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“¡Señor mío y Dios mío!”

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HOMILÍA

II DOMINGO DE PASCUA DE LA DIVINA MISERICORDIA

Ciclo B

Hch 4, 32-35; 1 Jn 5, 1-6; Jn 20, 19-31.

 

“¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28).

 

                In láake’ex ka t’aane’ex ich maaya, kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Bejla’e ku k’ala u waxak p’éel kiinilo’ob ti’ Pascua yéetel u kiinil Yuumtsil ti’ Misericordia. Te’ Ma’alo’ob Péektsilo’ ku ya’alik to’on u ka’a p’éel ku yéesikbá le Ka’a Púut Kuxtalo’, le ti’e’ ka’a úuchi’ te’ tu yáax kiinil ka púut kuxtaló, lelá úuchi u ti’al Tomás.

 

                Muy queridos hermanas y hermanos, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este domingo solemne con el que cerramos la Octava de la Pascua y celebramos a Jesús Misericordioso. Un saludo especial para el párroco y los fieles de la comunidad del Señor de la Divina Misericordia.

                Cuando el Papa san Juan Pablo II canonizó en el año 2000 a santa María Faustina Kowalska, las revelaciones que ella recibió entre 1925 y 1938 del Señor de la Misericordia, mismas que fueron cuestionadas durante años, recibieron el máximo respaldo de la jerarquía de la Iglesia, aunque el apoyo inició desde que en 1993 se estableció el segundo domingo de Pascua para celebrar al Señor de la Misericordia, animando así a practicar el rezo de la Coronilla de la misericordia.

                Al principio, el director espiritual le mandó a sor Faustina someterse a tratamiento psiquiátrico, el cual aceptó y salió declarada completamente sana. Desde ahí sor Faustina tuvo todo el apoyo de su director espiritual. Físicamente tuvo que lidiar con la tuberculosis que la afectó durante años. Tampoco fue fácil la fundación de una nueva congregación contemplativa de la Divina Misericordia.

                La imagen de Jesús Misericordioso representa al Señor, tal como ella lo veía en su contemplación, por lo que algunos buenos pintores tuvieron la tarea de plasmar la santa imagen, que el mismo Jesús le pidió a Faustina dar a venerar.

                En 1935, Faustina escribió que el propósito de las oraciones de la coronilla por la misericordia es triple: Obtener misericordia, confiar en la misericordia de Cristo y mostrar misericordia a los demás. Yo estoy convencido de que el que no muestra misericordia hacia su prójimo, realmente no ha entendido esta devoción, ni la ha seguido puntualmente en su verdadero espíritu. Recordemos que el mismo Jesús dice en el santo evangelio, que quien no muestre misericordia a su prójimo, no alcanzará la misericordia de Dios, por lo que nos manda diciendo: “Sean misericordiosos, así como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6, 36).

                Todos los escritos de santa Faustina están bajo estudio, y sería de esperar que pronto fuera declarada Doctora de la Iglesia. No cabe duda de que Dios nos está bendiciendo con el carisma femenino de nuestras santas, en un tiempo que el Espíritu nos mueve a dar más y más, su lugar a la mujer, en la Iglesia y en la sociedad.

                La primera lectura, tomada del Libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta el ideal de la comunidad cristiana, donde todo lo tenían en común, nadie guardaba con celo sus posesiones, sino que todo se repartía por igual entre todos y nadie pasaba necesidad. Las experiencias de comunismo en el mundo han resultado un verdadero fracaso, porque convertían en pobres a casi todos, frente a un Estado muy fuerte económicamente, y sobre todo una riqueza extrema en la élite política gobernante. Hoy en día hay muchos que tienen miedo de que en México nos estemos encaminando hacia aquellas experiencias fallidas.

                Sin embargo, el Evangelio está mucho más allá de cualquier sistema político, económico o ideológico, porque si todos compartiéramos libremente, movidos por la fe y la caridad, no existiría ningún tipo de injusticia. Aquel ideal vivido en la primitiva comunidad cristiana debiera mover no sólo a la Iglesia sino a toda la humanidad, recordando lo que el Papa Francisco nos ha dicho: que somos “Fratelli Tutti”, “Hermanos Todos”.

                En la segunda lectura tenemos un texto de la Primera Carta del Apóstol san Juan, donde habla del mundo como la categoría teológica que representa el mal, el pecado y todo lo contrario a los mandamientos divinos. Además, nos dice que vivir en el amor significa el cumplimiento de todos los mandamientos, pues el amor no es un sentimiento romántico, sino un compromiso de servir efectivamente a Dios y al prójimo.

                Cuando Juan afirma que Jesús vino “con el agua y la sangre”, está afirmando que su bautismo en agua está respaldado por su sangre derramada en la cruz para nuestra salvación. Por eso, su bautismo nos transmite eficazmente al Espíritu Santo, quien da testimonio de Cristo en el corazón de los creyentes.

                La manifestación de la misericordia de Jesús se expresa de manera maravillosa en el santo evangelio de hoy, cuando el Resucitado aparece en medio de sus discípulos para ofrecerles su paz, no para regañarlos, ni para reprocharles su abandono y las negaciones de Pedro, sino para darles paz en su corazón convirtiéndolos en mensajeros de paz, dándoles autoridad para que ellos perdonen los pecados en su nombre. El perdón de los pecados es la Misericordia de Jesús extendida hasta nosotros hoy en día, ordinariamente a través de la confesión con el sacerdote, y durante esta pandemia, a través de la indulgencia plenaria que cada día podemos alcanzar. 

                Una semana después, el primer día de la semana, Jesús se aparece en medio de sus discípulos y les vuelve a ofrecer misericordiosamente su paz, en especial a Tomás, quien no les había creído a sus hermanos el testimonio de la resurrección de Cristo. Cuando Jesús invita a Tomás a ver sus llagas y a meter su mano en su costado abierto, invitándolo a creer, Tomás expresa su fe aclamando: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28). Sus ojos carnales miraron al Resucitado pero los ojos de la fe le permitieron ver a su Dios. ¡Cuánta misericordia de Jesús con Tomás! ¡Y cuánta misericordia para cada uno de nosotros!

                Desde entonces llamamos domingo al primer día de la semana, porque es el “Día del Señor”. Ahora que he visitado a tantas comunidades de Yucatán donde el sacerdote no puede ir los domingos a celebrarles la Eucaristía, los he exhortado para que no dejen de congregarse en el Día del Señor, a que escuchen su Palabra, oren como Iglesia que son, y que el sacerdote vaya cuando pueda a celebrar la misa.

                Desde la resurrección de Cristo, la Eucaristía es el sacramento por excelencia para el encuentro real con él. En el mundo hay mucha gente sufriendo en esta contingencia, en la que, a causa del contagio, no puede recibir a Jesús en este Sacramento. Muchos otros no tienen esa costumbre porque viven en lugares aislados donde el sacerdote no puede ir con frecuencia. Aquí mismo en Yucatán hay muchas comisarías y pequeñas comunidades a las que el sacerdote sólo puede visitar una vez al mes. Más aún, hay lugares en el mundo donde el sacerdote sólo puede acceder una o dos veces al año. Otros no tienen el hábito de frecuentar el Sacramento porque no han sido suficientemente evangelizados.

                Vuelvo a recordar que ya es tiempo de retornar a los templos para participar presencialmente en la Eucaristía, ya que verla por televisión o por redes sociales no es un medio válido para cumplir con el precepto de participar todos los domingos y fiestas de guardar en la santa misa. Para los ancianos y enfermos, las transmisiones virtuales de la Eucaristía son solamente un consuelo, porque realmente ellos no están obligados a asistir. No se vale faltar a misa con el pretexto de cuidarse, y luego andar paseando por todos lados, incluso hasta en vacaciones. Revaloremos nuestra fe en la participación y recepción devota del Santísimo Sacramento.

                Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo resucitado!

 

 

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán

 

 

 

 

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