El envejecimiento no depende únicamente del paso de los años. La inflamación crónica de bajo grado, el deterioro de las mitocondrias, la pérdida progresiva de músculo y determinados hábitos cotidianos pueden contribuir a acelerar el desgaste del organismo, aunque la ciencia todavía no permite atribuir ese proceso a una sola causa.

El cuerpo humano envejece incluso cuando aparentemente todo funciona con normalidad. No siempre hay dolor, fiebre o una señal evidente que anuncie el deterioro. Existe, sin embargo, un fenómeno que ha despertado un creciente interés científico: la inflamación crónica de bajo grado asociada al envejecimiento, conocida como inflammaging. No es una enfermedad en sí misma, sino un estado biológico complejo en el que distintas señales inflamatorias pueden permanecer elevadas durante largos periodos.

La revista Nature Reviews Drug Discovery explicó en 2025 que la inflamación crónica de bajo grado y la senescencia celular pueden reforzarse mutuamente durante el envejecimiento. Las células senescentes dejan de dividirse normalmente y pueden liberar moléculas que modifican el entorno de los tejidos. Con el tiempo, ese ambiente puede favorecer una pérdida de función que afecta a distintos sistemas del organismo.

La imagen resulta inquietante porque el proceso puede ser silencioso. No ocurre como una herida que duele y obliga a detenerse. Es más parecido al desgaste de una máquina que trabaja durante años bajo una presión constante: pequeños daños que, acumulados, terminan comprometiendo su funcionamiento.

El músculo es uno de los tejidos donde esa historia adquiere especial importancia. Con la edad disminuyen progresivamente la masa y la función muscular, y la inflamación persistente puede contribuir a ese deterioro. Una revisión disponible en PubMed señala que las concentraciones elevadas de determinadas moléculas inflamatorias se han relacionado con mayor pérdida de músculo y fuerza, mientras que los procesos inflamatorios pueden favorecer la degradación de proteínas musculares y dificultar su síntesis.

También intervienen las mitocondrias, estructuras celulares fundamentales para producir energía. Una revisión publicada en PubMed sobre envejecimiento, inflamación y sarcopenia describe cómo la disfunción mitocondrial puede alterar el equilibrio energético de las células musculares, aumentar el daño oxidativo y dificultar los mecanismos encargados de mantener y reparar el tejido. Es un círculo poco favorable: el músculo pierde eficiencia, las células soportan mayor estrés y la capacidad de recuperación disminuye.

Pero sería incorrecto convertir al estrés oxidativo en un villano absoluto. Las especies reactivas de oxígeno cumplen funciones normales en el organismo y participan incluso en procesos de señalización celular. El problema aparece cuando existe un desequilibrio persistente entre su producción y los sistemas antioxidantes capaces de controlarlas. Por eso, hablar simplemente de «radicales libres que destruyen el cuerpo» resulta demasiado simplista para describir lo que realmente ocurre.

La alimentación también forma parte de esta conversación. Una revisión de gran escala publicada en The BMJ en 2024 analizó 45 asociaciones procedentes de metanálisis que reunían datos de casi 9,9 millones de personas. Encontró que una mayor exposición a alimentos ultraprocesados estaba asociada con diversos resultados adversos, especialmente relacionados con salud cardiometabólica, mortalidad y diabetes tipo 2. Los propios investigadores advirtieron, sin embargo, que la calidad de la evidencia variaba y que todavía hacen falta estudios para comprender mejor los mecanismos biológicos implicados.

Eso es importante porque no todos los alimentos procesados son equivalentes y una asociación estadística no demuestra por sí sola que un alimento concreto provoque inflamación o envejecimiento celular. La dieta completa, el peso corporal, el sueño, el consumo de tabaco y alcohol, la actividad física y otros factores se entrelazan. La biología rara vez obedece a una sola causa.

Lo mismo ocurre con el sedentarismo. Una revisión sobre inflamación y músculo esquelético publicada en PubMed destaca el papel del ejercicio como herramienta preventiva frente a la pérdida de función muscular y al deterioro relacionado con la edad. No se trata de convertir cada día en una prueba deportiva. Caminar, levantarse periódicamente, subir escaleras o realizar ejercicios de fuerza pueden formar parte de una vida físicamente activa y ayudar a conservar la capacidad funcional.

La medicina preventiva, por ello, está desplazando parte de su atención hacia procesos que comienzan mucho antes de que aparezca una enfermedad claramente diagnosticable. La meta no consiste en detener el tiempo, algo biológicamente imposible, sino en preservar durante más años la capacidad de las células y los tejidos para responder, repararse y adaptarse.

La verdad es que envejecer seguirá siendo inevitable. Lo que no está escrito de antemano es cuánto deterioro funcional acompañará ese proceso. La investigación sobre inflamación, senescencia celular, metabolismo y músculo está mostrando que las decisiones cotidianas pueden interactuar con nuestra biología de maneras profundas. Y quizá esa sea la lección más útil: cuidar el organismo no significa perseguir una juventud eterna, sino evitar que el desgaste llegue antes de tiempo y conservar, mientras sea posible, algo mucho más valioso: la capacidad de vivir con autonomía.