdida auditiva permanente. Lo que sí puede afirmarse es que mantener una fuente sonora innecesariamente alta durante muchas horas añade una exposición que no aporta ningún beneficio auditivo.
Y el problema no termina en la audición. La Academia Estadounidense de Pediatría señala que el ruido puede fragmentar el sueño y reducir el tiempo total de descanso. Incluso cuando una persona no llega a despertarse completamente, el cerebro puede responder a los estímulos acústicos durante el sueño. Por eso la idea de que «si no me despierta, no me afecta» resulta demasiado sencilla.
Una revisión publicada en Sleep Medicine en 2024 analizó la evidencia disponible sobre exposición continua al ruido blanco durante el sueño y desarrollo infantil. Los investigadores encontraron señales de posibles efectos adversos en modelos animales y algunos indicios preocupantes en estudios humanos, pero también observaron que exposiciones de baja intensidad pueden tener beneficios. Su conclusión fue clara: hacen falta más investigaciones para establecer cuál es la intensidad y duración óptimas.
Esto último es importante porque el ruido blanco no debería convertirse en otro enemigo tecnológico. Para algunas personas, un sonido constante ayuda a enmascarar tráfico, conversaciones o ruidos repentinos y puede facilitar el descanso. El problema comienza cuando se utiliza como si «más fuerte» significara «más eficaz».
La verdad es que el mejor ruido blanco probablemente sea el que apenas se necesita. Si se utiliza para dormir a un bebé, conviene mantener el dispositivo lejos de la cuna, utilizar el volumen mínimo que cumpla su función y, cuando sea posible, programar un apagado. En adultos, las mismas precauciones son razonables: evitar volúmenes altos y no asumir que ocho horas de exposición son irrelevantes simplemente porque estamos dormidos.
El silencio absoluto tampoco es obligatorio. El objetivo es encontrar un ambiente acústico confortable sin convertir el dormitorio en una fuente permanente de exposición sonora. Porque dormir debería permitir que el cuerpo descanse, no obligar al oído a trabajar durante toda la noche.
El ruido blanco puede ser una herramienta útil. Pero, como ocurre con tantas soluciones aparentemente inocentes, la diferencia entre ayuda y exceso puede estar en un pequeño detalle: bajar el volumen, alejar el aparato y dejar que, de vez en cuando, la noche vuelva a ser simplemente noche.


