El nacimiento de Maria Montessori, ocurrido el 31 de agosto de 1870, marcó el inicio de una trayectoria que terminaría cuestionando una de las ideas más arraigadas de la escuela tradicional: que todos los niños deben aprender lo mismo, al mismo tiempo y de la misma manera.

En una época en la que la educación infantil estaba dominada por la disciplina, la repetición y la autoridad del maestro, Maria Montessori decidió observar a los niños antes que imponerles una teoría. Médica italiana y una de las primeras mujeres de su país en obtener un título en medicina, comenzó trabajando con niños con discapacidad intelectual. Aquella experiencia la llevó a preguntarse algo que parecía sencillo, pero resultaría revolucionario: qué ocurriría si el entorno educativo se diseñara de acuerdo con las necesidades reales del niño.

La respuesta comenzó a tomar forma en 1907, cuando Montessori abrió en Roma la primera Casa dei Bambini. Allí desarrolló materiales manipulables, espacios ordenados y actividades que permitían a los pequeños elegir su trabajo, repetirlo y avanzar progresivamente hacia conceptos más complejos. La Asociación Montessori Internacional confirma que su método nació de años de observación sistemática y de una convicción fundamental: el niño no debía limitarse a recibir conocimientos, sino participar activamente en su propia formación.

Ese planteamiento modificaba por completo la imagen del aula. Mientras el modelo tradicional colocaba al profesor frente a un grupo que debía avanzar siguiendo un programa común, Montessori creó lo que denominó un «ambiente preparado»: un espacio pensado para que los alumnos pudieran desplazarse, escoger actividades y desarrollar su independencia dentro de límites claramente establecidos.

La diferencia parece pequeña, pero no lo es. En una escuela convencional, un niño puede levantar la mano para pedir permiso antes de realizar una actividad. En un ambiente Montessori, la propia organización del espacio busca que pueda tomar determinados materiales, trabajar con ellos y devolverlos a su lugar sin depender continuamente de un adulto. La autonomía deja de ser un discurso y se convierte en una práctica cotidiana.

La investigación contemporánea ha encontrado elementos interesantes en esa propuesta. Una revisión publicada en la revista científica npj Science of Learning señaló que algunos estudios han observado beneficios cognitivos y sociales asociados con una implementación fiel del método, aunque también advirtió que la evidencia disponible presenta limitaciones y que no todas las escuelas que utilizan el nombre Montessori aplican sus principios de la misma manera.

Es aquí donde aparece la relación con la llamada neuroeducación. Montessori nunca pudo conocer los avances actuales de la neurociencia, pero algunas de sus intuiciones sobre desarrollo, movimiento, experiencia sensorial y autonomía han encontrado puntos de diálogo con investigaciones posteriores. Un estudio publicado en 2024 en npj Science of Learning, por ejemplo, comparó mediante técnicas de neuroimagen a estudiantes con experiencias educativas Montessori y tradicional. Los investigadores encontraron diferencias en determinados patrones de dinámica de redes cerebrales, aunque estos resultados no permiten afirmar que el método Montessori, por sí solo, sea la causa de esas diferencias.

La verdadera prueba para una pedagogía nacida hace más de un siglo llegó con la era digital. Tabletas, computadoras y plataformas educativas introdujeron una herramienta que Montessori jamás pudo imaginar. ¿Puede una pantalla formar parte de un ambiente preparado?

La respuesta no parece estar en un simple sí o no. Investigaciones sobre escuelas Montessori muestran que la tecnología puede utilizarse para investigar, ampliar una lección, crear contenidos o desarrollar determinadas habilidades. Un estudio publicado en 2024 sobre ocho escuelas Montessori de Andalucía encontró recursos digitales en seis de ellas, principalmente durante la educación primaria, aunque los docentes no situaban las pantallas en el centro de la práctica educativa.

Y es que la tecnología plantea una paradoja interesante. Puede ofrecer acceso inmediato a información y favorecer determinadas formas de aprendizaje personalizado, pero también puede sustituir experiencias que el método considera esenciales: tocar, construir, moverse, observar y resolver problemas con objetos reales. La Montessori Foundation sostiene precisamente que, especialmente durante los primeros años, las experiencias concretas no deberían ser desplazadas por las pantallas.

La pandemia hizo visible esa dificultad. Estudios publicados en el Journal of Montessori Research documentaron que la enseñanza a distancia obligó a los educadores a improvisar nuevas estrategias, pero también reveló cuánto dependía la pedagogía Montessori de los materiales físicos, la observación directa del maestro y la interacción entre compañeros.

Casi 156 años después de su nacimiento, Montessori conserva una pregunta incómodamente vigente: ¿estamos educando a los niños para que memoricen respuestas o para que aprendan a buscarlas? Quizá su mayor legado no sea un conjunto rígido de materiales ni una fórmula escolar. Es una idea más profunda: que aprender también significa adquirir la confianza necesaria para intentar, equivocarse, repetir y finalmente descubrir que uno puede hacerlo por sí mismo.