La modernización de los sistemas de riego representa una de las principales oportunidades para reducir el consumo de agua en el campo mexicano, aunque el alcance del ahorro depende de la tecnología, el cultivo y las condiciones de cada parcela.
El campo mexicano enfrenta una paradoja cada vez más evidente: necesita producir más alimentos mientras dispone de un recurso hídrico sometido a una presión creciente. En ese escenario, la tecnificación del riego se perfila como una de las herramientas con mayor potencial para mejorar la productividad y reducir las pérdidas de agua.
Durante el foro “Pulso agroalimentario, los retos que definirán al sector”, organizado por El Economista en colaboración con el Consejo Nacional Agropecuario, Jorge Esteve, presidente del CNA, señaló que la automatización del riego puede generar ahorros de agua de hasta 80% en determinados casos. La cifra debe entenderse como una estimación asociada a procesos de modernización específicos y no como un resultado uniforme para todas las explotaciones agrícolas.
La propia Comisión Nacional del Agua señala que la tecnificación puede generar ahorros de entre 30% y 70% frente a métodos tradicionales. La Secretaría de Agricultura también ha documentado reducciones de hasta 70% en determinadas experiencias, mientras que especialistas del INIFAP han señalado que algunos sistemas localizados pueden alcanzar eficiencias de aplicación superiores a 90%.
La diferencia entre estas cifras no necesariamente implica una contradicción. El ahorro depende de las condiciones iniciales del terreno, el estado de los canales, el método de riego sustituido, el cultivo, el clima, la infraestructura disponible y la manera en que se administra el agua.
El desafío está en el riego por gravedad
Uno de los principales problemas se encuentra en el uso extendido de sistemas de riego por gravedad o rodado. En este método, el agua se desplaza sobre el terreno aprovechando la pendiente y la gravedad, pero una parte importante puede perderse por infiltración, evaporación o una distribución poco uniforme.
El INIFAP ha señalado que el riego rodado puede presentar una eficiencia de aplicación cercana a 50% en determinadas condiciones. En contraste, los sistemas que llevan el agua de manera más precisa hacia la zona radicular pueden alcanzar niveles de eficiencia superiores.
El goteo, la microaspersión y determinados sistemas de aspersión permiten controlar con mayor precisión la cantidad y el momento en que se aplica el agua. Esto no significa que una tecnología sea automáticamente eficiente en cualquier circunstancia: su funcionamiento depende también del diseño, mantenimiento, presión, programación y características del cultivo.
La Conagua ha estimado que la tecnificación puede reducir entre 30% y 70% el consumo de agua respecto de sistemas tradicionales. La diferencia puede representar un volumen considerable en regiones agrícolas donde el agua disponible es cada vez más limitada.
El agua también determina la productividad
La discusión no se limita al ahorro. Una aplicación más precisa del agua puede ayudar a estabilizar los rendimientos y, en determinados cultivos y regiones, incrementar la productividad.
Esteve puso como ejemplo durante el foro el caso de una empresa productora de aceite de palma. De acuerdo con su exposición, la producción puede ubicarse entre 10 y 20 toneladas dependiendo de las condiciones climáticas cuando no existe riego, mientras que con una disponibilidad adecuada de agua puede alcanzar alrededor de 30 toneladas.
El planteamiento revela una cuestión fundamental para el campo mexicano: el agua no debe analizarse únicamente como un costo, sino también como un factor de productividad. Si una inversión permite producir más utilizando menos agua por unidad de alimento, el beneficio puede ser simultáneamente económico y ambiental.
Por ello, Alan Elizondo, director general de FIRA, planteó durante el mismo encuentro la conveniencia de desarrollar una política pública que mida cuánta agua se utiliza para producir una tonelada de alimento. La propuesta permitiría comparar cultivos y sistemas productivos a partir de su eficiencia hídrica y establecer incentivos para quienes logren producir más con menos agua.
Las herramientas tecnológicas para hacerlo ya existen. Elizondo señaló que el monitoreo mediante satélites puede utilizarse para conocer el comportamiento del agua en determinadas zonas agrícolas, una práctica que ya se emplea en algunas regiones de Estados Unidos.
Financiamiento, el otro gran obstáculo
La modernización, sin embargo, tiene un precio. De acuerdo con Jorge Esteve, la inversión puede ubicarse entre 2,000 y 3,000 dólares por hectárea y requerir entre cinco y seis años para recuperarse, dependiendo del proyecto y de los resultados productivos.
Para muchos productores, especialmente aquellos con menor capacidad financiera, el problema no es solamente saber qué tecnología utilizar, sino conseguir recursos suficientes para instalarla y esperar el tiempo necesario para recuperar la inversión.
Por ello, los participantes del foro coincidieron en la necesidad de fortalecer los esquemas de crédito y acompañarlos con recursos públicos. La lógica sería pasar de una política basada exclusivamente en subsidios a mecanismos que permitan financiar inversiones productivas capaces de generar ahorros permanentes.
Juan Carlos Anaya, director del Grupo Consultor de Mercados Agrícolas, recordó que anteriormente existieron programas destinados a apoyar la modernización de los productores y consideró necesario recuperar mecanismos de este tipo.
El reto también alcanza a la infraestructura hidráulica. Una parcela puede contar con un sistema moderno y, sin embargo, recibir agua a través de canales deteriorados que generan pérdidas antes de que el recurso llegue al cultivo. Por eso, la tecnificación parcelaria debe acompañarse de la rehabilitación de redes, canales y sistemas de distribución.
Más producción con menos agua
La dimensión del problema se entiende mejor al considerar el peso de la agricultura en la demanda hídrica nacional. La Secretaría de Agricultura señala, con base en información de la Conagua, que aproximadamente 76 de cada 100 litros utilizados en México se destinan al sector agrícola. Otras publicaciones oficiales han utilizado una referencia cercana a 70%, dependiendo del concepto y la metodología empleados.
En cualquier caso, el dato apunta en la misma dirección: cualquier estrategia nacional de conservación del agua tendrá que considerar necesariamente al campo.
La modernización del riego tampoco puede aplicarse de manera idéntica en todo el territorio. México presenta enormes diferencias climáticas y productivas. Mientras algunas regiones enfrentan sequías y una fuerte presión sobre los acuíferos, otras disponen de una mayor cantidad de precipitaciones, aunque eso no significa que estén libres de problemas de infraestructura o de distribución.
Durante el foro también se señaló la desigual distribución territorial del agua. La disponibilidad es mayor en el sur y sureste, mientras que buena parte de las zonas agrícolas de mayor demanda se encuentra en regiones áridas y semiáridas del norte.
Esto explica por qué la tecnificación debe acompañarse de una política hídrica integral. No basta con instalar tuberías, aspersores o sistemas de goteo: también es necesario medir el agua disponible, conocer cuánto consume cada cultivo, reparar las redes de distribución, mejorar la gestión de los acuíferos y proporcionar financiamiento adecuado a los productores.
El objetivo final no debería ser simplemente ahorrar agua, sino producir más alimentos utilizando una menor cantidad del recurso. En un país donde la agricultura concentra una parte sustancial de la demanda hídrica, conseguir que cada metro cúbico produzca más alimentos puede convertirse en una de las decisiones económicas y ambientales más importantes para el futuro del campo mexicano.

