El ayuno intermitente ha despertado interés por sus posibles efectos metabólicos y celulares, incluida la activación de mecanismos relacionados con la autofagia, pero prolongar demasiado los periodos sin alimento no equivale necesariamente a obtener mayores beneficios y puede aumentar la pérdida de masa corporal magra y alterar funciones hormonales en personas vulnerables.

La promesa resulta seductora: dejar de comer durante determinadas horas, permitir que el organismo cambie de combustible y activar mecanismos celulares que, en teoría, ayudarían a conservar la salud durante más tiempo. En redes sociales, la palabra autofagia suele aparecer como si fuera una especie de programa interno de limpieza capaz de rejuvenecer las células. La realidad científica es bastante más interesante y, también, mucho menos sencilla.

La autofagia es un proceso normal mediante el cual las células degradan y reciclan componentes dañados o innecesarios. Cuando disminuye la disponibilidad de nutrientes, cambian varias señales metabólicas y puede aumentar la actividad de vías relacionadas con este proceso. Una investigación realizada en seres humanos encontró modificaciones en algunos reguladores de la autofagia después de 36 horas de ayuno, aunque los efectos en el músculo fueron modestos y variaron según el nivel de entrenamiento.

Ese detalle es importante. Buena parte de la fascinación por la autofagia procede de investigaciones celulares y animales, donde sus mecanismos pueden estudiarse con gran precisión. En seres humanos todavía es difícil determinar cuánto aumenta la autofagia en cada órgano durante un determinado periodo de ayuno y, sobre todo, si una mayor activación significa necesariamente una vida más larga.

Una revisión científica publicada en 2024 sobre ayuno intermitente y salud encontró beneficios modestos en algunos indicadores metabólicos, como peso corporal, grasa, insulina y determinados lípidos. Sin embargo, los autores también señalaron que, entre cientos de asociaciones analizadas, solo una pequeña proporción alcanzó un nivel de evidencia considerado alto. La promesa de longevidad, por tanto, sigue siendo mucho más sólida en modelos experimentales que en estudios prolongados con seres humanos.

El músculo plantea otra dificultad. Cuando el organismo permanece sin suficiente energía y proteínas, no utiliza únicamente grasa. También puede reducir tejidos magros. Una revisión de 2026 sobre ayunos prolongados encontró disminuciones tanto de grasa como de masa libre de grasa y agua corporal. Los autores advirtieron que la pérdida de peso durante ayunos prolongados no puede interpretarse simplemente como eliminación de tejido adiposo.

Otra revisión de ensayos de ayuno con agua, que analizó periodos de entre cinco y veinte días, encontró pérdidas importantes de peso y estimó que una proporción considerable correspondía a masa magra. Ese resultado debe interpretarse con cautela porque la masa magra también incluye agua y otros componentes que cambian rápidamente durante el ayuno. Aun así, el hallazgo deja clara una cuestión: un descenso rápido en la báscula no significa que todo lo perdido sea grasa.

La situación es diferente con algunos esquemas de ayuno intermitente menos extremos. Un ensayo publicado en 2024 comparó durante diez días el ayuno en días alternos con una restricción calórica continua y una dieta de control en hombres de mediana edad con sobrepeso u obesidad. Cuando la ingesta de proteínas se mantuvo controlada, no encontraron diferencias en las tasas diarias de síntesis de proteína muscular. Los propios investigadores señalaron, sin embargo, que todavía se necesitan estudios para conocer las consecuencias de periodos más prolongados.

El sistema hormonal también responde al déficit energético. Una revisión reciente sobre adaptaciones endocrinas al ayuno prolongado encontró cambios en distintas señales hormonales, incluidos patrones compatibles con menor actividad anabólica. Los autores señalaron como posibles riesgos el hipogonadismo transitorio, alteraciones de la función tiroidea, aumento del cortisol, pérdida de masa magra, desequilibrios de electrolitos y dificultades durante la realimentación.

Esto adquiere especial importancia en personas con necesidades nutricionales elevadas o con enfermedades determinadas. No es razonable extrapolar los resultados obtenidos en adultos sanos a personas con bajo peso, trastornos de la conducta alimentaria, pérdida de masa muscular, embarazo, determinadas enfermedades crónicas o tratamientos que afectan la glucosa y la presión arterial.

Además, existe una diferencia fundamental entre «ayuno intermitente» y «ayuno prolongado». No son sinónimos. Los estudios sobre ventanas alimentarias relativamente cortas no permiten asumir que pasar varios días sin comer producirá los mismos efectos, pero más intensos. El metabolismo no funciona como un interruptor en el que aumentar progresivamente el tiempo sin alimentos produzca automáticamente una progresión equivalente de beneficios.

La verdad es que la biología rara vez ofrece beneficios gratuitos. El organismo puede adaptarse al déficit energético mediante cambios en el uso de grasas, producción de cuerpos cetónicos y regulación de determinadas vías celulares. Pero también necesita energía, aminoácidos, vitaminas y minerales para conservar músculos, órganos y funciones hormonales.

Por eso la pregunta científica más interesante no es cuánto tiempo puede aguantar una persona sin comer, sino qué patrón de alimentación consigue beneficios metabólicos sin pagar un precio innecesario en masa muscular, función hormonal y estado nutricional.

La autofagia seguirá siendo un campo fascinante de investigación. Puede enseñarnos mucho sobre cómo las células responden a la escasez y cómo se mantienen sus componentes internos. Pero convertir ese mecanismo en una promesa automática de longevidad sería adelantarse a la evidencia.

El ayuno puede ser una herramienta nutricional para determinadas personas y bajo determinados esquemas. El ayuno prolongado, en cambio, pertenece a otra categoría y puede requerir supervisión médica. Envejecer saludablemente no consiste en llevar al organismo hasta su límite, sino en encontrar condiciones que permitan conservar su capacidad de adaptarse sin obligarlo a pagar la factura con músculo, hormonas o nutrientes esenciales.