Las historias sobre aluxes y seres que habitan cuevas y cenotes no surgieron únicamente del miedo a la oscuridad: forman parte de una tradición maya en la que estos espacios han tenido durante siglos una profunda dimensión simbólica y ritual.

Hay lugares donde la imaginación parece caminar unos pasos por delante de quien los visita. Una cueva yucateca puede comenzar como una simple abertura entre la vegetación y terminar convertida, después de unos metros, en un territorio donde cada sonido adquiere otro significado. Una gota que cae, el roce de un animal o el eco de una voz pueden sentirse distintos cuando desaparecen la luz y las referencias habituales. En ese ambiente, las historias sobre aluxes encuentran un terreno especialmente fértil.

Pero reducir estas narraciones a simples cuentos de miedo sería perder una parte importante de su significado. El Laboratorio Nacional de Materiales Orales de la UNAM explica que el alux forma parte de la cosmovisión de los pueblos mayas y aparece en numerosos relatos de tradición oral. Se le vincula con la milpa, la selva, los cenotes y determinados rituales, además de relacionarse con figurillas de origen prehispánico encontradas en terrenos de cultivo.

La figura tampoco es idéntica en todos los relatos. Una investigación divulgada por la UNAM a partir del trabajo de la especialista Francisca Amelia Zalaquett Rock señala que en comunidades mayas de Yucatán y Guatemala los aluxes son considerados seres sagrados. Su descripción, funciones y formas de interacción con las personas pueden variar de una comunidad a otra, precisamente porque hablamos de una tradición viva y transmitida oralmente.

Las cuevas ocupan un lugar todavía más profundo dentro de este universo simbólico. Una investigación publicada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia explica que las cavernas han tenido un papel relevante en la cosmovisión maya desde tiempos antiguos y que podían representar dimensiones opuestas: espacios relacionados con la vida y la muerte, con el contacto con entidades sagradas, pero también con fuerzas consideradas peligrosas.

La arqueología ofrece elementos concretos para entender por qué estos sitios adquirieron semejante importancia. El INAH ha documentado restos humanos y evidencias de prácticas ceremoniales en cuevas y cenotes de la península. No se trata, por tanto, de una asociación inventada recientemente para alimentar el turismo o las historias populares: existe evidencia arqueológica de que estos espacios fueron utilizados con propósitos rituales y funerarios.

Después aparece otra pregunta, esta vez desde la psicología: ¿qué sucede con nuestra percepción cuando entramos en un ambiente donde desaparecen buena parte de los estímulos cotidianos?

La investigación científica sobre privación sensorial ofrece una pista, aunque no una explicación total de las leyendas. Estudios publicados en revistas especializadas y registrados en PubMed han encontrado que periodos breves de reducción intensa de estímulos visuales y auditivos pueden incrementar las distorsiones perceptivas y determinadas experiencias de tipo alucinatorio. Un estudio de la University College London encontró estos efectos tanto en personas con alta predisposición a experimentar alteraciones perceptivas como en participantes con menor predisposición, aunque el incremento fue mayor en el primer grupo.

Eso no significa que una persona que escuche un silbido dentro de una cueva esté viendo un alux ni que las leyendas sean producto de alucinaciones. La ciencia no permite establecer semejante relación. Lo que sí ayuda a comprender es que el cerebro necesita interpretar constantemente la información que recibe y que, cuando disminuyen los estímulos disponibles, pueden aparecer percepciones ambiguas o difíciles de identificar.

En una caverna, además, el sonido adquiere una particularidad física: el eco modifica la percepción de la distancia y del origen de los ruidos. La oscuridad elimina referencias visuales. La humedad cambia los olores. El movimiento del agua produce sonidos irregulares. Para alguien que ya conoce una historia sobre seres que habitan esos lugares, una experiencia ambigua puede recibir inmediatamente una interpretación cultural.

Ahí es donde folklore y psicología pueden encontrarse sin que uno tenga que invalidar al otro. La sugestión puede influir en la manera en que interpretamos una experiencia, pero la tradición oral proporciona el marco desde el cual esa experiencia adquiere significado. El mismo ruido puede ser simplemente una filtración para un visitante y una señal del alux para alguien que creció escuchando determinados relatos.

En Yucatán, las cuevas y los cenotes recuerdan que el paisaje no está compuesto únicamente por lo que puede observarse a plena luz. Debajo de la selva y de los pueblos existe también una geografía de memoria, ceremonias y relatos. Los aluxes sobreviven allí no necesariamente porque alguien tenga que demostrar su existencia física, sino porque forman parte de una manera de entender el territorio que ha pasado de generación en generación.

Quizá por eso, cuando alguien entra en una cueva y escucha un ruido inesperado, la reacción no depende solamente de sus oídos. También depende de lo que ha aprendido a escuchar. En la península, la oscuridad puede ocultar una explicación sencilla, pero la cultura aporta otra capa: la historia que convierte un sonido en advertencia, un cenote en umbral y una cueva en un lugar donde el mundo visible parece tocar, aunque sea por un instante, el territorio de los relatos.