Los resultados de PISA 2025 muestran una paradoja que merece mayor atención: los estudiantes mexicanos reportan altos niveles de curiosidad, perseverancia y valoración de la escuela, pero esas actitudes conviven con un desempeño académico muy por debajo del promedio de la OCDE.

Cada vez que se publican los resultados de PISA, la conversación suele concentrarse en los lugares que ocupa México y en la distancia que lo separa de los sistemas educativos con mejores resultados. Es comprensible. Las cifras sobre matemáticas, lectura y ciencias muestran un rezago importante. Sin embargo, el informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos ofrece otra fotografía que merece ser observada con la misma atención: la disposición de los propios estudiantes hacia el aprendizaje.

Y es que el panorama resulta menos sencillo de lo que sugieren las cifras de rendimiento. PISA 2025 muestra que los adolescentes mexicanos expresan niveles relativamente altos de curiosidad, perseverancia y valoración de la escuela. El 81.2 % afirma que le gusta aprender cosas nuevas y el 75.9 % señala que realiza un esfuerzo adicional cuando el trabajo se vuelve difícil. Ambos indicadores se encuentran entre los más elevados de los países y economías participantes.

La relación con la escuela también ofrece señales interesantes. El 88.8 % de los estudiantes mexicanos no considera que la escuela haya sido una pérdida de tiempo, frente al 76 % registrado en promedio entre los países de la OCDE. Además, el índice de satisfacción con la vida de los estudiantes mexicanos se situó en 7.99, uno de los niveles más altos entre los participantes.

Estos datos no significan que los jóvenes estén satisfechos con todos los aspectos de su experiencia escolar ni que la motivación sea suficiente para garantizar buenos resultados. De hecho, el propio informe de la OCDE muestra que entre 2022 y 2025 disminuyeron en México algunos indicadores de curiosidad y perseverancia. La lectura correcta, por tanto, es más matizada: existe una base de disposición positiva hacia el aprendizaje, pero esa disposición no se está convirtiendo de manera suficiente en competencias académicas.

Ahí aparece la otra cara de PISA. En matemáticas, México obtuvo 388 puntos y apenas el 30 % de los estudiantes alcanzó el nivel 2 o superior, considerado el umbral mínimo de competencia. En lectura, el promedio fue de 414 puntos y alrededor de la mitad alcanzó ese nivel. En ciencias, la puntuación fue de 414 puntos y el 50 % logró al menos el nivel 2. En los tres campos, México se ubicó por debajo de los promedios de la OCDE.

La diferencia resulta especialmente evidente en matemáticas. Mientras el promedio de la OCDE fue de 463 puntos, México registró 388. En lectura, la media de la organización alcanzó 472 puntos y en ciencias llegó a 485, frente a los 414 obtenidos por los estudiantes mexicanos en esta última área.

La brecha tampoco puede explicarse únicamente por una supuesta falta de esfuerzo de los alumnos. El contexto escolar importa. La OCDE encontró que el 50 % de los estudiantes mexicanos asistía a planteles cuyos directores consideraban que las carencias de infraestructura física obstaculizaban la enseñanza. En 2022 ese porcentaje era de 37 %. También el 48 % estaba en escuelas donde la falta de materiales educativos, como libros, equipos tecnológicos o recursos de laboratorio, constituía un obstáculo para la instrucción.

A ello se suma la falta de personal de apoyo. El 41 % de los estudiantes estaba en escuelas cuyos directores reportaron que la escasez de personal de asistencia dificultaba, al menos en cierta medida, la enseñanza. No se trata solamente de una cuestión de edificios o computadoras: el entorno cotidiano en el que se produce el aprendizaje también forma parte de la ecuación.

Hay otro dato que conviene mirar con cuidado. La OCDE señala que el 81 % de los estudiantes mexicanos afirma que, en la mayoría de las clases de ciencias, el profesor muestra interés por el aprendizaje de cada alumno; el 77 % dice que el docente continúa enseñando hasta que los estudiantes comprenden el material y el 83 % reporta que recibe ayuda adicional cuando la necesita. Son señales que muestran que dentro de las aulas también existen fortalezas que no aparecen reflejadas en una tabla de puntuaciones.

Sin embargo, México todavía enfrenta dificultades importantes para transformar esas condiciones favorables en resultados. El propio informe señala que solo alrededor del 37 % de los estudiantes dice planificar con frecuencia o mucha frecuencia su estrategia de estudio. Además, el desempeño está condicionado por factores socioeconómicos y por las diferencias entre escuelas.

Por eso, reducir el debate sobre PISA a una discusión de culpables puede resultar poco útil. Los resultados sí muestran problemas serios de aprendizaje, particularmente en matemáticas, y evidencian una distancia considerable frente al promedio de la OCDE. Pero también muestran que una parte importante de los estudiantes conserva curiosidad, perseverancia, sentido de pertenencia y confianza en el valor de la escuela.

La oportunidad está precisamente en esa contradicción. Si un estudiante quiere aprender, pregunta, insiste cuando una tarea se complica y considera que la escuela tiene valor, el sistema educativo tiene una responsabilidad adicional: ofrecerle las condiciones para que esa disposición se traduzca en conocimientos y habilidades concretas.

La pregunta que dejan los resultados de PISA 2025 no es únicamente por qué México obtiene bajas puntuaciones. También es qué está impidiendo que la motivación que ya existe dentro de muchas aulas se convierta en mejores aprendizajes.

La respuesta, como suele ocurrir en educación, no parece encontrarse en una sola causa. Infraestructura, materiales, formación y disponibilidad de docentes, condiciones socioeconómicas, prácticas pedagógicas, clima escolar y capacidad de los alumnos para autorregular su aprendizaje forman parte de un problema mucho más amplio.

Mirar esa otra cara de PISA no significa minimizar el rezago. Al contrario. Significa reconocer que detrás de cada porcentaje hay adolescentes que llegan a las aulas con curiosidad y expectativas. El desafío consiste en que el sistema esté a la altura de ellas. Porque una escuela que consigue despertar el interés, pero no logra convertirlo en competencias sólidas, todavía tiene una tarea pendiente.