Hace 133 años nació Albert Szent-Györgyi, el científico húngaro cuya investigación sobre la respiración celular y el ácido ascórbico ayudó a transformar la comprensión de la vitamina C y abrió nuevas preguntas sobre la relación entre nutrición, oxidación y salud cardiovascular.
El 16 de septiembre de 1893 nació en Budapest Albert Imre Szent-Györgyi, quien décadas después recibiría el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1937. La fecha merece una precisión porque suele aparecer desplazada al 15 de septiembre. El propio archivo biográfico de la Fundación Nobel sitúa su nacimiento el 16 de septiembre de 1893.
Su historia científica comenzó mucho antes de que la vitamina C se convirtiera en una presencia cotidiana en frutas, verduras y suplementos. Szent-Györgyi estaba interesado en una pregunta esencial para la vida: cómo obtienen y utilizan energía las células. Sus primeras investigaciones se concentraron en los procesos de oxidación y respiración celular, un campo que terminaría relacionándose estrechamente con el metabolismo.
En la década de 1920 aisló una sustancia reductora presente en tejidos vegetales y animales. En Cambridge consiguió obtenerla a partir de glándulas suprarrenales y, posteriormente, descubrió que el pimiento morrón, particularmente abundante en Hungría, era una fuente extraordinariamente rica. Aquella sustancia recibió primero el nombre de ácido hexurónico y posteriormente fue identificada como ácido ascórbico, la vitamina C.
La relevancia del hallazgo era enorme. La sustancia estaba relacionada con el factor que prevenía el escorbuto, una enfermedad conocida desde hacía siglos y especialmente devastadora entre marineros y poblaciones con dietas deficientes en frutas y verduras. Según la Fundación Nobel, Szent-Györgyi recibió el galardón de 1937 por sus descubrimientos relacionados con los procesos de combustión biológica, con especial referencia a la vitamina C y la catálisis del ácido fumárico.
Pero existe una diferencia importante entre descubrir una sustancia y conseguir producirla de manera práctica. La síntesis química de la vitamina C no fue obra exclusiva de Szent-Györgyi. Walter Norman Haworth determinó su estructura y logró sintetizarla en 1933. La Fundación Nobel destaca que este avance permitió que la vitamina pudiera producirse a bajo costo y en cantidades suficientes para ampliar enormemente su disponibilidad.
La investigación de Szent-Györgyi tampoco terminó con la vitamina C. Su trabajo sobre oxidación biológica ayudó a profundizar en la manera en que las células manejan electrones y oxígeno. Más adelante investigó el músculo y participó en descubrimientos fundamentales relacionados con las proteínas actina y miosina, que serían esenciales para comprender la contracción muscular.
También mostró interés por los flavonoides. En 1936, junto con István Rusznyák, estudió sustancias vegetales que posteriormente serían reconocidas como parte de esta amplia familia de compuestos. Algunas, como la quercetina, se encuentran naturalmente en frutas, verduras, té y otros alimentos. La investigación contemporánea ha encontrado mecanismos antioxidantes, antiinflamatorios y vasculares potencialmente relevantes, aunque la evidencia clínica todavía no permite convertir a los flavonoides en una terapia cardiovascular por sí mismos.
Y ahí aparece una lección que conserva plena vigencia. La ciencia puede encontrar mecanismos prometedores sin que estos se traduzcan automáticamente en tratamientos. Una cosa es observar un efecto en células o modelos experimentales y otra demostrar, mediante ensayos clínicos rigurosos, que una sustancia mejora de manera segura la salud de los pacientes.
Las investigaciones actuales sobre vitamina C mantienen precisamente esa cautela. Revisiones recientes señalan posibles efectos sobre el estrés oxidativo, la función vascular y otros procesos relacionados con las enfermedades cardiovasculares, pero también advierten que los resultados clínicos son inconsistentes y que todavía existen importantes preguntas por resolver.
La trayectoria de Szent-Györgyi recuerda, en definitiva, que algunos de los grandes avances médicos nacen de preguntas aparentemente sencillas. ¿Cómo respira una célula? ¿Qué sustancia evita una enfermedad devastadora? ¿Qué ocurre cuando el oxígeno participa en las reacciones químicas de la vida? A partir de esas preguntas, un investigador húngaro ayudó a revelar una pieza fundamental de la bioquímica moderna. Y, más de un siglo después, aquella pequeña molécula que conocemos como vitamina C continúa obligando a la ciencia a mirar más allá de lo evidente.


