Detrás de una tableta de chocolate existe una historia de miles de años y una compleja transformación química: del cacao utilizado en ceremonias mesoamericanas a un alimento industrial cuyos flavanoles han despertado el interés de la ciencia cardiovascular.

El 13 de septiembre suele aparecer en algunos calendarios como Día Internacional del Chocolate, una fecha asociada al nacimiento del empresario estadounidense Milton S. Hershey, ocurrido en 1857, y del escritor británico Roald Dahl, nacido en 1916. Conviene, sin embargo, hacer una precisión: no existe una única celebración mundial oficialmente reconocida con ese nombre y fecha. La conmemoración del chocolate varía según el país y también existe el llamado Día Mundial del Chocolate del 7 de julio. Más que una efeméride universal, septiembre ofrece una ocasión para mirar de dónde procede realmente este alimento.

Y la respuesta conduce mucho más atrás que Hershey. Durante décadas se consideró que Mesoamérica era el origen del cacao, pero la arqueología ha modificado esa idea. Una investigación publicada en Nature Ecology & Evolution identificó evidencias de uso de Theobroma cacao de unos 5.300 años de antigüedad en Santa Ana-La Florida, Ecuador. Los investigadores combinaron restos de almidón, residuos de teobromina y ADN antiguo para establecer uno de los registros más tempranos conocidos de utilización del cacao.

Eso no disminuye la extraordinaria importancia que el cacao adquirió en Mesoamérica. Mayas y otros pueblos de la región desarrollaron elaboraciones y usos sociales del grano que terminaron convirtiéndolo en un producto de enorme valor. El Smithsonian ha documentado restos de cacao en recipientes arqueológicos y ha descrito su presencia en ceremonias, intercambios y prácticas alimentarias. Los aztecas también utilizaron los granos como medio de intercambio y preparaban bebidas de cacao muy diferentes del chocolate dulce que conocemos hoy.

La transformación tampoco termina al cosechar la mazorca. El grano recién extraído es amargo y contiene compuestos que todavía no tienen el perfil aromático del chocolate. La fermentación modifica su composición, después llega el secado y, posteriormente, el tostado. Una revisión científica publicada en PubMed explica que durante la fermentación, el secado, el tostado y la alcalinización cambian tanto la cantidad como la composición de los polifenoles del cacao. En otras palabras, buena parte del sabor que asociamos con el chocolate nace de una cadena de transformaciones químicas cuidadosamente controladas.

Entre esos compuestos destacan los flavanoles, especialmente la epicatequina. Estas sustancias han llamado la atención de los investigadores porque pueden favorecer la función del endotelio, la capa de células que recubre el interior de los vasos sanguíneos. Una revisión y metaanálisis de ensayos clínicos publicada en The American Journal of Clinical Nutrition encontró mejoras en la dilatación mediada por flujo y pequeñas reducciones de algunos indicadores de presión arterial después del consumo de cacao o chocolate. La evidencia, no obstante, fue considerada de calidad baja a moderada y los autores pidieron estudios más prolongados.

La advertencia es importante porque «el chocolate es bueno para el corazón» es una conclusión demasiado cómoda. El cacao y el chocolate no son equivalentes. Una tableta puede contener cantidades importantes de azúcar y grasa, mientras que el procesamiento puede reducir parte de los flavanoles presentes en el grano. Una revisión Cochrane sobre cacao y presión arterial encontró efectos modestos en estudios generalmente cortos y señaló que varios trabajos tenían posibles fuentes de sesgo.

La investigación más reciente continúa explorando la relación entre los flavanoles y la salud vascular. Una revisión publicada en 2025 sobre la microcirculación encontró resultados que respaldan posibles beneficios sobre determinadas respuestas vasodilatadoras, aunque también subrayó que todavía existen incertidumbres y diferencias importantes entre los estudios. La ciencia, por tanto, apunta hacia un efecto biológico interesante, pero no convierte al chocolate en un medicamento.

También existe una dimensión neurobiológica. La teobromina y la cafeína presentes en el cacao son sustancias estimulantes, aunque la primera actúa de manera diferente y generalmente más suave que la cafeína. A ello se suma la experiencia sensorial: aroma, textura, dulzor y expectativa pueden activar circuitos cerebrales relacionados con recompensa y placer. El chocolate no produce una sola reacción en el organismo; combina química, percepción y memoria.

Quizá por eso resulta tan difícil separar su historia de las emociones humanas. El cacao comenzó como una planta de enorme importancia cultural, atravesó los circuitos comerciales de la época colonial y terminó convertido en una de las materias primas más reconocibles de la industria alimentaria mundial. Hoy, detrás de cada bocado, conviven miles de años de cultura y unas cuantas horas de complejas reacciones químicas.

Celebrar el chocolate puede ser, entonces, algo más interesante que comerlo. También puede significar recordar que aquella tableta comenzó como una semilla amarga dentro de una mazorca tropical. Y que, entre una ceremonia antigua y una fábrica moderna, la humanidad aprendió a transformar una planta en uno de los alimentos más deseados del planeta.