Los PFAS han sido utilizados por su capacidad para repeler grasa y agua, pero la evidencia científica acumulada ha encendido las alertas sobre sus posibles efectos endocrinos, incluida su relación con la función de la glándula tiroides.

Un envoltorio que impide que la grasa atraviese el papel parece, a primera vista, un detalle práctico. Sin embargo, detrás de esa propiedad puede existir una historia química mucho más compleja. Durante años, determinadas sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas, conocidas como PFAS, fueron utilizadas para fabricar envases resistentes a la grasa y al aceite, precisamente las características que se buscan en numerosos productos de comida para llevar.

La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) reconoce que estos compuestos fueron utilizados como agentes antigrasa en envoltorios de comida rápida, bolsas de palomitas para microondas y recipientes de cartón para alimentos. La agencia señala también que algunos de estos compuestos podían migrar desde el material de contacto hacia los alimentos. Por esa razón, después de revisar nueva evidencia toxicológica, los fabricantes comenzaron a retirar progresivamente estos productos del mercado estadounidense.

La preocupación científica va más allá del envase. Los PFAS constituyen una familia muy amplia de sustancias químicas y algunos pueden permanecer durante largos periodos en el ambiente y en el organismo. El Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental de Estados Unidos señala que los estudios epidemiológicos han encontrado entre los efectos humanos mejor documentados un aumento del colesterol y, con evidencia más limitada, alteraciones de las hormonas tiroideas, particularmente relacionadas con PFOS.

La tiroides merece especial atención porque sus hormonas participan en procesos esenciales para el organismo. Regulan, entre otras funciones, el metabolismo, el crecimiento y el desarrollo. Una revisión publicada en Endocrine Practice explica que los disruptores endocrinos pueden interferir en distintas etapas del funcionamiento tiroideo, desde la síntesis de las hormonas hasta su transporte, metabolismo y acción en los tejidos. Entre las sustancias examinadas con mayor detalle se encuentran precisamente los PFAS.

La evidencia más reciente refuerza la necesidad de mantener la cautela, aunque también obliga a evitar conclusiones exageradas. Un metaanálisis publicado en Science of the Total Environment reunió 47 trabajos, incluidos estudios epidemiológicos y experimentos toxicológicos. Sus autores encontraron asociaciones entre diferentes PFAS y alteraciones de indicadores de la función tiroidea. Los experimentos apuntaron, además, a mecanismos que podrían involucrar el eje hipotálamo-hipófisis-tiroides y la interacción de estos compuestos con receptores hormonales.

Pero la historia no es tan sencilla como decir que un envoltorio contaminado provoca una enfermedad. Los propios investigadores advierten de la complejidad de estudiar estas exposiciones, porque las personas pueden estar en contacto simultáneamente con numerosos PFAS y otros contaminantes ambientales. Una revisión publicada en Endocrine Practice subraya precisamente esa dificultad: las fuentes de exposición son múltiples y los efectos pueden variar según el compuesto, la dosis y la etapa de la vida.

También resulta significativo que la FDA haya cambiado su posición a medida que apareció nueva información. En 2020, la agencia expresó preocupación por determinados PFAS de cadena corta utilizados como agentes antigrasa. En febrero de 2024 anunció que estos productos ya no se comercializaban en Estados Unidos para envases alimentarios y, en enero de 2025, determinó que 35 notificaciones de contacto alimentario relacionadas con esos usos habían dejado de ser efectivas.

Esto no significa que el problema haya desaparecido. Los PFAS continúan presentes en numerosos ámbitos y la exposición humana puede proceder de diferentes fuentes, entre ellas los alimentos, el agua y productos de consumo. La propia FDA mantiene programas de vigilancia para conocer mejor su presencia en la cadena alimentaria.

La lección, quizá, está en algo tan cotidiano como pedir una hamburguesa para llevar. El consumidor rara vez piensa en la química del papel que envuelve sus alimentos, porque su función parece tan simple como contener la grasa. Sin embargo, la experiencia con los PFAS demuestra que una característica útil en un producto puede plantear preguntas inesperadas años después.

La ciencia todavía está delimitando cuánto pesa cada vía de exposición y qué consecuencias tienen las diferentes moléculas de esta extensa familia química. Por ahora, la evidencia justifica la vigilancia, la reducción de exposiciones evitables y una regulación que pueda actualizarse conforme aparecen nuevos datos. Y es que cuando hablamos de sustancias capaces de persistir durante largos periodos, la prevención resulta mucho más sensata que esperar a que las certezas lleguen después del daño.