La presidenta Claudia Sheinbaum firmó la iniciativa de una nueva Ley General de Protección Ecológica y Justicia Ambiental, con la que el Gobierno de México busca actualizar el marco jurídico ambiental, fortalecer la prevención y restauración de daños y ampliar el acceso de comunidades y ciudadanos a la justicia ambiental.

El Gobierno de México abrió este miércoles una nueva etapa en su política ambiental con el envío a la Cámara de Diputados de la iniciativa de Ley General de Protección Ecológica y Justicia Ambiental, una propuesta que pretende modificar de manera amplia la forma en que el Estado enfrenta la contaminación, el deterioro de los ecosistemas y los nuevos desafíos derivados del cambio climático.

La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo firmó la iniciativa durante la conferencia matutina y explicó que el propósito central es fortalecer las capacidades del Estado para proteger, conservar y restaurar el medio ambiente y los recursos naturales.

“Se va a enviar por parte del Gobierno de México, de Semarnat, para fortalecer las capacidades del Estado mexicano para proteger, cuidar, conservar, restaurar el medio ambiente y los recursos naturales”, señaló la mandataria durante su intervención.

La propuesta fue presentada por la secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Alicia Bárcena Ibarra, quien planteó que el país necesita actualizar su marco ambiental frente a una realidad que ha cambiado profundamente desde la promulgación de la legislación vigente.

De acuerdo con Bárcena, la nueva legislación busca actualizar el marco establecido en 1988 y construir una relación diferente entre desarrollo, bienestar, prosperidad y naturaleza. La intención, explicó, es que la protección ambiental deje de verse como un obstáculo aislado para el crecimiento económico y pase a formar parte de las decisiones sobre territorio, inversión y desarrollo.

La iniciativa llega, además, en un momento en el que México enfrenta problemas ambientales que ya tienen consecuencias directas para las comunidades: contaminación, pérdida de biodiversidad, degradación de ecosistemas, presión sobre los recursos hídricos y efectos asociados al cambio climático.

El Programa Sectorial de Medio Ambiente y Recursos Naturales 2025-2030 ya establece como objetivos conservar y proteger los ecosistemas, restaurar zonas prioritarias, garantizar el derecho humano al agua, fortalecer la acción climática e impulsar una política ambiental con participación ciudadana y acceso a la justicia. La nueva iniciativa busca trasladar buena parte de esa visión al marco legal.

Uno de los cambios de enfoque más importantes es la prioridad otorgada a la prevención. En lugar de esperar a que un ecosistema resulte gravemente deteriorado para intervenir, la propuesta plantea reforzar las herramientas que permitan anticipar los daños y actuar antes de que sean mucho más difíciles y costosos de reparar.

La lógica tiene una razón evidente. Recuperar un río contaminado, restaurar un bosque degradado o recuperar una población de especies amenazadas puede requerir años de trabajo y grandes cantidades de recursos. En algunos casos, sencillamente no existe una reparación completa posible.

Por eso, la iniciativa plantea fortalecer tanto la prevención como la restauración ambiental. La Secretaría de Medio Ambiente ha señalado que el objetivo es contar con mecanismos capaces de reconocer el valor social, ambiental y cultural de los ecosistemas afectados y promover su recuperación.

La justicia ambiental ocupa otro lugar central.

La propuesta busca garantizar el acceso a la información y a los mecanismos de justicia ambiental, así como una mayor participación de las comunidades en las decisiones que puedan afectar su territorio. Esta orientación coincide con el Programa Sectorial de Medio Ambiente, que plantea fortalecer un sistema de justicia ambiental restaurativa y participativa y ampliar la intervención ciudadana en la política ambiental.

Esto puede resultar especialmente relevante para comunidades indígenas y afromexicanas, cuyos territorios concentran una parte importante de la riqueza biológica y cultural del país. La política ambiental federal ya contempla mecanismos de participación y reconoce la necesidad de incorporar enfoques de igualdad, interculturalidad y derechos humanos.

La iniciativa también plantea combinar conocimiento científico, innovación y tecnología con los saberes tradicionales de las comunidades. No se trata solamente de introducir nuevas herramientas técnicas, sino de reconocer que el conocimiento acumulado durante generaciones sobre bosques, agua, suelo y biodiversidad también puede formar parte de las decisiones ambientales.

Otro de los objetivos anunciados es brindar mayor certeza jurídica tanto a comunidades como a proyectos de inversión. El planteamiento resulta relevante porque la regulación ambiental suele encontrarse en el centro de conflictos entre protección de los ecosistemas, actividades productivas y desarrollo de infraestructura.

Una legislación más clara puede ayudar a reducir esos conflictos si establece desde el principio cuáles son las condiciones, responsabilidades y límites aplicables. La certeza jurídica, sin embargo, dependerá de cómo quede redactado el proyecto y de las modificaciones que realice el Congreso durante el proceso legislativo.

La iniciativa también incorpora una visión relacionada con la economía circular. Entre sus objetivos se encuentra reducir la generación de basura e incrementar el reciclaje, con la idea de avanzar desde un modelo basado en desechar hacia otro que aproveche materiales y recursos durante más tiempo.

El planteamiento forma parte de una discusión ambiental cada vez más amplia. La contaminación y los residuos no solamente representan un problema para los ecosistemas; también implican costos económicos, riesgos sanitarios y presión sobre los municipios encargados de gestionar la basura.

La protección del agua ocupa igualmente un espacio relevante. El Gobierno federal ha colocado el saneamiento y restauración de ríos, cuencas y bosques entre sus prioridades ambientales. El Programa Sectorial señala que garantizar el derecho humano al agua requiere proteger la integridad de las cuencas y los acuíferos junto con sus ecosistemas.

La nueva iniciativa plantea además proteger especies emblemáticas y recuperar ecosistemas deteriorados. En términos prácticos, esto supone pasar de una política concentrada únicamente en conservar determinadas áreas a una estrategia que también dé mayor peso a la restauración de espacios que ya han sufrido daños.

Hay un componente social que tampoco pasa inadvertido: la protección de quienes defienden la naturaleza y los bienes públicos.

El Gobierno mexicano incluyó este objetivo entre los diez principios que sustentan la iniciativa. La medida se relaciona con una realidad particularmente delicada en el país, donde defensores ambientales y comunitarios han enfrentado amenazas y agresiones en conflictos relacionados con territorio, recursos naturales y proyectos productivos.

El Programa Sectorial de Medio Ambiente establece precisamente la necesidad de procurar el acceso a la justicia de las personas defensoras de derechos humanos en asuntos ambientales y de generar condiciones seguras para el ejercicio de la defensa del ambiente y el territorio.

La iniciativa presentada por Bárcena se articula alrededor de diez principios. El primero considera al patrimonio natural como fundamento de la vida, la prosperidad y el bienestar. El segundo establece que no puede existir justicia social sin justicia ambiental.

Los siguientes principios colocan la prevención por encima de la reparación, llaman a conservar y restaurar para construir futuro, plantean sustentar las decisiones ambientales en conocimiento y proponen gestionar el territorio con las comunidades y una visión de largo plazo.

Los últimos principios promueven una cultura ambiental, el tránsito hacia una economía que aproveche los recursos en lugar de desecharlos, la protección de quienes defienden la naturaleza y la conservación del patrimonio biocultural como una responsabilidad compartida de toda la nación.

El planteamiento no parte de un terreno completamente vacío. México ya cuenta con instrumentos jurídicos relacionados con responsabilidad ambiental, protección de los ecosistemas, acceso a la información, participación ciudadana y reparación de daños. La Ley Federal de Responsabilidad Ambiental, por ejemplo, establece mecanismos para exigir la reparación y compensación de daños ocasionados al ambiente.

Lo que el Gobierno busca ahora es dar una mayor coherencia a ese conjunto de herramientas y fortalecer las capacidades institucionales para prevenir, vigilar, sancionar y restaurar.

La iniciativa, sin embargo, apenas inicia su recorrido legislativo. Su firma por parte de la presidenta no significa que las nuevas reglas hayan entrado en vigor. El proyecto deberá ser recibido, analizado y discutido por la Cámara de Diputados, donde los legisladores podrán modificar su contenido antes de una eventual aprobación.

Ese proceso será determinante. El verdadero alcance de la reforma dependerá de la redacción final, de las facultades que se otorguen a las autoridades, de los mecanismos de participación ciudadana y de los recursos disponibles para hacer cumplir las nuevas obligaciones.

También será importante observar cómo se armoniza la nueva legislación con las normas ambientales que ya existen y con las competencias de estados y municipios. En México, una parte de los problemas ambientales requiere coordinación entre distintos órdenes de gobierno, desde la vigilancia y el manejo de residuos hasta el ordenamiento territorial y la protección de los recursos hídricos.

El desafío, en ese sentido, no es menor. Una ley puede establecer principios ambiciosos, pero su eficacia dependerá de que existan instituciones capaces de aplicarlos, sistemas de inspección que funcionen, información pública suficiente y mecanismos judiciales y administrativos que permitan reparar los daños cuando la prevención haya fallado.

La propuesta del Gobierno de Sheinbaum intenta colocar precisamente esa idea en el centro: proteger el medio ambiente no solamente como una política de conservación, sino como una cuestión vinculada con la salud, el bienestar, la economía y los derechos de las personas.

La frase “no puede haber justicia social sin justicia ambiental”, uno de los diez principios presentados por Bárcena, resume buena parte de esa visión. La degradación de un río, la pérdida de un bosque o la contaminación del aire no afectan a todos por igual. Con frecuencia, las comunidades con menos recursos son las que enfrentan las consecuencias más graves y cuentan con menos herramientas para defenderse.

Por eso, el debate que ahora llegará al Congreso no será solamente sobre una nueva legislación ambiental. Será también sobre cuánto está dispuesto el Estado mexicano a prevenir los daños, quién debe responder cuando ocurren y qué herramientas tendrán los ciudadanos para exigir que un ecosistema sea protegido o restaurado.

La iniciativa plantea una meta ambiciosa: cambiar la relación entre desarrollo y naturaleza. Ahora corresponderá a la Cámara de Diputados determinar hasta dónde llegará ese cambio en la ley y, sobre todo, qué tan efectiva será la nueva arquitectura de justicia ambiental que pretende construir el Gobierno.