México tiene estudiantes curiosos, pero la escuela no logra convertir esa actitud en aprendizaje

Los resultados de PISA 2025 muestran una paradoja educativa en México: los jóvenes reportan altos niveles de curiosidad y perseverancia, pero una mayoría todavía no alcanza las competencias básicas en matemáticas, lectura y ciencias.

Los estudiantes mexicanos no parecen haber perdido las ganas de aprender. El problema, según los resultados de PISA 2025, es que esa disposición todavía no encuentra en las escuelas las condiciones suficientes para transformarse en mejores conocimientos y habilidades.

El contraste es difícil de ignorar. El 80 % de los jóvenes mexicanos de 15 años asegura sentir curiosidad por muchas cosas, frente al 73 % registrado en promedio entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Además, el 76 % afirma que hace un esfuerzo adicional cuando el trabajo se vuelve difícil, muy por encima del 60 % de promedio entre los países de la organización.

La relación con la escuela también resulta llamativa. Solo el 11 % de los estudiantes mexicanos considera que asistir a clases ha sido una pérdida de tiempo, mientras que el promedio de la OCDE alcanza el 24 %. Dicho de otra manera, la mayoría de los jóvenes no parece estar dando la espalda a la escuela.

Sin embargo, cuando llega el momento de demostrar lo aprendido, la historia cambia.

De acuerdo con la OCDE, apenas alrededor de la mitad de los estudiantes mexicanos alcanza el nivel básico de competencia en ciencias. En matemáticas, la proporción se reduce a cerca de tres de cada diez. En lectura, aproximadamente uno de cada dos llega al nivel mínimo considerado necesario para desenvolverse adecuadamente.

Las diferencias frente al promedio de la OCDE son amplias. En matemáticas, el 30 % de los estudiantes mexicanos alcanza al menos el nivel 2, frente al 65 % registrado en la organización. En ciencias, la proporción mexicana ronda el 50 %, mientras que el promedio de la OCDE llega al 74 %. En lectura, México se mantiene alrededor del 50 %, frente al 69 % de la organización.

Los puntajes ayudan a dimensionar todavía mejor el problema. México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias. Los promedios de la OCDE fueron de 472, 461 y 485 puntos, respectivamente.

Además, las tendencias no son iguales en las tres áreas. La OCDE señala que el desempeño mexicano en ciencias se mantuvo relativamente estable entre 2022 y 2025, al igual que el de lectura, mientras que matemáticas registró un descenso. En comparación con 2015, la proporción de alumnos con bajo desempeño aumentó de manera considerable en matemáticas y también en lectura.

La fotografía, entonces, no es simplemente la de una generación que no quiere estudiar. Más bien muestra un sistema que enfrenta dificultades para transformar motivación en aprendizaje medible.

Y aquí aparece uno de los datos más interesantes de PISA. La curiosidad y la perseverancia sí están relacionadas con mejores resultados académicos. La OCDE encontró que, después de considerar las características socioeconómicas de los alumnos y de las escuelas, un incremento de una unidad en el índice de curiosidad se asocia en México con 10 puntos adicionales en ciencias. En el caso de la perseverancia, la diferencia es de ocho puntos.

Eso importa porque desmonta una explicación demasiado sencilla. El problema no parece ser que los estudiantes mexicanos carezcan de interés o que simplemente no quieran esforzarse. La propia evaluación internacional muestra que existe una disposición favorable hacia el aprendizaje y que esa disposición puede tener consecuencias concretas sobre el desempeño.

La dificultad está en conseguir que esa energía encuentre un cauce educativo eficaz. Tener curiosidad es como contar con combustible; hace falta también un vehículo capaz de convertirlo en movimiento. En las aulas, eso implica docentes preparados, tiempo efectivo de aprendizaje, materiales adecuados, acompañamiento académico y condiciones escolares que permitan trabajar de manera constante.

Los datos de la propia OCDE sugieren que existen algunos obstáculos estructurales. México registra una proporción elevada de alumnos por personal docente y una de las menores proporciones de profesores plenamente certificados entre los sistemas participantes en PISA 2025. Estos indicadores no explican por sí solos los resultados, pero sí forman parte del contexto en el que ocurre el aprendizaje.

También hay un dato que merece atención. El 61 % de los estudiantes mexicanos reporta tener una mentalidad de crecimiento, es decir, la creencia de que las capacidades intelectuales pueden desarrollarse mediante trabajo, esfuerzo y retroalimentación. La cifra, sin embargo, está por debajo del promedio de la OCDE, que alcanza el 69 %.

El panorama internacional tampoco permite afirmar que México sea un caso aislado. La edición 2025 de PISA, aplicada a unos 760 mil estudiantes de 15 años en 91 países y economías, mostró un deterioro generalizado en matemáticas y lectura entre los países de la OCDE. La organización informó que ambas áreas alcanzaron sus promedios más bajos registrados en la historia de la evaluación.

Esto no reduce la dimensión del desafío mexicano, pero sí obliga a mirar el problema con mayor perspectiva. Después de los años de interrupciones provocados por la pandemia, numerosos sistemas educativos todavía enfrentan dificultades para recuperar aprendizajes, sostener la atención de los alumnos y responder a un entorno dominado por pantallas, nuevas tecnologías y cambios acelerados en la manera de estudiar.

En México, además, el reto tiene una dimensión de desigualdad. No todos los jóvenes parten del mismo lugar ni tienen acceso a las mismas condiciones para convertir su esfuerzo en resultados. PISA analiza precisamente las diferencias vinculadas con el contexto socioeconómico y muestra que las condiciones de las escuelas y de los propios estudiantes forman parte de la explicación del desempeño.

Por eso sería un error leer los resultados únicamente como una condena a los alumnos o a los profesores. También sería insuficiente utilizarlos solo para defender o atacar un determinado modelo educativo. La información más valiosa está en la contradicción que deja sobre la mesa: muchos jóvenes quieren aprender, pero demasiados terminan la etapa obligatoria sin dominar habilidades básicas.

La pregunta de fondo, entonces, no es solamente cuánto saben los estudiantes mexicanos. Es qué está ocurriendo entre el momento en que un adolescente siente curiosidad por entender algo y el instante en que debe utilizar ese conocimiento para resolver un problema, interpretar información o explicar un fenómeno.

Ahí se encuentra probablemente uno de los mayores desafíos para la educación mexicana. PISA 2025 muestra que existe una materia prima importante: jóvenes que manifiestan curiosidad, perseverancia y una relación relativamente positiva con la escuela. Convertir esas actitudes en competencias sólidas será, sin embargo, una tarea mucho más compleja.

La OCDE deja una señal clara. La motivación importa, pero no trabaja sola. Para que la curiosidad se convierta en conocimiento y el esfuerzo termine en aprendizaje, el sistema educativo necesita ofrecer las herramientas, el acompañamiento y las condiciones necesarias.