El síndrome de piernas inquietas puede convertir el momento de descansar en una batalla contra una necesidad irresistible de mover las extremidades, mientras la investigación descubre que el hierro cerebral, la genética y los circuitos relacionados con la dopamina participan en un trastorno todavía subdiagnosticado.
Cerrar los ojos, intentar relajarse y sentir que las piernas obligan a levantarse una y otra vez. Para quienes viven con el síndrome de piernas inquietas, dormir no siempre significa descansar. La enfermedad, también conocida como enfermedad de Willis-Ekbom, provoca una necesidad difícil de controlar de mover las piernas, acompañada con frecuencia de sensaciones desagradables que aparecen o empeoran durante el reposo y particularmente por la noche.
El 23 de septiembre se conmemora el Día Mundial del Síndrome de Piernas Inquietas, una jornada vinculada al nacimiento del neurólogo sueco Karl-Axel Ekbom, quien describió y dio nombre al trastorno. La fecha busca llamar la atención sobre una enfermedad que puede alterar considerablemente el sueño y la vida cotidiana.
La Academia Estadounidense de Medicina del Sueño señala que el síndrome es un trastorno neurológico sensoriomotor cuya causa todavía no se comprende por completo. La evidencia actual apunta a una combinación de factores genéticos, alteraciones en el metabolismo del hierro cerebral y mecanismos relacionados con los sistemas de neurotransmisión.
Durante años, la dopamina ocupó el centro de la explicación. Los medicamentos que actúan sobre este neurotransmisor pueden aliviar los síntomas, pero la investigación ha mostrado que la biología del trastorno es más compleja. De hecho, las recomendaciones clínicas más recientes han reducido el protagonismo de los agonistas dopaminérgicos debido al riesgo de un fenómeno denominado aumento o augmentation, en el que los síntomas pueden aparecer antes durante el día, intensificarse o extenderse a otras partes del cuerpo.
El hierro ofrece otra pieza fundamental del rompecabezas. Las investigaciones mediante resonancia magnética, estudios del líquido cefalorraquídeo y otras técnicas han encontrado indicios de una menor disponibilidad de hierro en determinadas regiones cerebrales de personas con síndrome de piernas inquietas. La Academia Estadounidense de Medicina del Sueño considera actualmente tan relevante este factor que recomienda evaluar ferritina y saturación de transferrina en los pacientes con síntomas clínicamente significativos.
Eso no significa que toda persona con piernas inquietas tenga anemia. La relación es más específica. Puede existir una alteración de la disponibilidad de hierro en el cerebro incluso cuando los análisis habituales no muestran una anemia evidente. Por esa razón, las guías clínicas utilizan parámetros de hierro para decidir si una persona puede beneficiarse de suplementación oral o intravenosa.
El diagnóstico tampoco depende de una sola prueba. Las guías de la Sociedad Alemana de Neurología y de la Sociedad Alemana de Investigación y Medicina del Sueño señalan que no existe actualmente un análisis de laboratorio o estudio de imagen que, por sí solo, confirme el síndrome. El diagnóstico es fundamentalmente clínico y requiere distinguirlo de calambres, neuropatías, problemas circulatorios y otros trastornos del movimiento.
La falta de sueño constituye una de las consecuencias más visibles. Cuando las molestias interrumpen repetidamente el descanso, pueden aparecer cansancio durante el día, dificultades de concentración, irritabilidad y deterioro de la calidad de vida. La situación puede ser especialmente complicada cuando los síntomas se presentan durante largos periodos y la persona termina asociando la hora de dormir con otra noche de interrupciones.
La posible relación con la salud cardiovascular exige, sin embargo, prudencia. Algunos estudios han encontrado asociaciones entre el síndrome y enfermedades cardiovasculares, hipertensión o determinados marcadores de riesgo. Pero una revisión sistemática y metaanálisis publicada en Acta Neurologica Scandinavica concluyó que no existía evidencia suficiente para demostrar un aumento independiente de los eventos cardiovasculares y destacó la influencia de factores de confusión. Investigaciones más recientes tampoco han establecido una relación causal definitiva.
La verdad es que esta cautela no reduce la importancia del problema. Significa, más bien, que la investigación todavía debe separar los efectos propios del síndrome de los relacionados con edad, obesidad, hipertensión, diabetes, apnea del sueño y otras condiciones que pueden coexistir con él.
El tratamiento actual se dirige a reducir los síntomas y corregir factores que puedan agravarlos. Las guías de 2025 recomiendan considerar medicamentos como gabapentina, pregabalina o gabapentina enacarbil, además del tratamiento con hierro cuando los estudios indican que puede ser útil. También aconsejan revisar sustancias y medicamentos capaces de empeorar los síntomas, entre ellos determinados antihistamínicos, fármacos serotoninérgicos y algunos agentes antidopaminérgicos.
El síndrome de piernas inquietas no debería confundirse con una simple molestia nocturna. Cuando la necesidad de mover las piernas aparece repetidamente durante el reposo, altera el sueño y afecta la vida diaria, merece una evaluación médica. La ciencia todavía intenta completar el mapa de sus mecanismos, pero ya existe una certeza práctica: reconocer el trastorno es el primer paso para que la noche deje de convertirse en una lucha silenciosa.


