El Día Mundial del Turismo llega este 27 de septiembre en un momento de transformación para la industria: mientras los destinos buscan aprovechar los beneficios económicos de los visitantes, también enfrentan la saturación de espacios, la presión sobre la vivienda y el deterioro de sus recursos naturales y culturales.
Viajar se ha convertido en una de las grandes expresiones de la movilidad contemporánea. Millones de personas se desplazan cada año para conocer ciudades, playas, pueblos, zonas arqueológicas y paisajes naturales. El turismo genera empleo, actividad económica e intercambio cultural. Sin embargo, cuando el crecimiento de visitantes supera la capacidad de un destino para recibirlos y gestionar sus impactos, aparece un fenómeno cada vez más discutido: el overtourism o sobreturismo.
La cuestión ya no consiste únicamente en preguntarse cuántos turistas llegan a un lugar, sino qué ocurre cuando todos llegan al mismo tiempo, se concentran en los mismos espacios y demandan los mismos recursos.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) advierte que la presión turística puede traducirse en saturación de infraestructura, incremento de los costos de vida, gentrificación y desplazamiento de residentes, además de mayores presiones sobre el patrimonio y el medio ambiente. También señala que el impacto no depende exclusivamente del número de visitantes, sino de cuándo y dónde llegan, cuánto tiempo permanecen y de la capacidad de gestión de cada destino.
Cuando el visitante empieza a desplazar al habitante
Uno de los efectos más sensibles se encuentra en las ciudades y centros históricos. Las zonas que adquieren popularidad entre los visitantes suelen convertirse también en espacios atractivos para restaurantes, comercios, hoteles y alojamientos de corta estancia.
El problema aparece cuando esa transformación modifica las condiciones de vida de quienes habitan el lugar.
La OCDE ha documentado que la expansión de los alojamientos turísticos de corta duración puede incrementar la presión sobre los mercados inmobiliarios y contribuir al aumento de las rentas en determinadas ciudades. En los casos más extremos, la transformación de barrios residenciales puede terminar desplazando a habitantes de larga duración.
No se trata, por tanto, de afirmar que cada turista provoca gentrificación. La realidad es mucho más compleja. La vivienda responde a múltiples factores económicos y urbanos. Sin embargo, el crecimiento turístico mal gestionado puede convertirse en uno de los elementos que intensifican esas presiones.
Y ahí aparece una pregunta que resulta difícil de ignorar: ¿puede considerarse exitoso un destino que recibe cada vez más visitantes si quienes viven allí ya no pueden pagar el costo de permanecer en su propio barrio?
El costo invisible de la masificación
El turismo también tiene una dimensión ambiental que muchas veces permanece fuera de la fotografía de vacaciones.
Agua, energía, transporte, residuos, movilidad urbana y conservación de espacios naturales forman parte de la infraestructura necesaria para sostener la actividad turística. En zonas especialmente frágiles, una concentración elevada de visitantes puede ejercer una presión considerable sobre ecosistemas que tienen una capacidad limitada de recuperación.
ONU Turismo reconoce precisamente esta doble dimensión. El organismo señala que el turismo puede contribuir al crecimiento económico y a la conservación del patrimonio natural y cultural, pero también puede provocar degradación ambiental y alteraciones sociales cuando los recursos no son gestionados adecuadamente.
Por eso, la sostenibilidad turística no consiste simplemente en colocar contenedores para separar residuos o sustituir los plásticos de un hotel. Implica gestionar de manera equilibrada los recursos ambientales, respetar la autenticidad sociocultural de las comunidades anfitrionas y garantizar que la actividad económica pueda mantenerse en el largo plazo.
Del turismo sostenible al turismo regenerativo
En los últimos años ha cobrado fuerza una idea que pretende ir un paso más allá del concepto tradicional de sostenibilidad: el turismo regenerativo.
Mientras la sostenibilidad busca, en términos generales, reducir los impactos negativos y mantener los recursos disponibles para el futuro, los enfoques regenerativos plantean una pregunta diferente: ¿puede la actividad turística contribuir activamente a mejorar el territorio que visita?
La respuesta pasa por modelos en los que las comunidades locales tienen una participación más significativa en las decisiones, reciben una proporción mayor de los beneficios económicos y participan en la conservación de sus recursos naturales y culturales.
Algunas iniciativas impulsadas por ONU Turismo apuntan en esa dirección. Su programa Best Tourism Villages, por ejemplo, reconoce comunidades rurales que buscan utilizar el turismo como instrumento para preservar su patrimonio, fortalecer las economías locales y proteger la biodiversidad. La iniciativa evalúa aspectos económicos, sociales, ambientales, culturales y de gobernanza.
La idea es sencilla, aunque llevarla a la práctica no lo sea: el destino no debería convertirse en un escenario construido exclusivamente para el visitante. Debe continuar siendo un lugar donde la población pueda vivir, trabajar, preservar sus tradiciones y decidir sobre su futuro.
La tecnología también puede cambiar el mapa turístico
La discusión adquiere una dimensión adicional este 2026. El Día Mundial del Turismo se celebra bajo el lema “Agenda digital e inteligencia artificial para rediseñar el turismo”, con El Salvador como país anfitrión. Naciones Unidas ha señalado que la inteligencia artificial puede modificar la manera en que los viajeros eligen destinos, la forma en que opera la industria y el diseño de las experiencias turísticas.
Pero la tecnología también plantea una paradoja.
Un algoritmo puede recomendar el mismo sitio a millones de personas. Una fotografía viral puede convertir una calle, una playa o un pequeño pueblo en un nuevo punto de atracción internacional en cuestión de semanas. Las plataformas digitales pueden democratizar el acceso a la información, pero también pueden concentrar la demanda en los lugares que ya son populares.
De ahí que la digitalización no sea automáticamente sinónimo de sostenibilidad. Naciones Unidas ha advertido que, si la transformación tecnológica no se gestiona adecuadamente, puede canalizar a los turistas hacia los mismos destinos y plataformas, dejando al margen otros territorios con potencial turístico.
La inteligencia artificial, en cambio, también podría utilizarse para distribuir flujos de visitantes, anticipar saturaciones, mejorar la gestión de recursos, promover destinos menos congestionados y proporcionar información más precisa para la toma de decisiones. La tecnología, en este sentido, no sustituye la política turística: puede convertirse en una herramienta para hacerla más eficiente.
¿Qué significa entonces viajar de manera responsable?
La respuesta no puede recaer únicamente en el turista. La responsabilidad está distribuida entre gobiernos, empresas, plataformas digitales, comunidades y visitantes.
Las autoridades necesitan políticas de ordenamiento territorial, vivienda, movilidad, conservación ambiental y gestión de flujos turísticos. Las empresas tienen que incorporar criterios ambientales y sociales a sus operaciones. Las plataformas pueden contribuir a una distribución más equilibrada de la demanda. Y los visitantes, por su parte, pueden elegir negocios locales, respetar las normas ambientales y culturales y evitar comportamientos que conviertan los destinos en simples escenarios de consumo.
También resulta necesario cambiar la manera en que medimos el éxito turístico. Contar llegadas y noches de alojamiento proporciona información importante, pero no suficiente. También habría que preguntarse cuánto valor permanece en la comunidad, qué ocurre con el precio de la vivienda, cuál es el estado de los ecosistemas, cómo perciben los residentes la actividad y qué tan accesibles continúan siendo los espacios públicos.
En última instancia, un destino turístico no es únicamente una fotografía, una playa, un centro histórico o una experiencia que puede venderse en internet. Es, ante todo, un territorio habitado.
Este 27 de septiembre, mientras el mundo celebra la capacidad del turismo para conectar culturas y generar oportunidades, también conviene mirar la otra cara de la moneda. El desafío del turismo contemporáneo no consiste necesariamente en recibir más visitantes, sino en encontrar la manera de que los beneficios del turismo no terminen deteriorando aquello que hace atractivo al destino en primer lugar.
Porque cuando una ciudad pierde a sus habitantes, cuando un ecosistema deja de resistir la presión turística o cuando una comunidad ya no reconoce su propio territorio, el problema no es únicamente que haya demasiados turistas. El problema es que el modelo dejó de estar al servicio del lugar.

